Hugo Chávez y Luiz Inácio Lula da Silva parecen haber encontrado la excusa perfecta para divorciarse, y el chisporroteo verbal de estos días -en rigor, aportado por el venezolano- se explica simplemente por lo traumáticas que suelen resultar las separaciones.
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Las cosas han llegado a un punto que parece no haber retorno para la relación de Venezuela con el Mercosur, algo que sólo podría alterar una por ahora no esbozada acción política de último momento al más alto nivel. El silencio del gobierno y la Cancillería argentinos respecto de la polémica parece responder al acuerdo tácito con Brasil de no proponer mediaciones que la otra parte no solicita explícitamente, prescindencia que -cabe recordar- irritó notablemente a Uruguay en los días más calientes del conflicto por las papeleras.
Por ahora, el gobierno nacional no disimula cierta sorpresa y se limita en privado a «lamentar la controversia verbal» desatada entre Venezuela y Brasil.
«Por el momento hay que ser cautos y prudentes para ver cómo evoluciona la situación. Pero lo que hay que preguntarse es quién gana con esto. ¿El Mercosur? ¿La CAN (Comunidad Andina de Naciones)? Lo seguro es que el que pierde es el proceso de integración», dijo una alta fuente de Cancillería consultada por Ambito Financiero antes de repartir responsabilidades, lamentándose de que la pelea «se dé más a través de los medios que donde debería darse».
Si haber llamado «loro del imperio» al Senado brasileño -por una resolución en la que éste pedía a Caracas que reconsiderara su decisión de no renovar la licencia de la cadena televisiva RCTV- fue una afrenta al orgullo de la gran potencia regional suficiente como para poner en jaque el ingreso venezolano al Mercosur, ¿qué decir ahora, cuando Chávez ha sumado al canciller Celso Amorim en sus embestidas y hasta se dio el lujo de poner plazos al Congreso del país vecino para aprobar el ingreso? Los parlamentos de la Argentina y Uruguay ya hicieron sus deberes, pero sin el aval de los de Brasil y Paraguay, la integración venezolana deberá esperar días más propicios.
Eduardo Azeredo, vicepresidente de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado brasileño, resumió ayer el sentimiento imperante en el Congreso. «Diría que el clima no es favorable a la aprobación de la entrada de Venezuela. Si eso se discutiera hoy, ciertamente no pasaría», dijo ayer en declaraciones citadas por el sitio Web del diario «Folha de Sao Paulo».
Tiranteces
La pelea por la defensa de la libertad de expresión en Venezuela es la causa más obvia del enfrentamiento entre los dos países, pero, seguramente, no la más profunda. El intento de desembarco del bolivariano en el bloque sin que mediaran invitaciones demasiado convencidas produjo tiranteces desde el principio, más allá de la sorpresa de EE.UU. y de la Unión Europea por que se aceptase un socio tan peculiar. Su indisimulado intento de competir por el liderazgo con Brasil, atizando incluso los reclamos de Paraguay y Uruguay por las asimetrías regionales, hacía prever más temprano que tarde un final traumático. Brasil no necesita que Venezuela compre sus bonos y camina decididamente hacia una mayor autosuficiencia energética -para prescindir incluso del gas de Bolivia-, por lo que el matrimonio no le resultaba atractivo.
Pero las cuentas, que no cierran en lo político, tampoco parecen cerrar en lo comercial. El propio Chávez dio ayer indicios de los motivos menos confesados pero más estructurales del divorcio. En un repentino fervor por la defensa de los intereses de los empresarios de su país -a quienes suele vapulear públicamente-, les prometió evitar que queden «desamparados» ante la voracidad de sus competidores brasileños. Ya Amorim había sugerido que, más allá de la polémica por RCTV, «las negociaciones a nivel técnico no están concluidas», pero, claro, los titulares corrieron entonces detrás de su reclamo de que Chávez se disculpara con los senadores de su país, lo que terminó ayer en la nueva respuesta destemplada del venezolano.
Denuncias
La fuerte puja por intereses comerciales resultaba clara también si se prestaba atención a las declaraciones públicas y a los gestos privados de los industriales brasileños. Líderes de la poderosa Confederación Nacional de la Industria (CNI) vienen denunciado que la presencia de Chávez en el bloque -con su vetusta retórica antinorteamericana y sus amistades internacionales poco recomendables- dificulta su principal objetivo: que el Mercosurno se agote en sí mismo,sino que sirva de plataforma para la negociación de acuerdos de libre comercio con mercados mayores. Y Lula da Silva va en la misma dirección: ayer viajó a Portugal para firmar con representantes de la Unión Europea el acuerdo que consagra a Brasil como socio estratégico de ese bloque e interlocutor privilegiado ante una región que suele resultarle indescifrable.
Pero las preocupaciones de los industriales brasileños no se agotaban allí. En las últimas semanas enviaron cartas a los legisladores y al propio Amorim pidiendo precisiones sobre las negociaciones en marcha con Venezuela para la aceptación por ese país del Arancel Externo Común, un proceso que veían demasiado lento y, por lo tanto, posiblemente sujeto a demasiadas excepciones.
Por ahora, el Mercosur parece quedar para Venezuela más lejos que Irán. No vale la pena lamentarse por un amor que se desmorona antes de empezar.
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