Por qué discutir retenciones deja al descubierto la falta de ideas

Economía

Cuando sólo se discuten "retenciones", sin una estrategia productiva o sin una mirada desarrollista para el país, se deja pasar una oportunidad clave para países como el nuestro.

El debate sobre los derechos de exportación vuelve a escena una vez más. Tras los reiterados pedidos de un sector del Gobierno que propone un aumento con la idea de contribuir a una reducción de la inflación -especialmente en el rubro alimentos- ahora es el propio Alberto Fernández el que pone el tema en la agenda mediática y legislativa.

Dentro del kirchnerismo, quien insiste sistemáticamente en gravar con mayor ímpetu las materias primas del sector agropecuario es el Secretario de Comercio Interior, Roberto Feletti, pero no es el único. Lo hace con la idea de “desacoplar” los precios internacionales de los del mercado interno, sin embargo no todo es tan simple como parece y si bien las retenciones son una herramienta de la economía, no necesariamente tienen el impacto deseado por quienes las impulsan. El Fideicomiso del Trigo y la creación del Fondo Estabilizador del Trigo no lograron sus objetivos y poner retenciones ahora al cereal no sólo sería un conflicto político porque deberían pasar por el Congreso sino porque además no tendría ningún tipo de sentido puesto que la campaña que recién se esta sembrando, ya se comercializó en un alto porcentaje.

Es verdad que los precios de los alimentos se incrementaron fuertemente tras la salida de la pandemia producto de un resurgir del consumo en todo el mundo. Esas subas se profundizaron con el inicio del conflicto bélico entre Rusia y Ucrania, que ahora podría recrudecer con la participación de más países miembros de la OTAN.

En un escenario de guerra como el que se vive en “el granero del mundo europeo”, no sólo es probable que se generen distorsiones de precios sino también complicaciones con la logística y disponibilidad de las materias primas básicas para la producción de alimentos.

Ante esta realidad, el sector agroindustrial planteó en varias ocasiones la posibilidad de que la Argentina se convierta en un actor importante como abastecedor de los mercados alimenticios, que tendrán necesidades insatisfechas. Existe una oportunidad para países que tienen excedentes y que podrían volcarlos al mercado internacional a precios nunca antes vistos.

Sin embargo, el debate de cómo lograr aumentar la producción queda trunco cuando desde el Gobierno sólo se piensa en implementar herramientas que desacoplen los precios internaciones de los locales, sin tener en consideración que existe un círculo virtuoso entre desarrollo, crecimiento y mejora de la economía que no sólo podría elevar la calidad de vida de quienes hoy no tienen oportunidades sino también elevaría el nivel de la discusión política y económica en un país que desde hace tiempo cree que debate redistribución del ingreso cuando en realidad discute pobreza.

La guerra, con todo lo siniestra que puede ser, podría darle a países productores de alimentos la posibilidad de avanzar varios pasos en el camino de la recuperación económica, una suerte de atajo, que bien administrado mejoraría la calidad de vida de millones de argentinos que hoy están sumidos en la pobreza.

Cuando sólo se discuten “retenciones”, sin una estrategia productiva o sin una mirada desarrollista para el país, se deja pasar una oportunidad clave para países como el nuestro.

Cuando se privilegian los egos y los personalismos, se deja pasar una oportunidad que podría poner a la Argentina en un lugar destacado en el comercio global.

Cuando para combatir la pobreza se utiliza la estrategia de atacar a los que más tienen, lejos de ser algo un paso hacia adelante, es realidad es el inicio de un camino hacia el fracaso.

Sólo a modo de ejemplo, un aumento en las retenciones en un cultivo como el trigo le pegaría muy fuerte al entramado productivo, a las industrias y aunque parezca lo contrario, también a los consumidores.

El cereal tiene un precio en el mercado internacional que ronda los u$s430, que equivalen a $50.000 tomando el tipo de cambio oficial de $117. Cuando se descuentan las retenciones se llega a lo que se le paga al productor en el mercado interno cuando entrega sus granos y ese número es $44.000, que puede ser levemente mayor por la puja que existe entre las empresas que quieren comprar para exportar. Al cierre de hoy, el cereal cotiza en el mercado interno en $44.800 en las terminales de Rosario.

Para llevar el trigo a $25.000 habría que poner retenciones equivalentes a un 50%, algo que sería completamente descabellado. Suponiendo que se envía un proyecto de ley que duplique las retenciones, pasarían del 12% al 24%, pero dejarían un trigo en torno a los $38.000 que nos llevaría al mismo resultado que se obtuvo con cada una de las medidas implementadas por el Gobierno: romper lo que funciona y no resolver lo que se pretende. Con estos niveles de retención y de presión impositiva, no sólo no se logrará el precio de “equilibrio” que pretende Feletti sino que además será muy difícil encontrar un productor que quiera vender su trigo. Y si alguien lo hace, sólo lograría tener un impacto cercano al 2% en el precio de los derivados.

Lo preocupante de esta situación es que en realidad cada vez que se busca resolver cuestiones del mercado interno se piense en retenciones, como si fuera la herramienta suprema que resuelve todos los males. La utilización de los derechos de exportación tiene un límite y claramente el Gobierno llegó al punto en que la presión no se soporta más.

El fracaso de un aumento de retenciones esta casi garantizado, no sólo porque no resuelve los problemas económicos e inflacionarios, sino porque además agudizaría la crisis política y podría poner al país al límite de una nueva pelea con el campo, aunque esta vez el Gobierno llegaría muy debilitado.

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