Es preciso distinguir, por un lado, el mercado de liquidez global derivado del cambio estructural provocado por los chinodólares, los petrodólares, los softwaredólares y los sojadólares, reciclados al mercado financiero internacional por bancos centrales que acumulan reservas y compran instrumentos de deuda del gobierno norteamericano y sus agencias. (Somos antiyankis pero no estúpidos.) Por el otro, los problemas de corto plazo en el mercado de crédito estadounidense originado por los títulos y fondos vinculados con hipotecas de alto riesgo. El primero, sigue bien y ello es la buena noticia para la Argentina que depende más del precio de los commodities agrícolas que del vuelo a la calidad de los inversores. El segundo presenta, y presentará, alta volatilidad hasta que decante la crisis inmobiliaria. Obviamente, ambos mercados se conectan. Por ahora, esa conexión lleva a un menor crecimiento mundial, por menos crédito disponible a tasas más altas por mayor percepción de riesgo. Menor crecimiento no es crisis, ni precios cayendo. Pero si estas restricciones crediticias se prolongan y los inversores siguen huyendo del riesgo por mucho tiempo, dicho menor crecimiento se puede transformar en algo más grave, afectando, allí sí, el precio de los productos que le importan a la Argentina. Por ahora, ése no es el escenario más probable. Sin embargo, a veces, sólo a veces, Dios se olvida que es argentino.
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