Quizás resulte más normal a los funcionarios de Estados Unidos oír de "corral" y "corralito". De bono compulsivo para obligar a la gente. Es que tienen en su historia hechos mucho más avasalladores que ésos. Confiscación directa de todo el oro ciudadano, de la noche a la mañana. Y, por si no tenían bastante para quejarse: al año siguiente se quedaron con toda la plata.
Esta historia sucedió en 1933, lugar Estados Unidos. Presidente: Franklin D. Roosevelt. Escenario: ruinas, producto del estallido de la llamada Gran Crisis, e iniciada con el fabuloso crack bursátil de 1929, en Wall Street.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Como se ve, no se venía de una guerra, no existían condiciones que no fueran las puramente económicas, de una crisis que se hacía sostenida e indomable. Y ya se había extendido por todo el mundo, después de gozar de las mieles de los «locos años '20". Para marzo de 1933, todavía primaba una fórmula simple para dar credibilidad a una moneda: la necesidad de un gobierno de convertir el papel en oro, toda vez que el poseedor del papel así lo solicitara. Una convertibilidad clásica, que se ponía cada vez más molesta en una época de crisis extrema y donde no se podía levantar la enorme piedra de 1929. He aquí qué rumbo tomaron para intentar salir de ese estado, de modo drástico y brutal.
Mientras sus ciudadanos se habían ido a dormir con las enormes preocupaciones de saberse en una crisis, la mano presidencial firmaba una medida insólita: eximía a Estados Unidos del «patrón oro», con objeto de estimular su economía (ignorando al mundo) y, de paso, aumentar la capacidad fiscal para endeudarse y financiar una política social. En una ley sancionada para «aliviar la emergencia nacional existente en la banca...» (lo podía haber firmado Duhalde), el Congreso concedía a Roosevelt la supresión de la «acumulación de oro». Seguramente para amortiguar los disgustos de Europa, se adicionó una medida sumamente irritativa. El ciudadano local ya no podía convertir papel a oro, en cambio el extranjero seguía con la misma fórmula convertible anterior.
Se trató, en síntesis, de una «nacionalización del oro» que incorporaba figuras penales. A partir de ese momento, el solo hecho de poseer lingotes, o monedas de oro, se hizo un «crimen punible con la cárcel». Los bancos, instituciones y ciudadanos tuvieron tres semanas para devolver todo objeto de oro. Sólo podrían retener cien dólares, en monedas, que incluían las alhajas personales. Los coleccionistas, solamente dos monedas de cada serie. Excepciones, sólo para fines industriales, o estéticos (un diente, por caso). Casos especiales, a montones: los refugiados que huían de la agitación europea debían dejar todo el oro al ingresar.
El oro pasaba a ser como un artículo de contrabando, o una droga peligrosa.
• El matadero
Más que «corralitos», el modo de compensar resultaba un matadero de patrimonios ciudadanos. Porque a cada persona le daban el cambio de 20,67 dólares por cada onza, en billetes de papel. «Algo es algo», decía el decepcionado «John Smith» de todo Estados Unidos... pero, iba a ser menos. Una vez todo abonado en billetes, en enero de 1934 el gobierno dispuso devaluar el papel moneda: de 20,67 dólares a 35 dólares por cada onza. La cuenta resultó terrorífica: todo sujeto allanado a la ley, perdió 41% de su valor anterior. Pero, a diferencia del sacrificio argentino, el destino dado a tal confiscación hizo aumentar el valor nominal de la reserva en oro y realizar una emisión extra de 3.000 millones de dólares, para empezar a crecer...
¿Y el oro? Bueno, se fundieron todas las monedas y los objetos, y se convirtieron en verdaderos ladrillos... de oro, con los que se apilaron paredes inmensas. La gente se las había aguantado bastante bien, pues entonces: «Ahí va la otra», pareció decir Roosevelt. Si no tienen más oro, ¿qué tienen? Cambiando apenas una palabra, plata por oro, se salió con otra redada: esta vez, resultando plata amarga a quien la tuviere que entregar sin más, ni más. Medidas que podrían pasar por extremas para salir de una encrucijada, de una terrible crisis.
Quizás más de un lector lo está justificando, atribuido a una «emergencia nacional». Bien, entonces habrá que explicar el olvido. ¿Cuál?... el de mantener las normas hasta el 31 de diciembre... de 1974 (para el caso del oro) cuando Gerald Ford levantó la prohibición. En tanto, con la plata el olvido había sido más soportable, duró hasta 1963. El asunto, cuando apilaron todo lo tomado, era cómo poder mantenerlo, en qué lugar, en qué tesoro...
• Fort Knox
Y es allí donde, como en sus películas del Viejo Oeste, emplearon el golpe de fantasía. Llamaron Fort Knox a un edificio que realizaron especialmente, a un costo de pichincha, visto desde ahora, de 500.000 dólares. Con estructura de acero y armado con 488 metros cúbicos de granito, 3.200 metros de concreto, 750 toneladas de acero reforzado y 670 toneladas de acero estructural. En la entrada, revestida de mármol, una placa dice, solamente: Reserva de los Estados Unidos. Se concluyó en 1936 y allí quedó durmiendo el oro de los ciudadanos, mien-tras años más tarde, Nixon completaría el circuito de que el mundo confíe en un billete que no tiene conversión con nada, más que con el sueño americano. Un sueño que se forjó en un despojo, lo que tal vez haga que no entiendan por qué la gente no quiere aceptar canjes por bonos compulsivos en la Argentina. Una manera de salir de la crisis. Metiendo la mano en el bolsillo de la gente. Así pagaron su fiesta de los «locos años '20"...
Dejá tu comentario