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16 de mayo 2002 - 00:00

¿Principio del fin?

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¿Cómo puede imaginarse que el escenario pueda ser distinto cuando el presidente de la República en lugar de rectificar el rumbo elegido y decidirse a tomar las medidas necesarias para la reactivación del país, se niega en forma absoluta a ver la realidad y redobla sus esfuerzos para insistir en la construcción de un modelo que ya en la década del '80 llevó al fracaso estrepitoso a quien hoy es su socio en el gobierno, Raúl Ricardo Alfonsín, a punto tal de tener que abandonar abruptamente el poder -en horas- en medio de un incontrolable caos económico y social?



Mientras tanto, el país sigue en vías de destrucción: no hay comercio; no hay tráfico económico; no hay precios ni valores de referencia; no se vende ni se compra; no se paga ni se contrata; no hay dinero circulante (basta viajar por el interior para ver que lo más difícil de hallar es un «peso», pues los ciudadanos están tapizados de bonos provinciales y LECOP); ya cerraron y quebraron más de 100.000 comercios chicos; los únicos empresarios exitosos de este momento son los especuladores y las «mesas de dinero» (cuevas) que recaudan fortunas diarias en la intermediación de certificados reprogramados para el pago de deudas bancarias, venta de divisas, escapes del «corralito», comercialización de bonos provinciales y compraventa de «cajas» de supermercados y de líneas de colectivos, y tantas otras operaciones marginales. Cerca de 100 empresas licuaron alrededor de u$s 10.000 millones de pasivos por obra de la Ley 25.563 y de la pesificación. ¿Otra vez la patria financiera?

Si a ello le agregamos el pretencioso plan de liberar próximamente el «corralito» por medio de la disponibilidad de reservas, mayor emisión y apertura de nuevas líneas de redescuentos del BCRA a los bancos, podremos advertir que el aumento de 60% de los precios mayoristas registrado en lo que va del año, y de más de 100% en los productos básicos de la canasta familiar será apenas la punta del iceberg de una hiperinflación sumergida que pugna por emerger. Como si esto fuera poco, hasta se le han dado las gracias a los recientes ministros renunciantes (Economía y Producción) por los servicios prestados, y a uno de ellos se lo ha premiado con una embajada; ¡toda una paradoja!

A pesar de lo que se pueda decir, todavía seguimos siendo un pueblo sumamente pacífico y tolerante.

Es muy difícil que este pueblo pueda recuperar la confianza en sus gobernantes, la clase política y que los países desarrollados del mundo se decidan a prestar ayuda efectiva a un país que se encuentra bajo la dirección de quien ha generado tal caos y cuya muletilla única se compone de repetir hasta el cansancio a suerte de justificación de su fracaso que «... la Argentina está quebrada y fundida...» y que no para de relatar sistemáticamente a quien quiera oírlo, una y otra vez, aquella anécdota atribuida al fallecido boxeador Oscar «Ringo» Bonavena en la cual se lamentaba de que sus consejeros lo habían dejado «... solo en el ring...», como única explicación para la crisis terminal en que ha colocado a la Argentina en menos de cinco meses de gobierno.

Si el Presidente y su gobierno piensan que con eso alcanza, no parece inadecuado preguntarse si éste no es el principio del fin.


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