La conversación que Eduardo Duhalde mantuvo con el titular del Fondo Monetario Internacional, Horst Köhler, el lunes pasado, produjo un giro en la relación del gobierno con ese organismo. Un minuto antes de ese diálogo, en el que no intervino Roberto Lavagna, el Presidente había instruido a su ministro para que se alcance el acuerdo aun si eso supone modificar posiciones que el Ministerio de Economía había mantenido frente a los funcionarios de Washington de manera muy intransigente. A partir de esa instrucción, Lavagna comenzó a trabajar sobre la base de una propuesta más flexible para la reestructuración de las tarifas de empresas de servicios públicos y para los objetivos de superávit fiscal que deben alcanzarse el año venidero. Son las dos grandes disidencias del gobierno con el Fondo. Sobre las tarifas, Lavagna propondría un esquema que, si bien superaría la barrera de 10% de aumento planteada inicialmente, aplicaría esa suba de manera escalonada. En cuanto al superávit fiscal, la salida sería similar: se aceptaría uno más exigente -la diferencia radica en 1% del producto-, pero habría cierta plasticidad en el cronograma para alcanzarlo. Los esfuerzos más difíciles se ubicarían en la segunda mitad del año que viene, cuando -supuestamente- Duhalde ya no estaría en el poder. En esta materia, el Presidente adoptó el criterio sugerido por su jefe de Gabinete, Alfredo Atanasof, hace una semana, en una discusión interna: «Miremos lo que firmamos hasta mayo, porque para después de ese mes habrá otro gobierno que negociará su propio acuerdo por cuatro años». Queda pendiente, sin embargo, una limitación crucial que ayer los funcionarios intentaban salvar: el 14 el país enfrenta un vencimiento de u$s 800 millones y sólo evitando parte de la liturgia burocrática del Fondo podría llegarse a ese día con el acuerdo firmado de tal manera que no haya que realizar el desembolso y no entrar en default.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
No le gustará a Duhalde, menos a Lavagna, que se diga que «ceden». Pero es lo que ha sucedido. En el capítulo más duro de la agenda, la reestructuración de tarifas para los servicios públicos, la administración aceptará una pauta superior a 10% en algunos sectores, sobre todo en el eléctrico, que es el que se ha mostrado más perjudicado -también más agresivo-. Anoche, en la Jefatura de Gabinete, Alfredo Atanasof buscaba una ecuación para disolver el costo político de esa concesión. Seguramente recurrirá a escalonar el aumento.
El otro motivo de discordia, el nivel de superávit fiscal que se debe alcanzar el año próximo, también fue modificado en el sentido que pretenden Anne Krueger y Anoop Singh. Duhalde adoptó finalmente el criterio sugerido por Atanasof la semana pasada, durante una discusión con Lavagna: «Cerremos un número aproximado porque de todos modos será el gobierno que se instale en mayo el que debe cumplir con los objetivos sobre la base de un nuevo acuerdo, distinto de éste». El jefe de Gabinete no se movía a ciegas al recomendar esa táctica. Se apoyaba en la visión que el gobierno de los Estados Unidos tiene de la negociación entre la Argentina y el Fondo, que le fue expresada también a Lavagna en Washington: el acuerdo debe ser mínimo, limitado a lo que la gestión de Duhalde puede conseguir antes de irse. Ayer, mientras desayunaba con el embajador James Walsh, el funcionario repasó nuevamente la lógica de este criterio. La exigencia mayor se cargará sobre la segunda mitad del año próximo, de tal manera que el duhaldismo pueda transitar sin sobresaltos el verano. No es inocente el reparto de las cargas: en principio, la suerte política del gobierno se jugaría en enero, durante la interna convocada por el congreso peronista de Obras Sanitarias. A Duhalde le interesa que durante ese trance no haya demasiados ajustes que realizar, de tal manera que en el primer monitoreo del año Hacienda zafe fácilmente. «¿Por un punto del producto, que incluye el superávit de las provincias, vamos a arruinar el acuerdo?», preguntó Duhalde a los suyos, una vez que Lavagna había dejado su despacho, el lunes por la mañana, antes de hablar con Köhler y Singh.
Queda pendiente el tramo más difícil de la negociación, aun si en Washington estuvieran dispuestos a aceptar estas reconsideraciones: el desembolso de u$s 800 millones que debe realizarse el 14 de noviembre por un vencimiento con el Banco Mundial. Todo el esfuerzo de Lavagna y el resto de los funcionarios que siguen de cerca la negociación -Jefatura de Gabinete y Banco Central-buscaban anoche un atajo para que pudiera llegarse a ese día con un acuerdo firmado, de manera tal que se pueda evitar el pago con una reprogramación. Todos los funcionarios buscaron antecedentes al respecto y los encontraron en un par de experiencias de Domingo Cavallo, que logró evitar algunos tramos del ritual burocrático internacional para llegar a tiempo.
El Presidente intentó ayer amalgamar con declaraciones la relación con su ministro. Dijo que «es el mejor ministro de los últimos años de la Argentina, muy capacitado y firme para negociar». Pretendió despejar de esa manera el malestar que produjeron en Lavagna varios «detalles». Desde la intervención política que el propio Duhalde realizó sobre la negociación externa, el lunes, hasta sus discretos contactos con Aldo Pignanelli, en quien abrevó también para formarse una imagen variada de las tratativas con el Fondo. En el medio, un par de molestias que sólo se vuelven significativas en momentos de estrés: los conflictos de Guillermo Nielsen con Oscar Tangensohn -un hombre de Chiche Duhalde-por la administración del financiamiento internacional que estaría por desencadenarse, hasta las peleas con Pignanelli por haber concentrado en la presidencia del Central el trato del directorio, que integran amigos del ministro, con la línea gerencial del organismo. Más allá de estas grietas, menores, por detrás de la figura técnica del intransigente Lavagna se proyectó en las últimas horas la imagen política de Duhalde, un hombre que desde hace una semana ingresó a pleno en un duelo sin tregua y, al parecer, sin plazo. Su guerra contra Carlos Menem. Enfrentar al riojano desde la declaración de un nuevo default sería concederle una victoria prematura. Este es para el Presidente el punto de fuga de todo el cuadro y por eso una pasable derrota frente al Fondo siempre sería poco costosa si ayuda a evitar una caída final frente al riojano.
Dejá tu comentario