Con una inflación en ascenso, que ya proyectan de 20% para el primer semestre, los gremios comenzaron a discutir en privado mecanismos para evitar lo que imaginan irreversible: que la suba de precios está a un paso de « licuar» los aumentos logrados en las paritarias de este año.
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La advertencia de José Luis Lingieri, secretario adjunto de la CGT, sobre el peligro de una «espiral inflacionaria» fue, apenas, un lado de la moneda: los sindicatos ven con alarma cómo se deteriora el salario de bolsillo de los trabajadores y empleados.
Lingieri lo dijo de una manera elíptica al cuestionar a los empresarios y su presunta obsesión por tener altos márgenes de rentabilidad. Ayer lo repitió Jorge Viviani, titular del gremio de peones de taxis, y ladero todo terreno del camionero Hugo Moyano.
Apuntar a los empresarios es, para los moyanistas, la única forma de evitar confrontar con el gobierno. Fueron cuidadosos cuando visitaron a Cristina de Kirchner la semana pasada y evitaron expresar el dramatismo sobre la inflación que confiesan en privado.
De hecho, días atrás, Lingieri -quizás el dirigente cegetista con más apego a los números y a los cálculos- se sentó ante un grupo de caciques gremiales y mostró una serie de gráficos con proyecciones sobre la escalada inflacionaria que acecha a la Argentina.
De allí, algunos secretarios generales salieron espantados con estimaciones de que la inflación podría llegar, incluso, a 50% anual. Los cálculos menos trágicos hablan, en línea con las proyecciones de consultoras privadas, con cifras de entre 20% y 30%.
El temor se explica por un simple dato: la mayoría de los acuerdos salariales comienza a pagarse en parte a partir de junio o julio y a terminar de completar la suba de 20% en diciembre. Es decir, cuando se ejecute toda la suba, la inflación habrá devorado el aumento logrado.
Urgencias
«¿A quién le importa hablar de subir el mínimo no imponible? Eso es para los que cobran más de 4.000 pesos, pero la mayoría de los laburantes está por abajo y la inflación les está comiendo el sueldo», se autointerrogó, ayer, un dirigente cercano a Moyano.
Por ahora, la advertencia sólo la expresa Lingieri y parece,en principio, ajena a cualquier especulación vinculada a la interna de la CGT, que está en proceso de definir su nueva cúpula; el titular de Obras Sanitarias quiere permanecer como vice de Moyano.
Hay, de fondo, una pulseada sutil: el otro aspirante a la secretaria adjunta es Antonio Caló, jefe de la UOM, el único cacique que se animó a plantear en la mesa de negociación salarial un pedido de aumento de 30%, diez puntos por arriba del parámetro fijado por Moyano con el acuerdo que selló para Camioneros y que fue, luego, seguido por otros gremios, entre ellos, la UOCRA de Gerardo Martínez. También Viviani, quien ayer disparó contra los empresarios. «Cuando el mensaje es acordemos, trabajemos para que no haya inflación; muchas veces, es de la boca para afuera, pero en los hechos se pretende mantener los márgenes de rentabilidad», dijo el moyanista.
Disparó, además, contra sectores que «siguen tensando la cuerda y no llegan a firmar los convenios colectivos, dentro de los márgenes que firman todas las organizaciones», en referencia a las empresas metalúrgicas que mantienen una negociación pendiente con la UOM.
En esencia, lo que preparan los sindicalistas es el terreno para volver a negociar con los empresarios y plantear, si avanza la escalada inflacionaria, una nueva discusión: mantener los acuerdos de paritarias, pero pedir, como compensación, bonos extra.
Se hizo el año pasado para cubrir la diferencia entre las subas logradas y la variable final del costo de vida. Ahora, prematuramente, comienzan a proyectar ese debate. Sólo los detiene un temor: que un eventual extra derive en otra escalada de precios.
Fantasma
En CGT recuerdan como un fantasma la discusión salarial del 75 que derivó en una crisis que, más tarde, arrastró al gobierno de «Isabel» Perón. Por eso, vestido de vocero razonable, Lingieri habla de no entrar en la disputa salariosprecios para evitar una suba desorbitada.
Pero, en sordina, el reclamo golpea en la puerta de Cristina de Kirchner, a quien acusan por no encontrar la receta para dominar los precios y, además, de su tendencia de «ver como enemigos» a quienes hacen observaciones críticas sobre el rumbo de la economía.
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