Siempre ha sido difícil (si no imposible) pronosticar qué puede suceder de un día para otro en el mercado financiero. Pero en los tiempos que corren, con la ruptura de las relaciones más clásicas, sólo un aventurero (o lo que es peor, un ignorante) se atreve a efectuar semejantes pronósticos. Ayer, por caso, la mayor parte de las noticias que se fueron conociendo a lo largo del día fueron de esas a las que se suele poner el mote de "positivas para el mercado". En primer lugar, la baja del petróleo por segundo día consecutivo: quedó en u$s 66,08 por barril. Luego los temidos números de la inflación de julio, que si bien trepó 0,5%, pareció recalentarse frente al 0,4% esperado; en realidad, extrayendo la suba de los combustibles, quedó por debajo de las expectativas de los analistas (el "core" o núcleo" de los precios -descontando energía y alimentos- fue de 0,1% frente a 0,2%). La construcción, a su vez, vio los pedidos de obra que alcanzaron el máximo en 21 años, y por último, el dólar firme y las tasas en baja (la producción industrial de julio fue de 0,1% frente a 0,5% de las predicciones). Frente a esto, apenas tuvimos a Wal-Mart culpando al aumento de la gasolina por la merma en sus ventas (curiosamente Home Depot y JCPenny no tuvieron este problema y superaron las proyecciones, aunque sus papeles también retrocedieron). Sin embargo, y a pesar del evidente desbalance en favor de "lo bueno", el mercado bursátil arrancó en baja y siguió así a lo largo de toda la rueda, y dio como resultado un retroceso de 1,14% para el Promedio Industrial, que cerró en 10.513,45 puntos, 1,18% de merma para el S&P 500 y 1,38% para el NASDAQ.
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