La Argentina y el fin de la fiesta global
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Pero como ya sabemos los argentinos, por experiencia propia, resulta difícil engañar mucho tiempo a todo el mundo. La devaluación esperada del dólar generó varias consecuencias. La primera fue financiera. En todos los países en que las monedas locales se revaluaron, se hacía « tentador» financiar el crecimiento, endeudándose en dólares, y transformando esos dólares en moneda local, para devolverlos, en su momento, con espectaculares ganancias en dólares, después de pagar la bajísima tasa de interés.
Esta «bicicleta global», a su vez, inflaba todavía más la actividad económica. La segunda consecuencia, ligada directamente a la «estafa» de la devaluación, fue el fuerte incremento de los precios del petróleo y el resto de los commodities, en dólares. Resultó una protección, en especial de los productores de petróleo, de la pérdida de poder de compra de sus exportaciones.
Dicho de otra manera, la aceleración de los precios del petróleo y el resto de los commodities de los últimos meses parece estar muy vinculada a la «protección» contra esta estafa, en especial de los países árabes. (Recuérdese que los commodities cotizan en dólares).
Volviendo al déficit de cuenta corriente norteamericano, la «factura» del petróleo pasó de 2% del PBI, a fines de 2006, a casi 4% del PBI ahora -todo por efecto precio, obviamente-.
Entonces, cuando se incorporan las importaciones de petróleo, los norteamericanos todavía no se han «ajustado», tienen el mismo déficit de cuenta corriente que hace dos años. ¿Qué significa esto? Que estamos en presencia de una fuerte «redistribución del ajuste».
Mientras los países exportadores netos de petróleo «no se han enterado» del fin de fiesta, los importadores netos tienen el doble problema, de la menor demanda estadounidense y la mayor factura de la energía. Esto tiene, además, fuertes consecuencias geopolíticas. Más allá de China, las democracias occidentales y asiáticas están transfiriendo enormes cantidades de recursos a países con teocracias fundamentalistas, o poco democráticos, o con fuertes sesgos antioccidentales, o con riquezas muy concentradas en unos pocos. Y éstos, a su vez, con sus extraordinariamente ricos «fondos soberanos» reciclan, a su antojo, esa riqueza. Aprovechan así la « anemia» de capital del sistema financiero global. O financian aventuras militares peligrosas. O compran «en liquidación» todo tipo de activos mundiales, etcétera.
Pero la respuesta no se hará esperar. De hecho ya empezó. Hay que frenar la escalada de los precios del petróleo. En el corto plazo, esto implica bajar la demanda de combustibles y parar la caída del dólar, aun a costa de una mayor recesión global.
Respecto del freno a la demanda, la mayoría de los países que «subsidiaban» la demanda de combustibles y energía, manteniendo sus precios baratos (no sólo Cristina quiere tener «precios argentinos»), en especial China e India, está reduciendo los subsidios y aumentando los precios internos del petróleo y derivados. Esto implica efectos sobre la demanda de energía, pero también «efecto sustitución» sobre la demanda de otros productos. Pero además implica que la « exportación de deflación» -con costos mantenidos artificialmente bajos-que realizaban estos países y el resto del Asia emergente se está transformando en «exportación de inflación» o «blanqueo de inflación reprimida». ¿Le suena?
A su vez, como se espera que el dólar deje de devaluarse, toda la «bicicleta global» antes comentada se está desarmando, y las políticas cambiarias luchan ante esta tendencia, revirtiendo la posición de los que revaluaban y los que devaluaban, frente al dólar. Todo esto, en medio del «desarme» del boom de crédito global y la crisis financiera.
Pero la «liberación de inflación reprimida» y la necesidad de frenar la baja del dólar generan, más temprano que tarde, un incremento de las tasas de interés en dólares y una acción coordinada del G-7 para intentar moderar la escalada petrolera.
El mundo, entonces, parece encaminarse a un reajuste global que termina con menos crecimiento y con una moderación de las «fuerzas estructurales» que subyacen. Claramente, la fiesta terminó, y, dependiendo de la habilidad y el grado de coordinación de los bancos centrales y de las tesorerías, la resaca durará más o menos tiempo y los costos serán más o menos graves. La habilidad estará en cómo «manejar» todas estas fuerzas que se han puesto en reversa a gran intensidad.
¿Y la Argentina? Nuestro país vivió esta fiesta «muy lejos del VIP». Nuestro casi exclusivo «canal de contacto» han sido los precios de los commodities, el turismo receptivo, la exportación de servicios, el componente de la industria más regionalizado (automóviles, por ejemplo), la industria exportadora de commodities y algo de especulación financiera e inmobiliaria. Si la demanda global se ajusta, todos estos sectores crecerán mucho menos, o caerán.
Aunque pueda «abaratarse», en algo, la factura energética, no habrá más remedio que ajustarse también aquí, a la nueva situación. Por lo tanto, habrá que «blanquear inflación reprimida», protegiendo a los sectores más vulnerables, y adaptarse fiscalmente a las nuevas condiciones globales. Y, fundamentalmente, combatir la inflación que exageramos, con una política fiscal totalmente descontrolada.
El tren de la «eterna juventud» parece que ya pasó. Eso no quiere decir que estamos perdidos. Pasado el ajuste global, las fuerzas estructurales volverán a predominar, aunque con una evolución más lenta y racional -después de todo, así son los cambios estructurales-. Si aprovechamos este momento de transición, para «hacer los deberes» y prepararnos estratégicamente, para la recuperación del ciclo, la aparente oportunidad perdida de los últimos años podría convertirse en una «oportunidad ganada». Si ignoramos estos cambios, seguimos con «más de lo mismo», y creemos que « relanzar» el gobierno es, únicamente, sumarle a LAFSA Aerolíneas Argentinas, cambiar a algunos funcionarios y echar a otros, estaremos en más problemas todavía.




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