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19 de diciembre 2006 - 00:00

Lula, más duro con Tabaré que Kirchner

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Si fuera por las conversaciones que mantuvieron durante la última cumbre de ministros en Brasilia, Tabaré Vázquez debería enviar las tropas que retiró del entorno de Botnia a la frontera con Brasil. Las declaraciones de su ministro de Economía, Danilo Astori, al diario «El País» de Montevideo, diciendo que Uruguay no seguirá esperando de manera indefinida el waiver de los demás socios del Mercosur para negociar acuerdos comerciales con terceros países, fueron un canto a la amistad regional al lado de lo que se escuchó en la reunión del grupo Mercado Común en la capital brasileña a fines de la semana pasada.

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A pesar de que en los últimos tiempos los países del bloque fueron ganados por una riesgosa espontaneidad -el conflicto de las pasteras es una demostración sinfónica de esa moda-, la discusión de los ministros de Exteriores y Economía de la semana pasada fue calculada con cierta frialdad.

Astori fue, de nuevo, el encargado del gabinete de Vázquez de exponer la vocación uruguaya por emancipar el comercio del país de las barreras que impone el Mercosur respecto de terceros mercados. Pidió otra vez un permiso especial de los demás socios para que su país pueda suscribir acuerdos de liberalización con otros Estados o regiones, sin que eso ponga en tela de juicio la integración del bloque. Se quejó de las injusticias y desconsideraciones de las que es destinatario Uruguay por parte de la Argentina y de Brasil. Exportaciones de neumáticos, arroz y bicicletas, entre otros ejemplos, ilustraron la queja.

Una película convencional hubiera previsto una respuesta argentina. Nada le hace una mancha más al tigre: después de llevarse mutuamente a una corte penal internacional, retrucar argumentos como los de Astori no hubiera sido dañino para la ya muy dudosa hermandad rioplatense. Pero la realidad fue más original. O astuta. Jorge Taiana permaneció callado y Felisa Miceli ni siquiera retiró su incesante sonrisa. La reprimenda llegó del lado de Amorim.

El jefe de Itamaraty fue muy severo con los uruguayos. Tanto que superó a aquel Luiz Felipe Lampréia que, durante la presidencia de Fernando Henrique Cardoso, se lanzó de manera casi insultante contra Didier Operti, canciller de Jorge Batlle, en una reunión similar pero realizada en Montevideo: otros tiempos, el mismo motivo de disputa. En aquella ocasión, aquí está la diferencia, Adalberto Rodríguez Giavarini intentó un acercamiento amistoso que evitó enojos mayores.

Esta vez, sin ese mediador, el canciller de Brasille recordó a Astori que «no se puede tener lo mejor de los dos mundos. Es decir, beneficiarse de las ventajas de la unión aduanera y al mismo tiempo sellar tratados de libre comercio con terceros». La lógica de Amorim es de manual: una unión aduanera supone darles a los demás asociados una ventaja (el arancel cero) respecto de productores de terceros países. Esa preferencia quedaría anulada si, al mismo tiempo, uno de los integrantes de la unión concede de manera individual el mismo beneficio a otro país o bloque.

Astori contradijo ese razonamiento geométrico con argumentos políticos. «Las demoras que se vienen registrando en la negociación con otros países o, por ejemplo, con la Unión Europea, son intolerables. No podemos seguir esperando». Fue en este punto que Amorim se volvió casi ofensivo, sobre todo si se tiene en cuenta que era el dueñode casa. «Le recuerdo -dijo mirando a Astori- que el Mercosur fue una iniciativa de la Argentina y Brasil y que fueron ustedes los que pidieron sumarse. Nosotros estamos dispuestos a que tengan los menores costos posibles, pero no nos echen en cara algo que ustedes mismos reclamaron en su momento». Fue comprensible que, al caracterizar las conversaciones ante la prensa, el canciller de Lula dijera que fueron «francas», eufemismo al que los diplomáticos apelan para evitar decir que se pusieron al borde del agravio.

Los brasileños suelen huir de la agresividad, una razón más para desconfiar de que un comportamiento como el de Amorim haya sido la consecuencia de un arrebato. El canciller había visitado Buenos Aires la semana anterior a la cumbre y dialogó con Taiana respecto de las relaciones con Uruguay. Fue durante esas conversaciones que se acordó, una vez más, rechazar el pedido oriental para que los cortes de ruta de los asambleístas de Gualeguaychú fuera sometido a un tribunal regional. La excusa, impecable: «Para nosotros se trató siempre de un conflicto bilateral (tesis argentina adoptada por Itamaraty). Pero, además, si las partes decidieron confiar el caso a los buenos oficios de un tercero, es decir, del Rey de España, no tiene sentido al mismo tiempo llevarlo a un arbitraje».

Amorim habló también con su colega argentino del previsible reclamo uruguayo para negociar con otros actores acuerdos individuales de libre comercio. «Nuestra estrategia, aconsejó, debería ser aislar a Astori que es el más virulento en esta dirección». Dicho de otro modo, recostarse sobre el ala del gabinete de Vázquez más reacia a un acuerdo con los Estados Unidos o Europa, sector en el que milita el canciller Reinaldo Gargano, como se verificó cuando estaba en discusión el acuerdo de protección de inversiones firmado con Washington.

Es posible que, además de los motivos expresos que adujo el gobierno brasileño para rechazar la solicitud uruguaya, existan razones de larga duración para esa postura. La más importante: desde hace tiempo es habitual escuchar a diplomáticos de Itamaraty lamentar que «por mantener el Mercosur hemos desatendido la relación bilateral con la Argentina». No sería descabellado pensar que en la hostilidad hacia Astori haya habido un nuevo ejercicio de seducción a Kirchner, enemistado públicamente con Vázquez. Uno de esos esfuerzos que ayer, en un editorial inusual por su dureza, «O Estado de Sao Paulo» dedicó a Lula, acusándolo de dejarse humillar por Hugo Chávez y de ceder a todo lo que a Kirchner se le ocurre en pos de la recuperación argentina.

El motivo de esta nueva prueba de amor hacia la Argentina, en rigor, es de bajo costo. Tanto en Buenos Aires como en Brasilia se confía en que, al fin y al cabo, Uruguay dañaría sus propios intereses apartándose del Mercosur. No sólo porque deriva hacia los países del bloque u$s 1.100 millones de su comercio exterior. También porque Estados Unidos, el otro extremo de un acuerdo bilateral, a la chilena, no ha manifestado demasiado interés en suscribirlo. Lo cual tampoco es decisivo: en rigor, en julio de 2007 el Poder Ejecutivo de ese país quedará sin la autorización que le dio el Congreso para negociar tratados de libre comercio, lo que convertirá a la demanda de Astori en lo que los jueces conocen como «una cuestión abstracta». Esa urgencia es, por ahora, el mejor argumento de Astori.

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