Hace 5 años concluyó la convertibilidad, que en su esencia era un tipo de cambio fijo e inamovible de uno a uno del peso con el dólar. El sistema duró diez años y nueve meses, y sin duda fue exitoso: permitió alcanzar una estabilización monetaria efectiva, con simultáneo crecimiento del PBI de 55% hasta 1998, con una leve caída posterior.
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Contribuyeron decisivamente al éxito la desregulación general de la economía, la apertura y sobre todo la amplia privatización de empresas y actividades de tipo empresario del Estado.
También fue parte del nuevo modelo la implementación de un sistema bimonetario, o sea de la utilización plena del dólar como moneda local.
¿Por qué se cayó un sistema tan exitoso? Objetivamente a fines de 2001 no había motivos para que concluyera, y menos en forma tan abrupta y catastrófica. Al no haber inflación, e incluso una suave deflación en los últimos años, mientras que los precios aumentaban no menos de 2% anual en los EE.UU., la Unión Europea y otros países, el tipo de cambio real se tornaba más favorable para nuestro peso. Era como devaluar sin hacerlo nominalmente. Durante los años de la convertibilidad las exportaciones casi se duplicaron. El argumento de que con el uno a uno no se podía exportar más, no resiste el menor análisis empírico ni teórico. Si en los últimos años de la convertibilidad las importaciones subieron mucho y el balance comercial se tornó muy negativo, fue por elevadas importaciones de maquinaria y equipo, que superaban 40% del total importado, lo que formaba parte de un proceso de alta inversión productiva. Como gran parte de esos bienes de capital venían con su correspondiente financiación, no había problema. Por el contrario, las reservas del Banco Central aumentaban continuamente.
La convertibilidad se cayó exclusivamente por razones financieras, y no por motivos económicos. En marzo de 2001 el presidente Fernando de la Rúa parece haber intuido que había un problema de confianza, y decidió cambiar su ministro de Economía, José Luis Machinea por Ricardo López Murphy. Este tenía la imagen de un hombre duro (y lo es), al que no le temblaría la mano para hacer lo que fuera necesario para afirmar la convertibilidad. Pero, ante una pueblada de estudiantes universitarios, organizada por el entonces rector de la UBA, Oscar Shuberoff, De la Rúa cedió y despidió a su flamante ministro. Fue una señal de debilidad, que inició el derrumbe de la convertibilidad.
Caída
Recordemos que en 1995, ante la crisis provocada por efecto de simpatía de la mexicana (lo que se llamó el «efecto tequila»), Menem se mantuvo firme, respaldó a su ministro Cavallo y le ordenó cerrar un acuerdo con el FMI. Todo el mundo comprendió que la convertibilidad seguiría intacta, y obró en consecuencia, de modo que la economía se normalizó en poco tiempo. En los momentos de crisis se manifiesta la fibra de los presidentes. De la Rúa, que ya tenía imagen de flojo, la confirmó cuando echó a López Murphy.
Cavallo como destructor de la convertibilidad
El Presidente nombró entoncesa Domingo Cavallo como ministro de Economía, pensando que el padre de la criatura llamada convertibilidad sabría cómo salvarla frente al embate de una sociedad cada vez más desconfiada. Pero Cavallo obviamente no comprendió el problema y, paso a paso, destruyó la paridad dólar-peso. Porque la verdad es ésa: no se cayó por ser inviable o plantear graves problemas, sino que fue prolijamente destruida.
A poco de asumir, Cavallo dijo que el peso estaba sobrevaluado en 20%. La gente interpretó esto como un prenuncio de una devaluación y acentuó su conducta en el sentido de retirar depósitos y comprar dólares o transferir los fondos al exterior. Por lo demás, Cavallo nunca fundamentó esta peregrina afirmación, ni hubiera podido hacerlo.Y aun si hubiese tenido razón, jamás debió haber dicho eso. Luego inventó una convertibilidad distinta, atando el peso por mitades al dólar y al euro, a partir del momento en que estas monedas alcanzasen la paridad. En un momento en que el euro aún era un concepto abstracto en nuestro país, esto se interpretó como una señal de pronta devaluación. Como si esto no fuera suficiente, el ministro produjo el alejamiento del presidente del Banco Central, Pedro Pou, considerado un garante de la convertibilidad. La interpretación obvia era que hizo esto para devaluar, cosa que Pou tal vez no hubiera permitido.
No contento con tanto disparate, Cavallo redujo cargas sociales, afectando los ingresos del Tesoro. Actuó siguiendo el consejo de Arthur Laffer, quien sostuvo en los EE.UU. que bajando impuestos finalmente se recaudaría más. Laffer lo había convencido a Reagan, y el resultado fue desastroso, con un déficit gigante del presupuesto. En la Argentina sucedió lo mismo. Cavallo no entendió, como sí lo comprendió López Murphy, que en ese momento había que erradicar el déficit, sea como sea. Con déficit en aumento también aumentaba la deuda pública, que había entrado en una zona de peligro, lo que se expresaba en crecientes tasas de interés para títulos públicos argentinos.
Entre tanto ya se había producido un importante retiro de depósitos bancarios y una reducción equivalente de las reservas del Banco Central. Ello tuvo el efecto de la profecía autocumplida: el público daba por hecho que habría devaluación y actuaba en consecuencia, acentuando el fenómeno señalado.
En esas circunstancias Cavallo probó algunas soluciones mágicas, como una ley de déficit cero, que era incumplible desde el vamos, y una garantía a los depósitos en dólares, que luego tampoco se cumplió. Finalmente tuvo que renegociar la deuda pública con mucha presión sobre los acreedores, lo que fue un prenuncio de la cesación de pagos. Y el broche de oro fue la implantación del control de cambios y la limitación de los retiros en efectivo de las cuentas bancarias.
El golpe civil contra De la Rúa
Esto último fue tomado como pretexto por Duhalde, Alfonsín y otros para impulsar (¿u organizar?) «cacerolazos», que se presentaban como hechos espontáneos, lo que ciertamente no eran, y finalmente una gran pueblada violenta en la Plaza de Mayo, que causó tal susto a De la Rúa que echó primero a Cavallo y al día siguiente renunció. Con ello convalidó el golpe civil y selló la suerte de la convertibilidad.
Lo que vino después, la declaración de cesación de pagos por parte de Adolfo Rodríguez Saá en el Congreso de la Nación, con el aplauso irresponsable de la mayoría de los legisladores, la devaluación, el congelamiento de los depósitos y la pesificación compulsiva y asimétrica, es otra historia. Sin duda se podía haber salido de la convertibilidad en forma menos traumática, sin profundizar tanto la crisis y sin la brutal redistribución regresiva del ingreso nacional. La exitosa convertibilidad no se merecía ese final surrealista.
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