24 de junio 2003 - 00:00

Kirchner define con Köhler alcance que tendrá su gestión

Anoche comió con él y hoy al mediodía Néstor Kirchner recibirá de nuevo a Horst Köhler, el director gerente del Fondo Monetario Internacional, que está de visita en Buenos Aires. Acaso sea la reunión más importante que mantendrá Kirchner durante el año, porque en ella o a partir de ella se despejará la incógnita sobre el impulso que está dispuesto a dar a la normalización que espera la Argentina desde que se derrumbó el gobierno de Fernando de la Rúa. Se trata de un problema complejo, que debe analizarse con alguna minuciosidad, a pesar de lo cual podría quedar formulado así: Kirchner deberá responder a Köhler si está dispuesto a aplicar su enorme capital ante la opinión pública en un proceso de resolución más o menos rápida de los problemas abiertos por la crisis o si mantendrá la inercia del duhaldismo y aceptará discutir solamente objetivos mínimos, con la mirada puesta no más allá de fin de año. Esta opción es eminentemente política, involucra los recursos parlamentarios y políticos con que cuenta hoy la administración y se simplifica habitualmente en la dicotomía entre un acuerdo amplio con el Fondo o una mera prórroga del que se mantiene actualmente.

A Kirchner le juegan algunas circunstancias a favor. La primera y más evidente es que en los centros de decisión internacional se cree que su gobierno es más sólido que el de Eduardo Duhalde. No por la base humana en la que se sustenta pero sí por su origen institucional: cuando en el exterior se evaluaba la administración anterior, se la veía como una gestión de emergencia, comandada por un senador y designada por un Congreso que sesionó con una multitud que a sus puertas reclamaba «que se vayan todos». El proceso electoral, aunque defectuoso, mejoró mucho el diagnóstico institucional sobre el gobierno. La prueba es que figuras de primer nivel buscan acercarse a Buenos Aires, como sucedió con Colin Powell o con el mismo Köhler. Aun cuando se diga, con acierto, que el fenómeno obedece a que Washington está despertando a América latina al cabo de un letargo que se inició con el ascenso de George W. Bush, la gira que Kirchner realizará por Europa durante el próximo mes demostrará que, a los ojos internacionales, exhibe una legitimidad de la que sus dos antecesores inmediatos carecían.

Otro dato que beneficia a Kirchner es que en el FMI están gratamente sorprendidos con la performance de la economía nacional. Tanto que la implacable Anne Krueger habló de «milagro», más sorprendida cuanto más refutados quedaban sus pronósticos. La presencia de alguien de la máxima autoridad del Fondo está alentada por este clima auspicioso y, a la vez, obliga a un «final feliz» en la relación con el gobierno, por lo menos en este viaje: ni un alemán duro como Köhler se expone a operaciones en las que su imagen quede asociada a un fracaso.

•Matices variados

Otras circunstancias que rodean la visita y la reunión clave de hoy ofrecen matices variados. La preferencia de Washington por Lula Da Silva no se reduce a la Casa Blanca, que reconoció al brasileño como el líder de Sudamérica y un interlocutor global. También Köhler tiene en el sindicalista paulistano un modelo a seguir, como antes se había entusiasmado con la capacidad de la clase dirigente turca para sellar acuerdos de gobernabilidad. Köhler repitió anoche en Olivos lo que ya se le había escuchado en público: «Deben imitar a Brasil». Este énfasis del alemán fue el que llevó a Fernando Henrique Cardoso a pedir moderación a Lula en su giro hacia la ortodoxia. ¿Qué significa para el titular del Fondo «imitar a Brasil»? Además de la orientación general, prestar atención a dos cosas: un superávit fiscal de 4,5% del producto (en la Argentina del default la meta es de 3,5%) y un programa social como el «hambre cero», que se limita a u$s 500 millones por año (el de Jefas y Jefes de Hogar ya va por los u$s 1.000 millones). Esto último no significa reducir programas de asistencia pero sí limitar la presión por aumentar el gasto en ese rubro.

Köhler llegará hoy a la reunión con Kirchner después de haber mantenido algunos encuentros aleccionadores. El que más lo impresionó habrá sido, sin duda, el que tuvo ayer con empresarios. Sobre todo por el cruce entre Martín Blaquier, presidente de la Cámara de Empresas de Servicios Públicos, y Paolo Rocca, titular de Techint. Blaquier, del sector gasífero, expuso las razones por las cuales el programa de Roberto Lavagna no es sustentable: «No se paga la deuda, no se ajustan las tarifas, que son en la Argentina mucho más bajas que en Brasil, las empresas tienen frenados todos sus programas de inversión; en definitiva, el plan no se sustenta». Rocca, quien por lo general simpatiza con Lavagna, insinuó un panegírico de la política del ministro, que interrumpió Blaquier, ahora en su calidad de integrante de la familia propietaria de Ledesma, de manera destemplada: «Si esto funciona y las empresas no tienen problemas, ¿por qué ustedes les interrumpieron la provisión de gas a los ingenios tucumanos y obligaron al gobernador a viajar de urgencia para una gestión en Buenos Aires?». Köhler movía la cabeza de un empresario a otro como en los tiempos en que se fascinaba con Steffi Graf.

En su conversación con Kirchner, Köhler está poniendo énfasis en dos niveles de cuestiones. El más general, condición de cualquier acuerdo de largo alcance, tiene que ver con el respeto a los derechos de propiedad en el país. Ahí está no solamente el pago de la deuda externa; figuran también el ajuste de las tarifas de servicios públicos, la compensación a los bancos por la pesificación asimétrica y la suspensión del bloqueo sobre las ejecuciones por deudas hipotecarias. El otro nivel, más específico, es el de los problemas fiscales y financieros. Desde el nivel de superávit a la sanción de una nueva ley de coparticipación, pasando por la eliminación, en el mediano plazo, de las retenciones a las exportaciones y el impuesto al cheque. En el campo financiero, la prohibición de financiar a gobiernos para los bancos oficiales y su sometimiento al control de la Comisión Nacional de Valores.

•Acuerdo

La agenda, como se advierte, supone un acuerdo de largo plazo. Es decir, llegar a un programa que involucre hasta fines de 2005, con metas secuenciales. De manera tentativa, las tarifas deberían ajustarse antes de fin de año (como quiere el secretario de Energía, Daniel Cameron, en contra del ministro Julio De Vido), la compensación a los bancos con un bono tendría que estar sancionada en los próximos dos meses, igual que el desbloqueo a las ejecuciones (temas en los que el Congreso está esperando que Kirchner demuestre su espíritu negociador), la deuda debería estar reprogramada durante los próximos 9 meses con un nivel de quita compatible con los valores que los bonos presentan en el mercado y con criterios de ecuanimidad entre los distintos grupos de acreedores (al propio Fondo se le podría sugerir la aplicación de una quita, como pretenden los «bonholders» privados), la coparticipación tendría que estar sancionada a fines de 2004 y retenciones e impuesto al cheque deberían eliminarse a lo largo de 2005.

Köhler, por lo que adelantó a sus interlocutores iniciales, se inclina por un acuerdo de este tipo, ambicioso, que mejora la negociación con los acreedores al despejar la incógnita de cuáles serán los compromisos de la Argentina con los organismos multilaterales (después de todo, distintos sectores estarán compitiendo entre sí por el superávit fiscal del país).

Es una incógnita si Kirchner querrá aplicar este ritmo a su gobierno. Si es por Lavagna, lo más probable es que pretenda renovar el pacto actual hasta fin de año, cubrirse por los u$s 5.800 millones que se deberían pagar al Fondo en ese lapso y seguir arrastrando los pies con la agenda de la normalización. Difícilmente el Presidente resuelva el dilema durante esta visita de Köhler, que sería vista como un fracaso si se anuncia un acuerdo mezquino. Por eso, todos miran con atención el efecto que tenga sobre su forma de ver el mundo y el país el próximo viaje a Europa.

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