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17 de julio 2007 - 00:00

La ministra debió irse antes por caso Greco

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«En política lo más grave no es meter la pata, sino no sacarla rápidamente cuando se cometió un error.» La frase pertenece al refranero de Felipe González y expresa el callejón sin salida en que queda Néstor Kirchner por su manera ineficaz de manejar el gabinete. Tarde se da cuenta el Presidente de que no debió sostener a Miceli desde noviembre pasado, cuando este diario dio la primicia del pago que habían firmado Miceli, Kirchner y Alberto Fernández de una suma millonaria a los herederos de derechos y acciones del grupo Greco. En un momento con más aire político -lejos de una elección, por ejemplo-, el Presidente minimizó la gravedad de ese acto, mucho más comprometedor que este sainete de los sobres en el baño, empezando por la diferencia de los montos. Pero también porque la ministra había comprometido a Kirchner y al jefe de Gabinete en un pago que éstos no pueden haber ignorado, también por el monto, a menos que consintieran alegremente la negligencia de quien les hace firmar un proyecto de ley con una planilla adjunta que ordenaba liquidar $ 587 millones a un grupo empresario con un nombre, además, emblemático y que asumía el pago de una factura contraída por el gobierno de Jorge Videla, al que Kirchner quiere perseguir más allá de la tumba. Fue entonces cuando Miceli debió renunciar. La defendió el gobierno confiando en los dichos de la ministra que señalaban a su antecesor, Roberto Lavagna, lo cual aportaba un buen argumento para la campaña electoral. Tardó mucho el Presidente en sacar la pata, como tarda en hacerlo cuando sostiene a otros funcionarios señalados por el trámite de sobreprecios con facturas truchas, o los responsables del gerenciamiento de los subsidios que da el Estado, especialmente al transporte en el área metropolitana. A no ser que no crea que defenderlos sea un error y sienta que sosteniéndolos se sostiene a sí mismo. El puñado de ministros que figuran a cargo de cada área trabajan todos a reglamento. Cuando uno de ellos está en problemas, nunca sale ninguno de sus colegas a defenderlo -sólo a veces alguno de los Fernández, que poco pueden hacer con su devaluada locución radial-. Tampoco se destacan por la iniciativa, que se limita a despachar asuntos puntuales que les pide el Presidente y que coronan con un acto en el Salón Blanco o en el Salón Sur. Tener la foto con Kirchner durante un anuncio equivale a la firma de un decreto.

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Nadie acude en defensa de nadie, no sólo por mezquindad moral; tampoco sabe nadie a qué juega el Presidente con cada ministro. Con Ginés González García ha tenido discusiones a los gritos frente a otros funcionarios cuando el ministro de Salud le reprochó la designación de Romina Picolotti y que llevase la Secretaría de Medio Ambiente a la Presidencia. «El tema ambiental es cosa de la oposición en todos los países; los gobiernos pagan costos, ¿para qué llevarla a Presidencia cuando, además, todos los gobernadores de provincias mineras se quejan de ella?

  • Jugueteo

  • Pero Kirchner nunca se cobró venganza de esas críticas de Ginés ante terceros, a quien mantuvo en el cargo con una sola explicación: el jugueteo que hace el ministro con el tema aborto -apoya su despenalización limitada, pero con el léxico de un abortista rabioso- beneficia al gobierno con el apoyo de los sectores abortistas de clase media. Por eso creyó que sería un buen candidato porteño, no porque crea que tenga destino de concejal o para darle el ministerio a otro candidato, que no tiene. El resto del gabinete se abstiene de salir en público a apoyar a Ginés porque no sabe cuál es el límite del apoyo del Presidente. Teme cada cual que si sale a respaldar a su colega de gabinete, pueda recibir un reto de Kirchner por meterse en lo que no debe. O porque le defensa fue más tibia de lo que él esperaba. Otros funcionarios saben de esto, como Julio Bárbaro, quien se ríe contando cómo hace dos años escuchó una crítica del Presidente al monopolio «Clarín» y él, como presidente del COMFER, se creyó en la obligación de apoyar los dichos de Kirchner. Se ganó un tirón de orejas.

    -¿Qué te metés vos?

    -Pero yo te escuché lo que dijiste.

    -Sí, pero tarde, porque yo ya arreglé. No debiste meterte.

    ¿Cuántos ministros han salido en defensa de Nilda Garré, que mantiene su cargo pese al colapso del sistema de vuelos comerciales, que suma cada día una anécdota? No terminan de saber los funcionarios en qué momento el Presidente le señalará la puerta a la ministra o, en cambio, si la está usando para probar la lealtad del resto de los funcionarios de la primera línea con un gobierno que ha convertido viajar en avión en un suplicio cotidiano. Por eso no abundaron defensores de Miceli cuando la revista «Perfil» informó del hallazgo del dinero. Era lógico, además, que sospechase el oficialismo de algún arreglo de cuentas de adversarios internos de la ministra. El periodismo supo de esos sobres con dinero en la fuente del trámite: la fuerza de bomberos que los encontró, que no sólo informa al jefe de la unidad, sino a toda la línea de comando, que tiene terminal en la Casa de Gobierno y en más de una agencia de espionaje. También sospechó de los movimientos del fiscal de Investigaciones Administrativas, Manuel Garrido, al que sindicó siempre como otra fuente de la noticia. Kirchner entendió que en los 30 días antes de la inscripción de las alianzas para las elecciones del 28 de octubre, Miceli ya era un lastre. Hizo los últimos esfuerzos para sostenerla ya con el cuello picoteado esperando que algún milagro tapase el affaire en el único lugar que le importa: los titulares de los diarios. Pero el Presidente ya parece sufrir la fiera venganza del tiempo, que le hace ver al público lo que antes parecían gestos de gallardía y talento ahora como patéticos desaciertos.

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