28 de mayo 2003 - 00:00

Ni carnales con los EE.UU. ni carnalísimas con Brasil

Las declaraciones de nuestro nuevo Canciller al diario «O Globo» de Brasil, reproducidas por «El Mercurio», de Chile, del 23/ 5, en las que manifiesta que la Argentina «tiene que admitir que Brasil es el líder del Mercosur y de Sudamérica», que «existen elementos objetivos que indican que Brasil, desde el punto de vista cuantitativo, es una de las principales potencias mundiales, cosa que la Argentina no es» y que a raíz de ello «destacó la necesidad de una alianza estratégica entre ambos países y apoyó el objetivo brasileño de ser uno de los miembros permanentes de la máxima instancia de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el Consejo de Seguridad», provocan un interrogante: cuánto tiempo duraría en su cargo, por ejemplo, en el Uruguay, un canciller que hablara de esa forma.

A pesar de ser un país «pequeño», que no se propone ser una «gran potencia» ni hace galas de su extensión territorial. Simplemente, por ser una nación respetuosa de su historia, orgullosa de su identidad. Como éramos los argentinos en otras épocas, como debiéramos ser hoy, como debiera ser una obligación de nuestros funcionarios comportarse cuando hablan en nombre de un país que les confía, nada menos, que el derecho de hablar en nombre de todos. Nuestro lugar es donde estamos. No podemos cambiarlo y estamos satisfechos de conformar una «civilización rioplatense» que, con sus más y sus menos, ha aportado su granito de arena a las artes, la literatura, el deporte, la música, y una forma de mirar el mundo con particularidades y originalidades.

• Transformación

En ese lugar, tenemos vecinos. Entre esos vecinos hay uno con el que estamos trabajando para que la historia de doscientos años de desconfianzas y recelos se transforme en una asociación para marchar juntos en la construcción de un espacio de paz, solidario y democrático.

Brasil es un gran país. Tiene también su cultura, sus artes, su literatura, su deporte, su música y su forma de mirar el mundo con particularidades y originalidades.

En determinados momentos de la historia, a ellos les ha ido mejor. En otras, nos ha tocado a nosotros. En esta dialéctica de «competencia-asociación» hemos contribuido a conformar una relación matizada por la acción de otros países amigos, tan dignos e importantes como los nuestros, con los que nos hemos acercado para ir conformando un espacio de comercio, de diálogo político, de acuerdos, y hasta de ilusión de conformar un bloque estratégico que potencie nuestras voces en el diálogo mundial. La base para esta construcción es el respeto a nuestras propias dignidades. Y éste se afirma en el orgullo nacional de cada uno de nuestros países, en el respeto a su historia, en el afecto al recuerdo de sus próceres, y en la creencia en los valores que unifican nuestra forma de ver y sentir el mundo. En términos psicoanalíticos, para ser respetados tenemos que tener y defender nuestra propia autoestima.

• Identificación

En el mundo de hoy, nunca estas formas de ver el mundo son tan diferentes. Pero aunque parezcan matices, son lo que identifican y nos hacen sentir partícipes de un conjunto nacional, compartiendo la vida en común y un horizonte similar. Estados Unidos y Canadá tienen una vinculación no sólo asentada en la vecindad, sino en una historia en gran parte compartida: hasta lucharon juntos en dos guerras mundiales. Estados Unidos es diez veces más grande que Canadá en producto nacional, en influencia mundial, en población. Sin embargo, nunca se ha escuchado a un primer ministro canadiense una afirmación en el sentido de «reconocer el liderazgo norteamericano» en la región porque «Estados Unidos es una gran potencia y Canadá no». Por no hablar de México. Tampoco recuerdo que un primer ministro de Bélgica u Holanda hayan dicho algo así de Francia, o el de Suiza algo parecido de Alemania.

Es que si el reconocimiento de liderazgos se basa en el tamaño de los países, este razonamiento, además de un oportunismo chocante, llevaría a aceptar el rol secundario de tener que apoyar cualquier iniciativa del país al que se reconoce el liderazgo. Y -con el máximo de los respetos y afectos hacia el Brasil- hay temas en que, como argentinos, no debemos sentirnos en la necesidad de dar la derecha a nadie, por ejemplo en lucha por los derechos humanos, en la vigencia de las libertades públicas, en el celo con el que custodiamos la libertad de prensa, en la fuerza de nuestro derecho a la expresión ciudadana y la protesta, o en vocación democrática. Hasta diría que en estos temas tenemos más afinidad con Francia, o los propios Estados Unidos, en cuyas revoluciones republicanas y democráticas se inspiraron nuestros próceres al iniciar nuestra senda independiente las gloriosas jornadas de mayo. Ha dicho también el canciller que «hasta en relación con el Mercosur, Brasil ha tenido una actitud más lineal y coherente que también debe ser reconocida». Sin embargo, ha sido la Argentina quien ha incorporado más rápidamente la normativa Mercosur a su legislación nacional, quien ha insistido con más tenacidad en instituciones supranacionales, quien más ha reclamado un espacio neutral y apolítico de solución de controversias, quien ha generado más iniciativas de extensión de la integración a las diversas áreas. Por supuesto, no es cuestión de echar culpas o de destacar errores, sino de trabajar juntos. Pero sí sería importante que el nuevo funcionario se informara antes de pronunciar palabras que no hacen juicio a la verdad y que en el plano de las relaciones internacionales no hacen ningún favor a nuestra diplomacia ni a nuestra política exterior, justamente en uno de los capítulos de mayor coherencia entre las diferentes administraciones.

• Contrapeso


Y, por último, pero no menos importante: el nuevo Canciller añora en el reportaje la época de la vigencia del «principio bolivariano de América para los americanos». Como se sabe, no fue ésta una consigna bolivariana. Por el contrario, fue precisamente la doctrina propuesta en 1823 por el presidente norteamericano James Monroe al Congreso de su país para justificar la intervención unilateral de EE.UU. en los países latinoamericanos cuando considerara que hubiera riesgos de intervención extracontinental. La Argentina nunca la aceptó y fue una de las causas del tradicional recelo entre nuestros países, iniciado en el Congreso Panamericano de 1889, organizado en y por los Estados Unidos, cuando Manuel Quintana y Roque Sáenz Peña llevaron a Washington la idea de una Argentina con vocación integradora de la «América hispana», como una especie de «contrapeso meridional» del continente. A pesar de que Estados Unidos era muchísimo más «importante», «grande» y «numeroso» que nuestra joven nación. Pero cuando nuestros funcionarios tenían vocación patriótica.

(*) Ex embajador en España. Senador y diputado M.C. (UCR)

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