20 de febrero 2004 - 00:00

La charla secreta en el Yacht Club

Guillermo Nielsen
Guillermo Nielsen
Sol, protagonistas descamisados, el río, los árboles y un ambiente bucólico de gente que parece adinerada por amar la náutica. Así era la vida ayer, al mediodía, en el Yacht Club Argentino, en Dársena Norte, cuando aterrizó un grupo swat para interrumpir la placidez: sólo así pueden definirse a los economistas que llegaron dispuestos a negociar la deuda, una revolución frente a la serena vida sobre el agua. Roberto Lavagna y Guillermo Nielsen se planteaban, al inicio del almuerzo, como psicólogos del ministro de Finanzas alemán, Hans Eichel, al que invitaron a comer y, de paso, convencerlo de que el G-7 bajara la ansiedad sobre los incumplimientos argentinos, debido a que son muchas las complicaciones técnicas y logísticas que faltan resolver. Le hablaban como si él tuviera el tiempo del mundo, como si no hubiera padecido frente a la comunidad de dentistas de su país que vocifera y reclama porque la Argentina no le paga los títulos que algunos bancos le aconsejaron comprar. La charla duró casi dos horas pero Eichel no quedó convencido y reclamó, una y otra vez, que el gobierno mejore la oferta que está divulgando para cumplir con los tenedores de bonos.

El ministro de Economía agasajó a su invitado con un asado, servido junto a las amarras del club. Condescendió así al pedido del alemán, quien quería comer carne a la parrilla. Fue propicio el pedido, ya que obligó a todos a instalarse junto al río: el Palacio de Hacienda carece de infraestructura para las especialidades criollas y eso permitió que Lavagna, Eichel y sus colaboradores disfrutaran de un mediodía formidable al aire libre.

En mangas de camisa y bajo la sombra del tradicional ceibo del Yacht, Lavagna y Eichel se sentaron frente a frente. A la derecha del ministro, Nielsen; a la izquierda, el secretario de Coordinación Técnica, Leonardo Madcur, quien permaneció callado durante casi todo el almuerzo. Un poco más expresivo se mostró el secretario privado del ministro, Leonardo Costantino, sentado en una esquina de la mesa: fue el único que habló en español, dirigiéndose a Nielsen y para comentar las achuras y guarniciones que se ofrecería a los visitantes. A Eichel lo acompañaban cuatro colaboradores, entre ellos el representante de su país, Rolf Schumacher. En otra mesa, apartada, 12 oficiales del Ministerio de Finanzas de Alemania y funcionarios de menor rango de la embajada aprovecharon también para disfrutar de ese ambiente náutico y casi recoleto (sólo había un par de mesas más con los parroquianos de siempre, en el Yacht, ayer). Desentonaban, eso sí, los custodios de Lavagna, moviéndose de aquí para allá con sus «handies». Pero estuvieron discretos y hasta permitieron que un par de socios comieran en la mesa contigua, casi pegada a la de los ministros negociadores.

La deuda pública fue casi el único tema del almuerzo y la voz cantante la llevaron Lavagna, Nielsen y Eichel. Los funcionarios del gobierno se abrazaron a una línea argumental muy adecuada para la instancia actual de la negociación, es decir, para un equipo que aún no sabe a ciencia cierta cuál será su oferta final. Por eso Lavagna -y más tarde Nielsen, con más entusiasmo y hasta con ademanes-insistieron en tres puntos centrales. En primer lugar, se está todavía en una etapa exploratoria, en la cual la señal más auspiciosa es el trabajo de los bancos sindicados para recabar información de los acreedores.

Además -siguieron-, existen dificultades de orden logístico y operativo para la colocación del nuevo bono que haría fracasar toda la operación si se acelera el proceso. Nielsen, con un inglés bastante más fluido que el de su jefe, abundó en anécdotas sobre las peripecias de otros casos, similares al argentino, en los que la negociación misma se empantanó por no contar con una buena plataforma técnica. «Nosotros podemos entender el espíritu de su planteo pero las limitaciones de las que hablamos, a esta altura, son fácticas, no son un cuento.»

•Desaciertos

Corría, con las tiras de asado (una especialidad desconocida en el Yacht), el Familia Zuccardi Q, mientras Lavagna hacía notar, con toda elegancia, la falta de acierto de los observadores (no quiso hablar del G-7) para comprender la evolución positiva que prometía la economía del país. «Esa es una disidencia técnica, que ya está saldada. No se puede convertir en un argumento político para las discusiones posteriores», intentó limitarlo Eichel, con el mismo medio tono que tuvo todo el almuerzo.

Nielsen, expansivo, desde uno de los rincones de la amplia mesa, siguió comentando detalles del montaje operativo del canje, echando humo a los ojos de los convidados, sin dar mayores precisiones sobre el fondo. Lavagna colaboraba, hablando hasta de los «call centers» que se piensa instalar en los grandes mercados de deuda argentina (Alemania, Italia, Japón) para que los inquietos bonistas se sientan atendidos y disminuya la presión política sobre los gobiernos locales. Claro, tanto él como su jefe debieron cambiar de tema cuando el ministro alemán les señalaba que «es su presidente quien habló de una postura rígida de 25%; no nosotros».

La charla se alargaba y hacia las 15 Lavagna ya había consumido su segunda taza de té mientras el embajador alemán, Schumacher, comenzó a distender la discusión con alusiones a las bellezas patagónicas, que es la forma subliminal que existe en la Argentina de hacer oficialismo. Eichel aprovechó para ir al baño (el único que se alejó de la mesa por un par de minutos, lo que habla de las buena condiciones de negociador de Lavagna) y la mesa quedó sumergida en un largo silencio.

Imperturbable, el joven secretario de Eichel recorrió toda la mesa para sentarse al lado de Nielsen indicándole las distintas inquietudes que le dejaría por escrito su gobierno. Un detalle de buena fe.

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