8 de agosto 2007 - 00:00

Péndulo cristinista

Péndulo cristinista
En menos de 24 horas, Cristina de Kirchner pasó de la revolución chavista a la intimidad con el Drácula imperial (los Estados Unidos). Según, claro, la versión del jefe venezolano. O, si se quiere la versión norteamericana, del demagogo dictador caribeño al más puro espíritu de EE.UU. interpretado en cierto republicanismo rancio del Council of the Americas, aún presidido por David Rockefeller (fotos). No importa el tránsito de la dama, sino sus identificaciones: en ambos lugares se sintió cómoda, halagada (nadie sabe aún si Chávez le repartió más mieles y piropos que Susan Segal), como en casa. Más: en los dos lugares debió escuchar imprecaciones, unas de los venezolanos contra los Estados Unidos, otras de los norteamericanos contra Hugo Chávez. Por lo que se oyó, no media en el conflicto, no interviene ni aconseja, más bien se abstiene. Los juicios de las partes le resbalan y, curiosamente, evita defender a un amigo frente al otro enemigo. Y viceversa. ¿Es eso la tercera posición?

Actitud democrática, si se quiere, pero desconcertante. Casi camaleónica, ya que la aspirante a la sucesión de su marido no se ubica entre los dos polos sino que, en cada ocasión, se identifica con cada uno de ellos. De acuerdo con el momento y el lugar, más interesada en la oportunidad que en la lealtad. Deben ser decisiones de alta política, poco entendibles para los argentinos: de ahí que jamás habla con periodistas de este país, ni de los temas del país, sólo se brinda a la prensa internacional o aquella de las naciones que visita.

Conviene aceptar que el obvio péndulo de ella y su marido parece alegrar a sus visitantes, no les disgusta. Al contrario, lo deben disfrutar: Chávez ni repara en la ausencia de solidaridades, consagra a la señora presidencial como la más apta para el futuro cargo y, de paso, hasta le entrega lisonjas varoniles de otra década. Ni comparación, sin embargo, con el felpudismo de EE.UU., sea del burócrata embajador Earl Wayne -aceptó que a su casa le hicieran una lista negra de invitados la noche anterior-, regocijado en la tertulia porque los ministros lo saludaban, o en la cúpula del Council que aceptó a libro cerrado todo lo que se les ocurrió decir a los miembros del gabinete, sin un debate mínimo, ni preguntas. Ni objeción, siquiera, a definiciones estatistas que no aceptaría el demócrata Barack Obama. Nadie sabía, hasta ahora, que ese engendro de las Americas de Rockefeller era un mero y complaciente expositorio para el oficialismo. Si hasta vulneró su propia rigidez horaria y decidió que los participantes volvieran a la tarde, cuando ya se había cerrado la sesión, para escuchar el mensaje de la señora de Kirchner.

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