Quienes juran conocer las bombas electorales que prevé Néstor Kirchner para volver a imponerse en las elecciones sostienen que, una de ellas, será la compra y consecuente nacionalización de una importante empresa petrolera extranjera. Ya Julio De Vido -quien hace más de una semana que se estacionó en Caracas- anticipó un mes atrás «una fuerte presencia del Estado en el área energética, especialmente la petrolera» (al tiempo que aseguraba que la licitación de zonas secundarias de explotación no serían para privados, sino para el propio Estado). Para una operación de esas características (¿12 mil millones de dólares?, se colige), además de fondos -el país tiene suficientes reservas y quedan también litigios a resolver con la empresa en el Banco Central-, quizás el gobierno requiera de cierta asistencia externa: en ese caso, Venezuela parece un colaborador ideal, más allá de sus cercanías con ENARSA. Quienes creen en el impacto electoral de una decisión de estas dimensiones, comparable quizás a la estatización de los ferrocarriles que hizo Juan Perón (aunque, se supone, con mejores resultados), sospechan que Kirchner -de avanzar en el proyecto- también pretendería devolver al Estado una empresa que en su momento fue privatizada por Carlos Menem. Son conjeturas, claro, pero con alto grado de sustento.
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