Neokeynesianos que no son keynesianos
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Keynes enseñó que para romper el círculo vicioso debemos agregar y no reducir demanda. ¿Cómo hacerlo con las restricciones descriptas?
Primero, eliminando las impuestas para otras circunstancias. Por ejemplo, sigue rigiendo un encaje de 30% para el ingreso de divisas. ¿Tiene sentido? ¿No deberían eliminarse inmediatamente también las retenciones a las exportaciones? Estas son completamente contradictorias en un mundo en el que cada centavo de margen o cada mercado que se pierde es capturado por un competidor ávido. Entonces, supuestamente, las retenciones evitarían que los precios internacionales crecientes afectaran a nuestros consumidores, pero ahora los precios se destrozan y si la producción continúa cayendo, esos mismos consumidores se perjudicarían. Supuestamente financiarían al Estado, pero la caída de ventas lo perjudicaría más que la alternativa de liberar las ventas externas y evitar así una caída mayor de la actividad económica y de la recaudación. Supuestamente eran para compensar la menor productividad de las industrias respecto del campo, pero la caída de precios de los productos primarios y del consumo por pérdida de ingresosperjudicaría más a la industria que el supuesto beneficio del tipo de cambio diferencial. Ni hablar de las restricciones cuantitativas a las exportaciones, los permisos, registros, persecuciones policíacas, etcétera. Keynes exigiría levantar inmediatamente todo el aparato represivo contra la producción y el comercio.
Segundo, alentando la inversión y el consumo. La inversión es un motor esencial para superar la crisis, pero requiere condiciones favorables. Una y principal es infraestructura pública y semipública adecuada y en crecimiento. Ella impone de modo exasperante actualizar las tarifas y, en todo caso, subsidiar solamente a los sectores bajo la línea de pobreza.
Si la regla cambiaria es la flotación, asumamos sus consecuencias. Así como sosteníamos que el Banco Central no debía comprar dólares más caros que lo que valdrían en un mercado libre, tampoco debe venderlos más baratos de lo que valdrían en un mercado libre. El valor del dólar recuperará su equilibrio y las tasas de interés bajarán, reapareciendo la liquidez. La liberación del dólar implicaría la de las reservas, que si no se usan para especular en el mercado, podrían emplearse para completar el programa financiero y respaldar la deuda; su recuperación aumentaría la riqueza nacional, la solvencia de los bancos y el ingreso de capitales. Pero debemos, en cualquier caso, salir de la confusión actual de la agonía administrada que sólo tiene costos y ningún beneficio.
Si el motivo del alejamiento del FMI ( coinspirado por Keynes) fueron sus alegadas recetas recesivas, la posibilidad de obtener fondos de una recompuesta relación tendría ahora claros efectos expansivos.
Una verdadera visión keynesiana permitiría la inversión, el consumo y las exportaciones, y también permitiría atender las necesidades del desempleo y la pobreza recurriendo incluso, si fuera necesario, a la emisión de moneda o deuda, pero para poder hacerlo sin provocar un descontrol de la inflación, el tipo de cambio debería ser libre y no deberían reprimirse sus efectos sobre los precios locales de la comida y la energía, atendiendo a los sectores carenciados con subsidios directos. Lamentablemente, los neokeynesianos no son keynesianos y seguramente, provocarán, como ya lo hicieran en 2002, una depresión económica.




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