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Cuesta reconocer al país que se encontraba repleto de bonos provinciales, desesperado por crédito y al borde del estallido social de un año y medio atrás. Indudablemente, la medida que varió el curso catastrófico de los acontecimientos en 2002, cuando se avizoraba una hiperinflación o una dolarización de hecho, fue la instrumentación de retenciones a la exportación. Con el agregado de obligatoriedad de liquidar el cobro en el mercado local de divisas, como la devaluación estimada en 40 por ciento se había escapado a 300 por ciento, el gobierno pasó a asegurarse entre 70 y 80 millones de dólares diarios con la sola reimplantación de derechos a las exportaciones, principalmente agropecuarias. De no decretarse esta medida perversa, no hubiera sido posible levantar el casi permanente feriado bancario y cambiario del verano 2002. A partir de allí comienzan a estabilizarse los precios de la economía, el del dólar entre ellos, la calma retorna progresivamente a la población, y de a poco, aunque de manera firme, los ahorristas vuelven a depositar su dinero en los bancos en busca de rentabilidad. Al día de hoy, el ministro de Economía que lideró ese proceso aparece como un héroe, la estabilidad luce imposible de alterar, y el dinero alcanza para todo gasto del gobierno. Tanto es así que ese ministro ha dicho que la de Duhalde-Remes Lenicov fue la devaluación más exitosa de la historia (quizá del mundo).
Ahora bien, resultaría más sano establecer en un análisis menos político y triunfalista sobre qué pilares antiguos y recientes se basa esta situación. En términos sencillos, debe comprenderse que si hay tomografía computarizada en el hospital de Ramallo, teléfonos celulares con videojuegos e Internet y formidables autopistas con peaje inteligente, películas en disco láser, la última pastilla medicinal y suficiente gas en invierno, computadoras en colegios estatales de Formosa, la Biblioteca Nacional culminada y el puente Rosario-Victoria completo es gracias a que el Estado tomó dinero a crédito en el exterior, fomentó inversiones de empresas extranjeras -que a su vez se endeudaron para traer tecnología de avanzada-, y contribuyó a la expansión de empresas nacionales, por caso vía Banco Nación. Al momento de emitir un bono en francos franceses que adquirían pequeños y medianos inversores europeos nadie objetaba nada, pero al momento de tener que devolverles su dinero se repudia demagógicamente la deuda. El país vivió treinta años con déficit fiscal, con excepción de cuatro años de la convertibilidad y alguno de Krieger Vasena, y cuando la dura realidad nos mostró que ya no lo podíamos financiar con emisión monetaria recurrimos al financiamiento del resto del mundo, ya sea Fondo Monetario Internacional, Club de París, inversores japoneses, Banco Mundial, y ahorristas privados argentinos. Ahora bien, cuando deben honrarse dichos empréstitos se insulta y denuesta a esas entidades y personas, y se les deja de abonar. La Argentina mantiene en cesación de pagos más de 91.000 millones de dólares, esto es 55% de la deuda pública, más algunos miles de millones de empresas privadas que, debido al alto precio del dólar, no pueden tampoco pagar. Esta es la primera explicación de por qué sobran recursos en el Estado.
En el momento de devaluar se pensó ingenuamente que favorecía la industria nacional. Si bien los reemplazos de importaciones han crecido y continúan creciendo, las exportaciones industriales se redujeron 3%. Nunca habían aumentado tanto las exportaciones argentinas en 70 años como durante la convertibilidad, a pesar del dólar bajo, hecho este que sus detractores siempre eluden explicar. Hoy no han aumentado un ápice las exportaciones, salvo en precio por la excelente cotización internacional de la soja y del petróleo; y, por el contrario, quebraron unas cuantas empresas industriales.
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