El Gobierno no debe apurarse a retirar la ayuda

Economía

Comenzaron a cobrar peso en la mente de quienes manejan el país y la economía aquellas voces que vienen alertando acerca de la posibilidad de que la tasa de inflación se va a elevar mucho en el corto plazo a consecuencia de la abundante emisión monetaria han. Sin embargo, obvian un detalle no menor: el efecto de la pandemia en la circulación del dinero.

El Gobierno está anunciando que la ayuda que brindará al sector privado de aquí en adelante será menos cuantiosa de lo que lo fue hasta ahora. Esto da pie para pensar que las voces que vienen alertando acerca de la posibilidad de que la tasa de inflación se va a elevar mucho en el corto plazo a consecuencia de la abundante emisión monetaria han comenzado a cobrar peso en la mente de quienes manejan el país y la economía. Ahora bien, veamos descarnadamente la situación:

El Gobierno dispuso una batería de medidas que en conjunto venía significando un déficit fiscal mensual de alrededor del 1% del PBI, cifra que en condiciones normales resultaría totalmente insostenible. Pero muchísimos países han decidido paquetes de ayuda y aún más abundante que la nuestra en términos del PBI. Lo han hecho sin que se les mueva un solo músculo de la cara. Estados Unidos es un claro ejemplo de que las enseñanzas de la crisis de los años 30 fueron muy bien aprendidas. Allí, todo el mundo es muy liberal y campean las teorías monetaristas y de expectativas racionales en círculos académicos, pero cuando es la hora de nombrar alguien a cargo de la Fed y del Departamento del Tesoro, desde hace 30 años se eligen invariablemente economistas eclécticos, pragmáticos, formuladores de políticas bastante keynesianas. No es que la inflación no les importe, sino que cuando no la hay no se está todo el tiempo preocupado por ella. Vale hacer una comparación con Argentina: aquí una inflación del 2%/2,5% mensual se considera como el máximo tolerable tanto para el anterior Gobierno como para este. Si el Gobierno pudiera firmar eso por todo su mandato, lo estaría firmando ahora mismo. El 2% mensual para Argentina equivale al 2% anual en Estados Unidos, guarismo inflacionario que por estatuto es el máximo que la Fed puede tolerar de manera estable.

Ahora bien, la inflación ha descendido en Argentina en los últimos meses en parte como consecuencia de que para muchos bienes no hay precio y en parte porque el ajuste económica que significa el “efecto pandemia” es no sólo recesivo, sino también deflacionario. La cantidad de dinero de la economía está creciendo ahora al 8,3% mensual debido a la emisión, pero lo cierto es que el total de crédito que otorgan los bancos argentinos -que es la variable que importa porque la inflación se origina por un previo incremento fuerte en esta variable más que ninguna otra- crece a un módico 2,4% mensual. Vale decir que la gran cantidad de fondos provenientes de la emisión monetaria o bien se apila en los bancos sin prestarse al sector privado, o bien quedan en los bolsillos de la gente que decide no gastarlos. Y es que la pandemia provoca la generación de una tercera causa para demandar dinero, además de sus funciones transaccionales y especulativa en términos de ahorro. Una causa bien estudiada en la teoría económica pero que aparece pocas veces en la realidad: el motivo precautorio. Si el Banco Central no estuviera emitiendo abundante base monetaria en estos días, la iliquidez en el sistema financiero sería asfixiante y las tasas de interés estarían en clara alza. No se necesita explicar, dentro del marco económico en el cual estamos, que una suba en las tasas de interés sería el último número que faltaría salir en el bingo nefasto que la pandemia significa para las empresas. Vale decir, entonces, que las autoridades se han movido de manera lógica, como lo harían en Estados Unidos los jefes de la Fed o los secretarios del Tesoro de los últimos 30 años.

Ahora, tres meses más tarde, las autoridades quizás se apresuran en empezar a retirar una parte de la ayuda que se está dando al sector privado como si la apertura de más comercios e industrias en el país significara volver a la normalidad económica cuando en realidad la gran cantidad de firmas que van lentamente reabriendo deben enfrentarse con consumidores a los cuales se les han bajado sus salarios un 30%, y los mismos impuestos y tarifas de una economía que -aún con lo mal que andaba- se movía mucho mejor de lo que lo hace en plena pandemia. Es muy difícil que la economía se pueda recuperar si el Estado se retira demasiado rápido de su rol principal. Obvio que en algún momento debe hacerlo. ¿Pero cuando? Porque es como en medicina: si se le da un antibiótico a un paciente, pero se le se retira antes de que desaparezca la infección, la enfermedad se fortalece. La prueba más clara y contundente de que el riesgo hiperinflacionario es mínimo es el factor que antes dijimos: el crédito al sector privado subiendo sólo 2,4% en los últimos 30 días. Quien dude de que esa es la variable clave para predecir fuertes picos de inflación debería recordar cuál es la variable que monitorea el FMI cada vez que debe preparar un stand by. ¿En qué se fijan las metas? En activos externos netos (una variante de las reservas) y en crédito doméstico. Todo el resto es cotillón, como diría un amigo.

Y hay dos factores más que habría que sopesar por los cuales el Gobierno bien podría respirar un poco más tranquilo y tener más confianza en su propia batería de medidas, que hasta el momento ha sido efectiva para impedir un caos social de proporciones a consecuencia de la pandemia.

El primero de esos factores es que de manera imperceptible pero muy real el déficit cuasifiscal del Banco Central se ha reducido en forma muy apreciable a raíz de la baja de las tasas de interés. Ese déficit en 2019, con Macri en el Gobierno, estaba en el equivalente a unos u$s18.000 millones al año. Astronómico, mucho más alto que el fiscal y por eso la tasa de inflación de más de 50% anual en los últimos años. Hoy esa cifra se ha reducido al equivalente de u$s10.500 millones anuales. Un ahorro de más de 2% del PBI.

El segundo factor es que no hay señales de que la velocidad de circulación del dinero vuelva a aumentar en el corto plazo. Recordar que la “ecuación de Fisher” -una de las más famosas y controvertidas de la historia económica- postula que la cantidad de dinero multiplicado por su tasa de circulación equivale al sistema de precios multiplicado por los bienes y servicios efectivamente utilizados en el período en cuestión. Todo el gran debate económico del último siglo, toda la lucha entre keynesianos y monetaristas, se reduce a la percepción que se tiene acerca de la velocidad de circulación del dinero. Los más ortodoxos y los monetaristas postulan que ese es un parámetro y no una variable. O sea que es un número fijo y dado. De allí que abominan de la tasa de emisión monetaria, lo que -para ellos- irremisiblemente impactaría en la inflación en el muy corto plazo. Los keynesianos creen lo contrario: que la velocidad de circulación del dinero es fluctuante, sube y baja. Y si eso es cierto, entonces no cabe más remedio que utilizar la política fiscal y la política monetaria en forma expansiva y luego contractiva alternadamente. Ese es el debate del siglo, que no ha sido saldado. Pero no hace falta. La pandemia lo ha hecho, y a escala global. La velocidad de circulación del dinero se ha reducido de manera formidable a escala planetaria. De allí que los países deban aplicar política fiscal y monetaria contractiva. Luego de la tormenta torrencial, cuando aclare, entonces ahí será el momento de reducir o terminar la ayuda a empresas y de contraer la cantidad de dinero que circula en la economía. Para eso parece haber tiempo. Habría que empezar a pensar la salida, no a tomar ese camino por adelantado. Muchas empresas no podrán pagar la parte de salarios que hoy paga el Estado. Eso significa bancarrotas, desempleados y trabajadores con sueldos reducidísimos. Eso es lo que ahora hay que evitar. Porque la única realidad es el presente. El futuro no llegó y no sabemos aún cómo va a ser.

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Walter Graziano y Asociados

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