Diálogos en Wall Street
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Gordon Gekko: Hay una economía más débil de lo que se vaticinaba tres meses atrás. Y un mercado de capitales revuelto. No es sólo el mercado «bear» (bajista) de la Bolsa, sino un estrangulamiento crediticio que sigue en avance.
P.: Un «credit crunch»...
P.: No son signos promisorios.
G.G.: No lo son. Aunque tampoco significa que la economía haya recaído en una recesión. Se transita por una cornisa. Queda claro, sí, que todo el peso de la expansión recae, una vez más, sobre las espaldas del consumidor. Y el consumo se desaceleró: de crecer 3,1% a comienzos de año, pasó en el segundo trimestre a un ritmo de 1,9%.
P.: ¿Las compañías no pueden obtener capital fresco?
G.G.: No es fácil -ni barato-, salvo para la primerísima línea. Pero los «spreads» de tasas de interés han subido mucho, inclusive cuando se habla de compañías que califican como «grado de inversión». Me refiero a firmas catalogadas como «A» o «BBB».
P.: ¿Una secuela que dejó la experiencia de Enron?
G.G.: Totalmente. Una buena calificación no está confeccionada a prueba de fraudes contables. Enron, como usted dice, era «grado de inversión» y hoy sus papeles no valen nada. ¿Qué riesgo se está asumiendo cuando se presta a una empresa si usted no puede confiar en la realidad que señalan sus estados contables?
P.: ¿Es un problema del mercado de bonos solamente o también a las compañías se les cierran las oportunidades de emitir acciones?
G.G.: Cuando usted compra el bono de una empresa, lo máximo a que puede aspirar es al pago puntual de los cupones de renta y a la devolución del capital a su valor par. No hay límites, en cambio, sobre la ganancia que puede arrojar una acción. Por eso las compañías que suponen un mayor riesgo van a encontrar una mayor receptividad en el mercado de acciones.
P.: Los bancos son la otra fuente tradicional de capital. ¿Cuál es su actitud frente a la crisis?
G.G.: La última vez que hablamos del tema ya habíamos apuntado que los bancos estaban recortando sus préstamos corporativos.
P.: Y de eso han pasado varios meses...
G.G.: No ha cambiado la postura. La cartera de préstamos a empresas de todo el sistema financiero norteamericano llegó a su máximo en febrero del año pasado. Y a partir de allí no ha hecho otra cosa que declinar. Lenta pero persistentemente. El recorte ya acumula una disminución de más de 100 mil millones de dólares.
P.: No parece poca cosa.
P.: Recuerdo la crisis rusa de 1998. También se experimentó entonces un severo «credit crunch»...
G.G.: Correcto. Los mercados de capitales se cerraron de manera abrupta. Inclusive el mercado de títulos del Tesoro -a través de las emisiones «off the run» o sea las menos líquidas- se vio afectado. Situación que no ocurre ahora, dicho sea de paso.
P.: A lo que voy es que cuando los mercados de capitales se cerraron después de Rusia, los bancos tomaron la posta. Sus préstamos aumentaron lo suficiente como para salvar la encrucijada.
G.G.: Eso es. Y en la penúltima recesión (1990-1991) la situación se dio a la inversa: los bancos entraron en problemas, recortaron su exposición crediticia, pero las compañías pudieron financiarse en el mercado de capitales. Por primera vez en veinte años las dos válvulas de escape están obstruidas. Simultáneamente.
P.: La economía no estará en recesión. Pero parece muy difícil que pueda escapar de esta trampa.
P.: No me extraña escuchar de nuevo las voces que piden que la Fed haga algo.
G.G.: Es un reflejo condicionado. El punto es que la Fed ya ha hecho algo. Más bien ha hecho mucho, antes y después del 11 de setiembre. Y no le resta demasiada munición disponible.
P.: Pero una vez más los pronósticos que apuntan a una baja de tasas comienzan a ganar espacio.
G.G.: Greenspan puede bajar las tasas de corto plazo que pagan los bancos entre sí. Pero las empresas que mencionamos no se financian ni a esas tasas ni -dada la reticencia de los bancos y la escasa receptividad del mercado de commercial papers para todo lo que no sea la mejor calidad crediticia- tampoco a corto plazo. Hay quien ha sugerido, en cambio, que la Fed se decida a intervenir comprando obligaciones corporativas. O sea que el nerviosismo es grande.
P.: ¿Y qué chances hay de que encuentre una respuesta favorable?
G.G.: La Fed analizó el tema cuando el Tesoro estaba en superávit y parecía que la situación iba a continuar por los tiempos de los tiempos. En algún momento, los títulos del Tesoro iban a desaparecer y allí la Fed necesitaría un vehículo alternativo. Pero ahora el Tesoro está embarcado en un déficit enorme, y la cosecha de bonos del Tesoro promete ser tan abundante como en las mejores épocas.




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