El miércoles próximo, Roberto Lavagna recibirá en su despacho a la dirigencia de la Unión Industrial Argentina, que intentará convencerlo de que el mejor camino para evitar la amenaza de la puja distributiva es que las «tres patas» del conflicto (Estado, industria, gremios) generen un marco de referencia para la negociación salarial.
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Las gestiones para este encuentro comenzaron el martes y culminaron ayer, cuando el jefe del Palacio de Hacienda accedió a que lo visite la «mesa chica» de la central fabril, que conforman, entre otros, Alberto Alvarez Gaiani,Héctor Méndez, Héctor Massuh, Luis Betnaza, José Ignacio de Mendiguren, Federico Nicholson y Juan Carlos Sacco.
¿Cuál será el mensaje que llevarán los empresarios al 5° piso de Balcarce 136?
Básicamente que comparten lo dicho ayer por el ministro, respecto de que sólo podrán otorgarse aumentos salariales en función de la mayor productividad. Según fuentes de la Unión Industrial, Lavagna no habría comprendido del todo el sentido de la negociación encarada con la CGT a partir de diciembre pasado; de ahí que en los últimos días haya calificado de «impresentables» a los dirigentes industriales, y que haya manifestado que «los acuerdos de cúpula no sirven para nada». El ministro, siempre de acuerdo con sus declaraciones y trascendidos desde sus cercanías, preferiría discusiones salariales fábrica por fábrica, sector por sector, porque teme que los sindicalistas -que vienen ganando cada pleito que llega hasta el despacho del ministro de Trabajo, Carlos Tomada- le metan «por la ventana» un aumento de los mínimos que dispararían todas las escalas salariales. Y que además entren en esos aumentos los sueldos de los empleados públicos, con la obvia repercusión en las cuentas del Estado.
Los dirigentes de la UIA tratarán de explicarle que piensan que la discusión particularizada traerá justamente ese efecto indeseado; uno de esos dirigentes le dijo a este diario que «la necesidad de ajustar salarios por productividad lo venimos diciendo desde diciembre, cuando comenzamos a discutir con la CGT. Pero nunca tuvimos el apoyo del Estado, y por eso quedamos pedaleando en el vacío».
• Evidencia
Esa futilidad en las negociaciones quedó en evidencia en la última reunión que compartieron con los sindicalistas, de la que se levantaron y se fueron cuando algún dirigente planteó -por caso- la necesidad de redolarizar los sueldos a valores de diciembre de 2001, y algún representante de los empleados públicos pidió sumar a esos trabajadores a los aumentos que se pactaran con los privados.
Otro dirigente dijo a este diario que «Lavagna dijo lo que dijo sin antes escucharnos; por eso pedimos verlo y aceptó; pensamos que él creyó que con la CGT negociábamos piso y techo, sector público, etc., y no es así. Hace falta un acuerdo-marco justamente que fije límites a la negociación y en el que esté claro que sólo se aumentarán por productividad».
La alternativa, le dirán al ministro, es una preocupante repetición de los años setenta, «en que cada paritaria tomaba como piso lo que había acordado el gremio anterior, y se entró en una escalada imparable que ya sabemos cómo terminó». Como ejemplo de lo difícil de la hora, seguramente enumerarán conflictos tales como el de la UTA (que estuvo a punto de hacer fracasar la temporada de Semana Santa), el de los trabajadores de limpieza de los subtes (que quieren ser transportistas), los violentos choques a las puertas de Coto (inspirados por Moyano para «robarle» afiliados a Armando Cavalieri) y otros muchos.
El hecho cierto es que desde aquella vez en que la UIA dejó la mesa del sindicato de taxistas, no hubo más contactos con la CGT, salvo algún esporádico llamado telefónico entre dirigentes. El único elemento que puede cambiar este panorama y evitar la temida «puja distributiva» es la inclusión del Estado en esa mesa, algo que por ahora no se avizora.
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