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La corriente profunda es menos perceptible. Pero mueve los cuerpos, los desestabiliza e incomoda. No trata a todos por igual. Todavía no es turbulenta y por eso engaña. «Una verdad que se adelanta dos meses es casi un error», dice un filósofo de la Recoleta. Ese mar de fondo crea afinidades y abre distancias. Los movimientos tienen cierta simetría. Ya hay dos alianzas.
En la casa de los Duhalde y en la sede del PJ bonaerense de la Avenida de Mayo se desvelan por asignar a Kirchner un lugar en la campaña. No es por protocolo, tampoco porque mueran por invitarlo. Al contrario, quieren fijar fechas, horas y locales de reunión para que «Néstor no aparezca en cualquier lado, cuando quiere». Están molestos allí por las intromisiones sorpresivas: hoy Alicia Kirchner dona una ambulancia en Lanús, mañana su hermano revisa un geriátrico en San Martín, en seis meses piden un estadio. Los Duhalde están acostumbrados, desde que se pelearon con Carlos Menem en 1996, a que para ingresar al castillo se golpea el portón.
Nadie cometerá el desatino de desairar al gobierno. Basta a veces con halagar en exceso a otro para que el mensaje llegue de manera clara e inofensiva. Por eso Chiche y su marido están dispuestos a abrirle a Scioli su tesoro demográfico, el conurbano, por donde ya lo pasearon con éxito durante la última campaña proselitista. Lentamente la dirigencia del país, sobre todo la política, va ajustando el foco sobre el vice. Su historia tiene todos los ingredientes que exige la literatura para los destinados a llegar: se reinventó a sí mismo desde la desgracia; tuvo una prehistoria de éxito en el deporte con matices internacionales; lo acompaña una mujer hermosa; entró en la política casi por azar y, con estudiada ingenuidad, alcanzó una cima que se les negó a muchos ejemplares del oficio. Ya está en el penúltimo escalón. ¿Quién puede pensar que no quiere el primero? Cualquiera menos Kirchner, cuando advierte que su segundo se retrata antes que él con los que gobiernan el mundo, tiene su propia circulación empresarial, custodia su imagen con minuciosidad de primer mandatario y, sobre todo, emite un discurso de optimismo y conciliación que tiene más tono presidencial que el suyo. Aquella carrera y estas actitudes lo vuelven digno de atención. Por eso la asociación con Duhalde, promovida a través de un álbum fotográfico durante el fin de semana, fue la última pincelada del cuadro: ahora el ambicioso número dos de la línea sucesoria se asocia con quien en la novela hace de «dueño de los votos», sean los de la urna electoral o los de las cámaras del Congreso. Todo da para sospechar, sobre todo si se es patagónico y con pocos conocidos en el barrio.
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