«A Anselmo Riva podrían hacerlo subir un escaloncito, ¿no es cierto?» dijo Carlos West Ocampo. «Hacer nombres propios y a personalizar las discusiones no ayuda; no vamos a poder seguir hablando» contestó Chrystian Colombo. El sindicalista y el jefe de Gabinete comían esa noche, la del jueves, en el gremio de Sanidad de la calle Dean Funes. También estaban sentados a la mesa Rodolfo Daer, Oscar Lescano y Armando Cavalieri. Tres hombres audaces pero que, aún así, quedaron alarmados por la propuesta de West en esa primera reunión de acercamiento con el ministro.
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Riva es el secretario de Trabajo y el «escaloncito» que sugirió el sindicalista de la salud consiste en convertirlo en ministro. En términos más crudos: la CGT pretende, en boca de West, voltear a Patricia Bullrich y sustituirla por su segundo. Todo en el marco de un acuerdo con el gobierno, claro. ¿Sabe Riva lo que sueñan para él? Generalmente no hay espontaneidades en la actividad política. Pero si el propio secretario se entusiasmó en algún momento con la idea debería ser más prudente. El plan de «los gordos» incluye la designación de Lucio Garzón Maceda (abogado laboralista íntimamente ligado a West) como nuevo secretario. La intención es obvia: mantener la escalera para que, llegado el momento, este cordobés también suba su «escaloncito» y ellos le pongan finalmente el ministro del área a De la Rúa.
La animadversión de «los gordos» por Bullrich tiene motivos múltiples. Por un lado, desconfían de sus afinidades con Hugo Moyano, alimentadas por Héctor Recalde, el experto laboral que nutre intelectualmente al camionero y a quien en la CGT de Daer respetan por su habilidad y antecedentes. Por otro lado, la ministra ha sido la funcionaria más intransigente en la discusión por la desregulación de las obras sociales. Concretamente, a ella se debe la cláusula por la cual se estableció que cuando un joven consigue su primer empleo puede optar por la entidad a la que quiere confiar su salud y no verse obligado a afiliarse a la obra social de su actividad.
Justamente de esta desregulación se habló durante la comida con Colombo. Los sindicalistas le propusieron al ministro comenzar a discutir sobre la base de la parálisis que le impuso al proceso de libre elección la batería de acciones de amparo decidida por el gremialismo. Pero acaso la conducción de la CGT sobrevalore esas piedras interpuestas en el camino del decreto: la Corte ya emitió algunas señales al gobierno sobre la convalidación final de la norma.
«Nosotros no queremos destruirlos pero sí queremos modernizar el sistema de salud. No es una cuestión que tenga que ver con la política económica, como ustedes creen, sino con la mejora en los servicios que recibe la gente en un sector donde se requiere más inversión» explicó el jefe de Gabinete, algo irritado porque le dijeran que el paso que quería dar el gobierno era «darle la salud a los bancos». A renglón seguido, Colombo adoptó el perfil de un consejero: «Si ustedes me piden cambiar los recursos de amparo por alguna ventaja me obligan a rechazar la propuesta porque no le sirve al gobierno ni les sirve a ustedes». Un minuto antes, los sindicalistas le habían sugerido postergar 9 meses los pases de una obra social a otra o a una empresa de medicina prepaga.
Es posible que anoche, durante la larga charla que mantuvo con el Presidente durante la comida, Colombo le haya expuesto a De la Rúa la posibilidad de reencauzar la relación con el sindicalismo a partir de la negociación de una nueva agenda que signifique mejoras en la productividad de la economía. No debería olvidarse que el jefe de Gabinete es quien alienta que se aproveche una eventual mejora en la recaudación para bajar impuestos al trabajo.