San Pablo (enviado especial) - Hay campos de la vida pública en los que la acción de un gobierno del PJ es más previsible, al menos por ahora. Así, un futuro gobierno del PT pondrá en el centro de la escena a los movimientos sociales que le sirvieron de base, especialmente a los Sin Tierra, para los que habrá seguramente alguna legislación inaugural.
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Otro campo de maniobras será la política exterior. Lula es un partidario abierto del Mercosur, pero esto puede dar lugar a malos entendidos. Fortalecer la unión con los países del Plata significa para él levantar consignas de convivencia regional y, sobre todo, ensayar alguna vía de integración monetaria, tal vez utópica. En esto Lula fue explícito.
Pero su predilección por el Mercosur no debe confundirse con mayor flexibilidad en la negociación comercial: al contrario, los socios del bloque y la Argentina en particular deben prepararse para convivir con una ideología proteccionista y agresiva como la del PT, para la cual invertir fuera del país o abrir el mercado significa «castigar a los trabajadores brasileños».
Con los Estados Unidos también habrá expansiones ideológicas, al menos durante el primer tramo del mandato. Lula se declaró enemigo del ALCA y se propuso una negociación colectiva con Washington, en la que intervengan los países del bloque Mercosur a través de sus Ejecutivos y de sus Parlamentos. Sin embargo, esto tampoco significa que Lula quiera convertirse en el constructor de un nuevo «eje del mal», con Fidel y Chávez, como sugieren sus detractores.
Los actores principales de estas políticas no están definidos. Rubens Ricúpero, ex ministro de Economía y actual secretario general de la UNCTAD, está entre los candidatos a comandar Itamaraty. Pero él les confesó a algunos amigos que no aceptaría una propuesta de Lula en ese sentido. Jorio Dauster, ex titular de Vale do Rio Doce, es otro candidato a ocupar la cancillería. Aunque si se tuviera por decisiva la influencia de la Suplicy habría que poner fichas en Marco Aurelio García, secretario de Cultura de San Pablo y una de las figuras más lúcidas y modernas del entorno de Lula.
Pragmatismo de quien quiere conservar el poder a cualquier costo e ínfulas revolucionarias de quien llegó al poder al cabo de más de dos décadas de búsqueda, ambas cosas estarán combinadas en un gobierno de Lula. Es impensable un giro inmediato a la Menem, sencillamente porque el candidato guarda con el PT lazos difíciles de romper antes de que un fracaso en el gobierno demuestre la inviabilidad de una política determinada. Pero también es imposible concebir una ruptura con el juego de poder e intereses que domina a Brasil de la última década. Sencillamente porque la clase dirigente brasileña -sus políticos, sus empresarios, sus intelectuales, sus medios de prensa- funciona en el marco de una operación nacional, es decir, posee recursos políticos como para obtener consensos básicos e imponerlos al poder de turno, por más revolucionario que éste se muestre. Entre uno y otro límite deberá caminar el nuevo gobierno.
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