Guzmán en el País de las Maravillas

Economía

¿Quién no escuchó de niño uno de esos cuentos de hadas que contaban las abuelas en las que un valiente y arrojado joven terminaba salvando a una bella princesa de la muerte a manos de las fuerzas del mal? Ni el lector, ni el ministro Guzmán ni quien esto escribe somos la excepción. A veces suele suceder que esos cuentos que nos contaban de niños terminan influyendo inconscientemente en nosotros y ya adultos no percibimos que queriéndolo o no, terminamos interpretando uno de aquellos personajes de los cuentos infantiles. Si este fuera el caso, uno podría pensar que el ministro Guzmán ocupa el rol de uno de esos jóvenes valientes y arrojados dispuestos a luchar contra las fuerzas malignas para salvar a la economía argentina de otra de sus graves crisis. Eso en sí no tiene nada de malo. Después de todo hace falta ser muy intrépido y valiente para intentar comandar la economía e intentar domesticar sus huracanadas tendencias.

Quizás el ministro Guzmán antes de haberse embarcado en esta epopeya debiera haber reflexionado un poco, medir sus fuerzas, contar sus huestes, observar las tumbas de la serie de todos los heroicos y valientes jóvenes que han venido intentando, como él, salvar al país del desastre, y luego decidir sin prisa si realmente quería ocupar el lugar que hoy ocupa. Después de todo, para derrotar a las fuerzas del mal, tanto en los cuentos de hadas como en la realidad se necesitan armas.

Esas armas no son las dotes intelectuales que tanto en el caso de Martín Guzmán como de muchos de sus antecesores son indudablemente superiores. Esas armas no son otra cosa que un plan o un programa económico hecho y derecho. Lo primero es algo más ambicioso y abarcador que lo segundo. Sin ninguno de ambos las chances de tener éxito en la dura tarea de estabilizar y rumbear a la economía para que disfrute de altas tasas de crecimiento son bajísimas. Lamentablemente, eso es lo que parece estar pasando hoy en día.

Recordemos como empezó todo: durante toda la primera parte del 2020 el ministro estuvo embarcado en una difícil tarea de refinanciación de la deuda externa pública del país con los acreedores privados la cual si bien se demoró mucho más de la cuenta, por fortuna terminó saliendo muy bien. No cabe hacer ninguna crítica al ministro por esto. Tras ese acuerdo por la deuda, el ministro no estaba en reales condiciones de implementar un programa económico porque durante un par de meses sus ideas colisionaban de frente con las del titular del Banco Central por lo que no había forma alguna de avanzar. Tras ello, quedando claro que en última instancia el manejo de las principales variables está -al menos nominalmente- a cargo de Guzmán, el ministro con su habitual “low profile” anunció que su idea era reducir la inflación de a seis puntos porcentuales anuales para llegar así aproximadamente en cinco años a una tasa de inflación de un dígito anual.

Sin embargo, no adoptó ninguna medida concreta para conseguir esa meta, que la experiencia indica que a muy altas tasas de inflación, como en Argentina, el “inflation target” es solo una quimera. No hubo nada más que un presupuesto de gastos en los que no se previó ninguna ayuda especial por una eventual segunda ola de la pandemia aunque en el mundo era visible que ese fenómeno se estaba dando. No sabemos si Guzmán pensaba que podía derrotar a la inflación con la sencilla arma de un presupuesto anual que en los papeles “cerrara” con un déficit razonable. Pero lo cierto es que hasta avanzado el verano -ya sí con un retraso desmedido- no hubo ninguna idea adicional de cómo luchar contra la inflación y fomentar el crecimiento.

Es así que de un día para el otro en pleno mes de febrero Guzmán anuncia con su particular estilo “low profile” su idea de retrasar el tipo de cambio real en el marco de ese “orden presupuestario” generado dos meses antes. Eso por supuesto no es un plan económico. Ni siquiera es un programa económico. Es solo un sencillo esquema económico. Algo mucho más módico. A los fines de los jóvenes arrojados y valientes de los cuentos de hadas es como intentar derrotar a un tanque Panzer provisto solo de una daga. Pero lo cierto es que hoy estamos todos en este mismo barco del esquema cambiario de Guzmán mediante el cual el tipo de cambio nominal se devalúa cada mes menos. Van dos meses de devaluación menor al 2% y es muy probable que junio sea el primero de devaluación menor al 1%.

De esta manera, lejos de un lento y suave atraso cambiario la economía está empezando a padecer brutas dosis de retraso cambiario que pueden concluir con la economía hacia fines de 2021 en un estado aún más ruinoso que a inicios de 2020. Si alguien lo duda, puede recordar un claro ejemplo de cómo un retraso cambiario provocado adrede termina produciendo un desastre. Es el del manejo económico de los años 2016 y 2017, caracterizados también, lamentablemente, por un “inflation target”. El ejemplo es muy relevante porque la economía padecía una inflación sensiblemente menor a la actual y durante dos años disfrutó de un proceso de ingreso de capitales, el cual, bien utilizado hubiera podido quizás ayudar a lograr el cometido.

Vale decir, la economía estaba en una situación mucho mejor a la actual. En 2016 y 2017 el ingreso de capitales presionó a la baja al tipo de cambio real. A las autoridades de esa época eso les pareció muy bueno porque pensaron que el retraso cambiario era un elemento fundamental para derrotar a la inflación. Cuando el ingreso de capitales natural se iba secando el Banco Central en aquellos años decidió mantenerlo de manera artificial a fin de seguir presionando a la baja al tipo de cambio real. Para ello, el Banco Central mantuvo las tasas de interés artificialmente altas colocando cantidades industriales de Lebac en el mercado financiero.

Todo funcionó más o menos hasta que el ingreso de capitales se cortó del todo e incluso empezó una tendencia a tomar ganancias y retirar fondos del país. Ese era el preciso momento en el que Argentina empezaba a necesitar de los dólares del superávit comercial para reemplazar a los dólares financieros que habían ingresado a través del grueso ingreso de capitales anterior. Pero resulta que el superávit comercial ya no estaba. Había desaparecido por completo generando incluso un fuerte déficit por lo que la balanza comercial lejos de poder ayudar a equilibrar las cuentas externas, agudizó su crisis.

Mientras el proceso pudo ser solventado con la buena cantidad de reservas que había amasado el Banco Central la explosión pudo ser evitada. Pero en cuento la venta de dólares de las reservas siguió y siguió mucho más allá de lo prudente, se manifestó la crisis en toda su dimensión porque las autoridades debieron retirar la intervención con el aditamento de haber quedado con muy pocas reservas. De allí al control de cambios hubo solo un paso. Y del control de capitales….paredón y después. En defensa de Guzmán, uno podría decir que la situación hoy es diferente porque esta vez no hubo el bruto ingreso de capitales de 2016 y 2017 y además lejos de haber déficit de balanza comercial hay un grueso superávit en la misma. Sin embargo, aunque no parezca, el proceso es similar porque la gran cantidad de reservas de aquellos años reemplaza con creces el muy buen superávit comercial actual dada la hoy bajísima cantidad de reservas externas.

En resumidas cuentas, a fines de 2017 había una bola de nieve de capitales externos invertidos en pesos a tasas de interés que podía despeñarse. Pero la gran magnitud de las reservas daba muchos meses para rectificar la política económica a tiempo, cosa que no se hizo, daba “aire” para demorar esa situación. Hoy hay muchos menos capitales en pesos en el sistema financiero. Pero la cantidad total de pesos en el mercado llega a los $ 9,1 billones, vale decir el equivalente a dólares oficiales 91.000 millones de los cuales $ 4 billones son depósitos a interés: al tipo de cambio oficial unos nada despreciables u$s40.000 millones. Se trata de magnitudes considerables para Argentina, que pueden presionar de una u otra manera en el tipo de cambio. Además, hoy la tasa de inflación es el doble de la de fines de 2017 cuando empezó aquella crisis, por lo cual la endeblez de la actual situación es mucho mayor. La lógica indica que la contundencia y consistencia de los elementos a utilizar para derrotarla también deben ser muy superiores. Hoy esos elementos no existen.

El ejemplo, salvando las distancias entre ambas situaciones , debe recordarle al ministro Guzmán la gran similitud de las armas utilizadas en aquel momento y también ahora para luchar contra la inflación: retraso cambiario, “inflation target” y contención fiscal. Y también como el talón de Aquiles principal es el mismo: el sector externo. Es muy difícil que por este camino se pueda concluir de manera feliz la lucha contra la inflación. El joven que lucha para derrotar las fuerzas del mal en Argentina y salvar así al país, debería admitir, en un examen de conciencia, que asumió su cargo sin una idea concreta acerca de qué hacer, y que si el tiempo pasa, el cuento de hadas personal que parece haber vivido con su inesperado desembarco en el Ministerio de Economía puede terminar tornándose en una pesadilla tanto para él como para los argentinos.

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Walter Graziano y Asociados

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