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Con ese panorama, hubo una serie de países que, rápidamente, sintonizaron con esa oportunidad y se subieron al tren en cuyo primer vagón ya viajaba, con mucha anticipación, Chile. Brasil, Uruguay, Perú, Paraguay y Colombia ingresaron como socios plenos al club de los globalizados. En el otro extremo, pese a ser reales y/o potenciales proveedores de energía para la regióno el resto del mundo, Venezuela, Ecuador y Bolivia prefirieron, en mayor o en menor medida, el camino antiglobalizado, del « socialismo siglo XXI».
La Argentina de Néstor Kirchner, por su parte, concentrada en salir de su propia crisis, pretendió ingresar al club de los globalizados, pero como socio «temporario» y, simultáneamente, «visitaba las instalaciones» del club antiglobalizador. Una reedición algo extraña de la «tercera posición» peronista. La oportunidad del cambio de gobierno, al menos de género, como se mencionó, sugería una definición más profunda. La de alinear, finalmente, las políticas públicas para aprovechar a pleno lo que todavía resta del boom de los alimentos y la energía.
La crisis financiera internacional, desplegada más intensamente desde mediados del año pasado, hizo dudar sobre la continuidad del contexto internacional favorable. Sin embargo, sea por el desplazamiento de muchos recursos financieros del mercado de los bonos estructurados hacia el de los commodities. Sea como consecuencia del propio ajuste del dólar, para el necesario aterrizaje de la economía norteamericana. Sea por la permanencia y proyección de condiciones estructurales profundas, en especial en el mercado del petróleo, que «rebota» hacia el mercado agrícola, por diversos factores. Lo cierto es que, lejos de amainar, el viento de cola de los precios internacionales para la región casi se convirtió en un ciclón en los últimos meses.
Es decir, si tenía sentido esperar de la Argentina una mejor sintonía con el mundo, con los precios promedio de 2006 y 2007, mucho más lo tiene con los precios de hoy. Y es éste el evidente error de lectura de la situación que ha hecho el círculo íntimo del poder. El conflicto con el sector agropecuario no es un conflicto desatado por oligarcas golpistas (que a lo mejor los hay. Siempre quedan piezas de museo en todos lados, incluyendo el justicialismo). Es un conflicto desatado por la desilusión de productores, empresarios, profesionales, comerciantes, muchos votantes de Cristina, en síntesis, que perciben, sospechan o están convencidos de que el gobierno ha decidido sacrificar esta oportunidad extraordinaria o, al menos, aprovecharla muy levemente, en el altar del ayer.
La extensión del «yuyito» a zonas agrícolamente marginales que hasta hace unos años sólo producían ganadería para el mercado interno. Las políticas del gobierno de Kirchner que redujeron aún más los incentivos para la producción de otros productos -leche, carne, trigo-, también favorecidos por un escenario externo brillante, generaron, casi como un subproducto, una gran masa de ciudadanos que dejaron de ver la globalización como una amenaza -el tradicional discurso K- y pasaron a verla, claramente, como una oportunidad que se está desaprovechando. La insistencia en el aumento de las retenciones y el esquema «móvil» suavizado, pero ratificado, en contra de la cobertura de precios en mercados de futuros de los productores, son una señal evidente de que el gobierno ha priorizado la «autoridad» y la « venganza» y ha postergado, una vez más, la posibilidad de subirse plenamente al «tren del crecimiento sustentable».
En ese sentido, tienen razón muchos de los voceros del gobierno, ésta es una discusión ideológica. Pero es una discusión ideológica planteada contra esta posición tibia, de globalización parcial, que nos aísla cada vez más. Contra la estatización disfrazada de « argentinización sólo con amigos». La expulsión de la inversión extranjera directa. Y el control creciente de las rentabilidades y los precios.




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