El telenovelón del día 22

Economía

Los inversores no ganan para sustos. Un día parece que no hay acuerdo con los acreedores, al siguiente se da por descontado que lo hay.

Cada día que pasa es una eternidad en los mercados financieros. Los inversores no ganan para sustos. Un día parece que no hay acuerdo con los acreedores, al siguiente se da por descontado que lo hay. Y dos días más tarde la contraoferta de los mismos sigue sin materializarse. Pero no hay que equivocarse. Buena parte de estos pequeños dramas cotidianos se deben a que el mercado está sobreestimando, lo que puede o no ocurrir el próximo viernes cuando venzan los 30 días que Argentina tiene para pagar los u$s500 millones del bono que venció el mes pasado sin caer en “default”. Incluso se piensa que los acreedores pueden estar especulando con este tema a fin de hacer “morder el polvo” a las autoridades argentinas a las que acusan de haberles presentado una oferta más inaceptable que nunca.

Por eso mismo cabe preguntarse: ¿cuán grave puede resultar caer en “default” dadas las actuales circunstancias? Muchas veces a esta pregunta se responde en forma un tanto automatizada que el “default” es la penúltima estación de un tren cuya terminal final es la debacle económica. Pero si se piensa así no se distingue un factor fundamental. Ocurre que no todos los “defaults” son iguales. Hay “defaults” y “defaults”. No son todos lo mismo. Una cosa es caer en “default” por tiempo indefinido festejando esa actitud como se hizo a fin de 2001 con el efímero gobierno de Alberto Rodríguez Saá y otra cosa muy diferente es caer en “default” por breve tiempo y en forma forzada por una actitud negligente de los propios acreedores que no se ponen de acuerdo entre ellos mismos acerca de qué se puede demandar y qué no a la Argentina. Las consecuencias de ambos ejemplos no pueden ser más diferentes aunque la palabra “default” se aplique en ambos casos.

En el primer caso significó un muy largo período sin crédito externo para la Argentina, que fue considerada poco menos que un paria financiero internacional. Eso resultó tanto más traumático cuanto que el país venía de muy pocos meses de consolidar su deuda a través del recordado “megacanje” de Cavallo y el FMI se había puesto decididamente en contra de la Argentina, cortándole el crédito de los organismos internacionales, solo 60 días antes de aquellos dramáticos episodios. Hoy la cosa sería en cambio bien diferente: el país no recibe crédito en dólares de los mercados voluntarios de deuda desde hace ya muchísimo tiempo. Era presidente Macri cuando en 2018 se produjo la abrupta caída de toda posibilidad de endeudarse en los mercados. Vale decir que la situación, si hubiera que caer en un “default” transitorio no sería demasiado diferente de la que se vivió en los últimos meses.

En cuanto al FMI -al revés del 2001- esta vez hubo que decirle que no se querían más fondos del crédito aprobado en 2018 porque se daba una peligrosa situación de endeudamiento rayano en la dependencia total con ese organismo, lo cual es especialmente espinoso porque el FMI por estatutos no acepta quita alguna -ni sobre capital ni sobre intereses- sobre sus acreencias. Pero la tercera y principal gran divergencia es que a diferencia de aquella vez un “default” ahora se debería principalmente a la falta de acuerdo de los acreedores y no a una actitud caprichosa de un gobierno que se rehúsa a pagar. Por lo tanto, un “default” ahora, en medio del propio período en el que se está renegociando la deuda, sería algo probablemente de corto plazo. Y como tal no impactaría en la tasa de interés doméstica.

Sin embargo un capítulo aparte es el de la renegociación de la deuda en relación con lo que pasa con las cotizaciones del dólar en nuestro país. Al respecto, una buena parte del drama que se vive se debe al hecho de que hay cierto empecinamiento en forzar a los mercados a operar solamente en pesos. Hasta cierto punto eso está bien, porque luce descabellado dolarizar la economía. Sin embargo hay un larguísimo trecho entre el gran y desatinado intento de algunos economistas de promover una dolarización y prohibir totalmente la compraventa de dólares por parte de la población. Menos lógico luce aún este último vano intento a la luz de la existencia de un voluminoso mercado de depósitos bancarios en dólares en Argentina. Porque hay que preguntarse: ¿cómo es esto de que no se puede comprar ni vender dólares a ningún precio y sin embargo sí se puede tener dólares depositados en los bancos?

Las autoridades juegan con fuego cada vez que trasciende que piensan medidas para prohibir el “dólar Bolsa”, trabar el Contado con Liquidación o perseguir policíacamente al dólar blue. Corren el riesgo de que los ahorristas en dólares comiencen a ponerse quisquillosos y quieran retirarlos de los bancos, cosa que no conviene ni al Gobierno -que en parte los tiene como reservas- ni a los bancos -que ganan dinero con estos depósitos- ni mucho menos al país. En el último mes se perdieron u$s800 millones de depósitos en dólares. Aquí hay que decidir entonces un tema sin más dilaciones. Y el mismo no depende en absoluto de la renegociación de la deuda aunque indudablemente lo influye. Ese tema es que o bien se permite tener dólares depositados en los bancos y a la vez se permite comprar y vender dólares libremente a través de un dólar financiero libre cotizando por encima del oficial. O bien se sigue prohibiendo la compraventa de divisas por motivos ajenos al comercio internacional, para lo cual tarde o temprano también habrá que deshacerse del sistema de depósitos en dólares y tener un sistema financiero que solo funcione con pesos.

Prueba tangible de que esta locura de perseguir implacablemente a quien compra dólares pero a la vez convidarle un café y saludar amablemente al cliente de bancos que se acerca por ventanilla a abrir una caja de ahorro en dólares es un dislate mayúsculo. No va. No va más eso. Uno tiende a pensar que esta rudimentaria persecución a quien compra dólares se debe a la juventud de muchos funcionarios, quienes temen por falta de experiencia y de recuerdos propios, experimentar con sistemas de controles de cambio más avanzados que la mera prohibición del dólar.

Ahora bien, no caben dudas de que si no existiera el “telenovelón del día 22” no habría tanto nerviosismo en el mercado, ni suba tan acentuada de los “dólares libres”, que en parte solo acompañan la devaluación acaecida en nuestro mayor socio comercial: Brasil. Todavía cuesta que los mercados entiendan que si bien la palabra “default” es la misma que se usa para quien deja de pagar sus obligaciones, significa algo bien diferente en la Argentina de 1982 o 2001 por un lado, y la Argentina mucho más avanzada y conciliadora con los mercados internacionales de este 2020.

Finalmente, mientras se espera que los acreedores elaboren su tan anunciada contrapropuesta convendría meditar en otros temas que también influyen en lo que está pasando en el mercado de cambios y que tampoco nada tiene que ver ni con el “default” ni con el “día 22”. El principal de esos factores es la casi certeza de que el dólar de $69 tiene de vida futura tanto como lo que quede de cuarentena a nivel mundial. Vale decir: hoy devaluar no tiene mucho sentido. Poco o nada se ganaría de más exportaciones o menos importaciones dado que el comercio mundial está paralizado al menos hasta que desaparezcan las cuarentenas. Pero en cuanto se domine al coronavirus hay que salir rápidamente de la trampa del dólar de $69.

En segundo lugar, si se pierden reservas todos los días, en vez de echarle la culpa al día 22 habría que fijarse que por un lado es posible que las reglamentaciones para la liquidación de divisas de la exportación no sean todo lo severas que deberían. Y en segundo lugar, que la venta de a 200 dólares mensuales por persona que se permite a “dólar turista” de $90 impacta con ventas de dólares de u$s500 millones mensuales. Vale decir nada más y nada menos que u$s6.000 millones anuales. Uno podría preguntarse entonces qué sentido tiene discutir a brazo partido con los acreedores pagar o no pagar un punto y medio de tasa a los nuevos bonos durante los tres primeros años -lo que significa solo u$s1.000 millones anuales, fácilmente obtenibles a través de superávit comercial- cuando solo por una ventanilla que se olvidaron de cerrar se fugan u$s6.000 millones anuales. O incluso recordar que el 22 se puede caer en “default” solo por no pagar un vencimiento de u$s500 millones, cuando esa misma cifra se pierde por subsidiar la compra de dólares a dólar turista, locura que nada tiene que ver con el “telenovelón del 22”.

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Walter Graziano y Asociados

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