Es difícil en el corto espacio de un día cuantificar el efecto que puede tener un anuncio de la magnitud del dado ayer cuando el Tesoro comunicó que reanudará la emisión de bonos a 30 años. Por lo pronto, es un acto de racionalidad que la actual administración admita que existe un auténtico problema con la deuda nacional. Que el mercado quería estas emisiones, no hay duda. En su última visita a la Bolsa de Chicago, el secretario del Tesoro fue recibido con gritos de "30, 30, 30" y no por nada ayer la tasa de 10 años retrocedió a 4,302% y el dólar bajó al mínimo en dos meses (111,26 yenes y u$s 1,2305 por euro). Sin embargo, las dudas son muchas: ¿volverá el T30 a ser el benchmark (patrón) del mercado?, ¿se seguirán los pasos de Francia emitiendo deuda a 50 años?, ¿se corregirá la curva de las tasas?, ¿cómo afectará esto al dólar?, ¿golpeará a la inversión bursátil de largo plazo?, ¿qué pasará con el mercado inmobiliario?, etc. Mientras tanto, fuera del sector financiero es difícil afirmar que esto acaparó la atención de los inversores bursátiles, mucho más atentos a los malos números de Time Warner, la suba del oro (que en u$s 439,6 la onza disparó alzas de entre 3% y 7% para las auríferas), la baja del crudo (cerró en u$s 60,86 por barril) y los desfavorables números del índice ISM no manufacturero. En este ambiente, con un volumen razonable y tras moverse la mayor parte de la rueda del lado perdedor, el promedio industrial alcanzó a trepar 0,13%, a 10.697,59 puntos, algo que no pudo lograr el NASDAQ, que retrocedió 0,06%. Aunque no parezca, ayer las cosas cambiaron, pero para el mediano plazo.
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