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8 de septiembre 2003 - 00:00

El país puede ampliar mañana el mayor default de la historia

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Aunque técnicamente tardará en concretarse, cuanto menos 40 días, sería el de mañana un hecho histórico porque el default argentino con el Fondo y otros organismos, que quedarían de hecho involucrados por no poder cobrar, a futuro, si no lo hizo el FMI, es por un monto sin precedentes en relación con anteriores que hubo y el único que hoy subsiste, el default de Liberia.

Como antecedente es malo aun cuando se subsanara con posterioridad. Entre otras gravísimas consecuencias, aleja desde inversores hasta la posibilidad de un acuerdo con acreedores privados y además de ello incentivará más los juicios contra el país en el exterior. Superado a posteriori o no será un baldón ya imborrable en la Historia Argentina que siempre será citado cada vez que el país gestione algo.

Hay culpas de ambas partes en el desacuerdo. El Fondo vigiló y observó cumplido el miniacuerdo que había concretado, con la gestión Duhalde, especialmente en sus metas fiscales (recaudación) y monetarias (emisión). Con el gobierno Kirchner se mantuvieron ambas y se agregó, dentro de las aspiraciones del Fondo, la sanción completa de una ley y el comienzo de aprobación de otras (en una sola Cámara). Inclusive se había fijado una meta de mantener un superávit de sólo 3% del PBI (unos 4.000 millones de dólares) el año entrante para pagar a acreedores privados y así se refinanciaban las deudas con organismos.

Hubiera bastado ese 3% sólo para 2004 en el caso de completarse con otras medidas. Que fuera inferior al que le impuso el Fondo a Brasil (4,25%) y a Turquía (6,5%) no parece ser tan fundamental como desde el gobierno les insinuaron a columnistas del fin de semana. Por empezar, Brasil tiene otra composición de la deuda pública (más interna que externa), con lo cual se reinvierte domésticamente más que en la Argentina. De nuestro país el acreedor privado pequeño que logre recobrar algo difícilmente vuelva a comprar un título nacional en años.

El error del gobierno es haberse enemistado con países de Europa que exigen cronograma de aumento de tarifas de las empresas de servicios públicos, congeladas desde el estallido de la crisis en 1999 y amenazadas de reestudiar las concesiones. Sobre todo es grave porque Estados Unidos, que podría propiciar un acuerdo con menores exigencias, necesita imprescindiblemente de los países europeos en la ONU para que intervenga este organismo y tropas internacionales supervisando la reconstrucción de Irak, donde ya hay más soldados norteamericanos muertos por acción subversiva después del conflicto que durante su desarrollo. Esto traumatiza al gobierno Bush -que además el año que viene debe enfrentar su posible reelección- frente al crecimiento de la protesta del pueblo norteamericano por las muertes de sus jóvenes soldados.

El gobierno, entonces, en política internacional calculó mal el momento para un país chico como la Argentina introduciéndose en el medio de los intereses de las grandes potencias. Kirchner y el canciller Rafael Bielsa cometieron, en este sentido, el mismo error que en 1982 el general Galtieri y el entonces canciller Nicanor Costa Méndez: el de creer que en un conflicto de la Argentina con uno o varios países fuertes de Europa occidental el gobierno de Estados Unidos se va a poner de parte nuestra. No tiene sentido. Así nos fue en Malvinas por la mala apreciación.

Tampoco tiene sentido que Néstor Kirchner exponga desde la Presidencia de la Nación su teoría nueva del «imperialismo europeo», en contra del tradicional norteamericano para la izquierda criolla marxista. Exactamente al revés que el amigo de Kirchner, Domingo Cavallo, que en su última etapa ingenuamente quiso dar preferencia a Europa sobre Estados Unidos y, obviamente, no fue atendido. Tampoco Bernardo Grinspun, aquel ministro de Economía de Raúl Alfonsín que decía: «Si arreglo con el Club de París, puedo enfrentar al Fondo». Fallaron por eso de que somos demasiado pequeños y no gravitantes para interferir en las relaciones de los grandes países.

En definitiva, si Néstor Kirchner piensa así mal de Europa y bien de Estados Unidos (él y su esposa se proclamaron admiradores de Bill Clinton y su esposa Hillary y un modelo a seguir, por supuesto sin Monica Lewinsky), debió exponerlo y justificarlo antes en un libro ya que sólo haber rumiado en silencio esa teoría geopolítica tan revolucionaria desde la lejanía y magnitud de una provincia argentina sureña no es suficiente.

Además, las demoras para un acuerdo hicieron perder el mejor momento de tasas internacionales bajas (hasta hace 45 días) para negociar el repago de la deuda. Por caso, ante un menor interés financiero en el mundo podría haber logrado una quita y tasa baja. Ahora podría quedarse sin las dos cosas.

No negociar un acuerdo en término es negativo, casi una tosquedad administrativa en el plano internacional porque supone a los gobernantes ignorar las consecuencias. Ningún país todavía dejó de pagarle al Fondo Monetario así haya entrado en default. Le pasó a la Cuba castrista, al Vietnam del Norte comunista y al nacionalismo enfermizo de Alan García en Perú en los '80, por ejemplo. Siempre se termina pagando y más caro, salvo que uno quiera suicidarse como país. Un default completo -organismos más privados- es gravísimo porque aísla del mundo de la inversión y, entonces, hace más doloroso el futuro si en definitiva se paga porque en el interregno desapareció sin ganancia la inversión. La dictadura de Fidel Castro, que sacó del FMI a Cuba, nunca le pagó la deuda a la Argentina (unos 600 millones de dólares) pero sí al Fondo.



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