Un colapso engendrado por asombrosas complicaciones
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Y hay más que recordar. En abril de 2006, Freddie Mac, uno de los gigantes de la securitización de los créditos hipotecarios (a la que el Tesoro norteamericano debió rescatar con, hasta ahora, un aporte de 100.000 millones de dólares, equivalente al que dio a su competidora Fannie Mae), acordó pagar a la Comisión Federal de Elecciones 3,8 millones de dólares, la multa más elevada de la historia en su tipo, por haber realizado a través de sus principales ejecutivos aportes ilegales a las campañas de legisladores clave para sus intereses.
Pero, aunque espectacular, no fue ése el único escándalo que golpeó en la época a Freddie Mac. Otro tuvo que ver con un caso de « contabilidad creativa», por el que la entidad subestimó por «error» sus beneficios en 5.000 millones de dólares anuales durante un largo período.
Tanto Freddie Mac como Fannie Mae son dos de las compañías que mayor actividad de lobby realizan en el Capitolio, actividad en la han venido invirtiendo un promedio de 7 millones de dólares anuales cada una.
Esos escándalos salieron a la luz, pero todo se cerró penalizando las incorrecciones, sin que nadie haya intentado echar luz sobre las complicidades que generó el esquema y que permitieron desregular la actividad crediticia de un modo tan radical que se prestó a todo tipo de excesos.
Por otro lado, durante audiencias en el Congreso realizadas en los últimos años hubo banqueros que se vanagloriaron de haber computarizado todo el proceso de aprobación de hipotecas, pasando de engorrosos trámites en papel, con documentación respaldatoria de la solvencia de los aspirantes, a un simple proceso de quince segundos en el que el papelerío (y las garantías de repago) simplemente fueron salteadas.
Así las cosas, para muchos bancos el negocio pasaba por hacer cuantas hipotecas les fuera posible, confiando en que Fannie Mae y Freddie Mac, entidades privadas pero con respaldo del gobierno estadounidense, luego formarían paquetes con las mismas y las colocarían en los mercados, enajenándoles el riesgo.
Mientras, las siempre discutidas calificadoras de riesgo, cuyos clientes eran aquellos a quienes debían supervisar, ponían notas de ensueño a papeles que luego se revelaron como basura.
Si de desregulaciones polémicas de habla, conviene prestar atención a las modalidades increíblemente flexibles que tomaron algunas hipotecas, sobre todo teniendo en cuenta que se dirigían a clientes de solvencia más que discutible. Un caso son las de los créditos ARM (hipotecas de tasa ajustable), con las que se ofrecía pagar por años sólo una parte de los intereses (en algunos casos apenas 1%), sumando el resto de ellos y las amortizaciones al capital en el momento de cesar esos beneficios y «resetear» el préstamo. Claro, con el «reseteo» los pagos de los deudores hasta se duplicaron, todo en un contexto de mayores gastos familiares en alimentos y energía, tal como ocurrió con la escalada del petróleo, que llegó a rozar los 150 dólares.
De todo esto se habla hoy, cuando las crónicas reflejan la bronca de los contribuyentes (y votantes) estadounidenses a un Wall Street que ahora se ven obligados a rescatar con sus impuestos. Mucha gente ganó mucho dinero durante demasiado tiempo. Estaban muy atareados como para hacerse preguntas molestas.




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