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Cristina F. de Kirchner
Evo consiguió transformar a Kirchner en una especie de Ricardo Lagos (la metáfora puede haberse vuelto ofensiva desde que Alfonsín la usa para elogiar a Lavagna; no es la intención en este caso). Para el santacruceño, tal vez con esa mutación es más que suficiente: acaso esto explique la fobia por el frac. La pretensión española es resetear la política iberoamericana, a sabiendas de que la escena quedó 10 escalones más abajo.
Zapatero necesita un Kirchner que le permita demostrar, delante de su oposición conservadora y del empresariado, que su alianza ideológica no es un obstáculo para promover los intereses españoles más allá del océano. Ni Chávez ni Morales podrían ayudar a sostener esa tesis. Más bien, sirven para alentar las críticas de los opositores al gobierno de España: «Ahí están los aliados del socialismo, haciendo perder plata a nuestras empresas», repiten los diputados del PP que siguen la política latinoamericana. (Curioso porque, después de todo, Morales hizo en Bolivia lo que Bush y Aznar hicieron en Irak, salvo que se quiera pensar que el petróleo no tuvo nada que ver con esa guerra.) ¿Le interesa a Kirchner ocupar ese papel? Quienes lo vieron mediar entre Lula y Evo, en Iguazú, dicen que le sienta bien el personaje. Pero eso es política. Otra cosa es la gestión. Y respecto de los compromisos que el gobierno argentino puede asumir frente a los inversores extranjeros existe un debate cada vez más explícito en el gobierno.
Es cierto que Alberto Fernández, Felisa Miceli y, detrás de ellos, pero silenciosa, Cristina Kirchner creen que el ciclo en el cual se podían enfrentar las demandas externas ( deuda, tarifas, condiciones del FMI, etc.) con negativas agresivas, arguyendo la emergencia y la restricción, está agotado. Los niveles de inversión que se requieren para sostener el ritmo de crecimiento económico alcanzado hasta ahora obligan a revisar los códigos a partir de los cuales el gobierno se relacionó con el mundo externo hasta ahora. Los volúmenes de superávit fiscal que permitieron ese autismo tal vez no sean eternos. Además, el dinero es hoy más caro en el mundo y, por lo tanto, los negocios deben resultar más atractivos para aplicar dinero en países de la periferia. Hay un bloque dentro del gobierno que piensa de ese modo. Son los funcionarios más dispuestos a escuchar el mensaje que emitirá la administración española esta semana, aquí: «Un país que crece por tercer año consecutivo a 9%, acumula reservas, realiza pagos adelantados de deuda y sigue manteniendo un superávit fiscal interesante no puede pedir excepcionalidades en nombre de una emergencia que ha terminado». En términos de la política interna de España, esto significa un mensaje al empresariado local: «La abogacía del gobierno socialista a favor de Kirchner y su administración ha concluido».
El escenario técnico donde hay que verificar este mensaje es el CIADI, de donde muchas empresas españolas (Edesur, Gas Natural BAN, etc.) retiraron sus demandas contra el Estado argentino por un pedido expreso de su propio gobierno y a la espera de una recomposición de tarifas que ya venció todos los plazos acordados. Este cambio de expectativas respecto del gobierno argentino fue percibido por Alberto Fernández antes que por ningún otro funcionario. No en vano fue él quien, en dos viajes «ad hoc» -uno con la compañía de Cristina Kirchner; el otro, con la de Miceli-, se comprometió a fundar el vínculo con España sobre una nueva dinámica, más amigable para los inversores. Que ésta no es la posición de todo el gobierno y que ni siquiera se puede decir que sea la de Kirchner lo demuestran varias anécdotas ocurridas durante esos viajes. No sólo no se cumplió ninguna de las promesas formuladas por Fernández que dependan de la firma de Julio De Vido. Durante la visita realizada con la ministra de Economía -fue durante la semana en que se realizó el pago al FMI-, el jefe de Gabinete debió sortear el campo minado que le iba armando su colega de Infraestructura desde Buenos Aires.
¿Qué papel juega Kirchner en esta opción? ¿Es él quien está detrás de De Vido reclamando inversión y negando tarifas? Aquella confesión que escuchó el banquero Francisco Louzón (Santander Central Hispano): «No miren lo que digo, miren lo que hago, y díganme si alguna vez hago algo en contra del mercado», ¿cómo convive con la estatización de Aguas Argentinas y de por lo menos 5% de Aerolíneas Argentinas, casi la única novedad que el gobierno trae en esta travesía? De Vido, al anunciar nuevas estatizaciones, y Miceli, cuando abre la discusión del pago de la deuda con el Club de París, expresan ya dos modulaciones muy distintas del mismo gobierno.
Aun cuando la ministra encare esa negociación no por virtud, sino por necesidad: sólo así se destrabarían algunos créditos para empresas europeas que desean invertir en el país, pero están inhibidas por el default de parte de la deuda con Europa (el caso de Volkswagen es el más conocido). En el contexto de la gran crisis de 2002, estas perplejidades afectaban solamente a la discusión bilateral de España y de la Argentina. Resolverlas ahora es imprescindible para despejar una incógnita mayor: si la Argentina sigue siendo el país en el que la dirigencia española puede confiar como puerto principal de las inversiones en una América latina que se ha vuelto más heterodoxa, más aislada o, como quieren algunos, más hispánica.




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