Y continúan las páginas y páginas dedicadas a seguir paso a paso el devenir de un ciclo de crisis en el mundo económico. Solamente seleccionando un poco el material, a riesgo de que un lector sea tapado por las montañas de información (mucha de ella se entrechoca en sus opiniones sobre lo que pasó, lo que pasa y lo que podría pasar), se pueden extraer algunas conclusiones que sirven. Que de ello se trata, concluir, llegar a cierta opinión de todo lo que se acopia y que proviene de todas partes.
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Al diario «Clarín» le sirvió para la tapa del domingo la noticia sobre que: «Preparan un plan para enfrentar la crisis global». Y en página interior, un complemento: «Arman una mesa de coordinación para seguir la evolución de la crisis». Podría haber sido justificable si estuviéramos en 1930. Epoca donde las novedades a lejanas tierras llegaban por barco, o a través de lentas comunicaciones. Pero saber que hoy, recién ahora, el gobierno ponga manos a la obra en diseñar «algún plan», peor todavía, que recién se forme lo que en el mundo se denomina «comité de crisis» (y en muchas partes funciona de modo permanente, haya o no una crisis en proceso) es mucho más alarmante.
Porque una «mesa de coordinación», como se la llama, ya debía haber comenzado el seguimiento desde mediados de 2007, cuando surgieron las primeras señales nítidas de alarma (explícitamente difundidas por un Alan Greenspan, por ejemplo) sobre que habría mucho jaleo en la principal economía del mundo. Pretender que hoy resulte noticia trascendente, que nuestros gobernantes quieran seguir de cerca lo que ya estalló y está en la fase de dispersar sus consecuencias, es querer levantar la guardia cuando el golpe lo tenemos en la mandíbula.
Además, pone claro para toda la ciudadanía que hasta el momento se le dio poca o ninguna importancia a lo que sucedía afuera: siempre con el discurso de autoponderación, de seguir incentivando el consumo y no la prudencia, de querer vender una imagen de que nada nos tocaría de malo debido a nuestros «regios» indicadores. Hubiera sido mejor no promover nada, antes que tarde y mal. Y tal falta de previsión para hacer las cosas gradualmente y subir las defensas a tiempo es lo que se ve ahora: con medidas apresuradas, que sorprenden a los habitantes de golpe, porque el agua está encima.
Para quienes siempre han manifestado no creer en los planes -haciéndolos culpables de los fracasos previos- y pretendiendo moverse sobre los efectos, improvisando, ciertamente que calza perfectamente lo de tampoco creer en las previsiones. En tal caso, resulta una triste coherencia continuar demostrando el alto grado de indefensión que tenemos frente a cualquier desastre que surja y nos involucre. Preocupante.
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