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8 de octubre 2008 - 00:00

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La semana abrió... como lo anticipaba a Occidente la apertura de los asiáticos. Esto promovió otra aparición de Bush para intentar calmar a la gente y ya debiendo adelantar que «el plan tardará un tiempo en empezar a funcionar». Podría trazarse un paralelo con el famoso: «Sólo les prometo sangre, sudor y lágrimas», de un firme Winston Churchill bajo las bombas alemanas. Pero más que los distintos planes y situaciones -entre lo económico y lo bélico-, el principal dilema es que Bush no es Churchill. Y lo que es el gran faltante, más allá del alud de dinero que se quiere exponer, es la carencia de verdaderos y sólidos líderes. Los capaces de hacer que la gente crea y los siga, aun en los peores momentos.

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Si se recorre la nómina mundial se podrán encontrar muchos magnates, seres sumamente exitosos, otros que han podido verse rodeados de enorme fama y popularidad. Pero no surgen formadores de opinión, pilotos de tormenta que -por sí mismos- hagan que la masa se alinee detrás, camine convencida por sus discursos, puedan inyectar la fe y la esperanza, es que las soluciones están por llegar.

En Europa tampoco existe un líder que resuma todo el brillo, pero tienen el buen tino de reunirse y tratar, entre todos, de manejarse con la sensatez y serenidad que la situación exige.  

No sabemos si al lector le ocurre lo mismo, pero separando tomas de decisiones de uno y otro continente. Además de las declaraciones que las acompañan, nos parece que la mucho más larga historia europea se ubica en un plano más atinado ante las circunstancias.

Economistas de distintas corrientes, competencias de «gurúes» que parecen querer vender sus libros y disputan por ver quién asertó y quién no, más todo el mundo del propio periodismo y columnistas improvisados que no se privan de incursionar en lo que es el gran tema del momento -aunque nunca hayan escrito nada de mercados, economía o crisis-, solamente aportan a una monstruosa confusión mundial. Tan monstruosa que saca de sus cabales hasta a los más pacientes y racionales.

Y además, se suma el gran show de las ideologías, que quieren sacar partido del momento, para demostrar la muerte del capitalismo. O la nueva versión que vaya a aparecer después de éste crac que, a todas luces, ha sido tan mal advertido y considerado en su posible magnitud como manejado en sus remedios aconsejables. La ausencia de un verdadero líder hace todo mucho más difícil. Y las comunidades serán desperdigadas en sus sensaciones y actitudes, lanzadas a su suerte y en un desalentador «ateísmo» que genera el peligroso escenario del «sálvese quien pueda». Triste privilegio el ver y vivir esta etapa en el mundo, acaso umbral para algo mejor. Así sea.

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