Washington- Los dos tumultuosos años de Paul Wolfowitz al frente del Banco Mundial llegaron ayer a un abrupto final luego de verse envuelto en un escándalo de faldas al que no pudo hacer frente.
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Wolfowitz aterrizó con mal pie en el BM, donde cayó como un jarro de agua fría la selección de un «halcón» del Pentágono para dirigir una entidad que concede cada año préstamos por unos u$s 20.000 millones en ayuda al desarrollo.
Su desembarco en la sede del Banco en Washington, a escasos metros de la Casa Blanca, coincidió con una avalancha de artículos que presagiaban que Wolfowitz convertiría el organismo multilateral en un brazo de la política exterior estadounidense.
Pero él hizo oídos sordos a las críticas e insistió en que quería convertir a África en la prioridad de su mandato.
A ese primer objetivo sumó otro igualmente importante, la lucha contra la corrupción, una batalla que quiso librar a su manera, lo que le valió un sonado enfrentamiento con destacados miembros del Consejo Ejecutivo, integrado por 24 directores que representan a los 185 accionistas de la entidad.
Más polémica, todavía, sería su decisión de rodearse de un pequeño grupo de fieles como Robin Cleveland, ex directora adjunta de Programas de Seguridad Nacional en la Casa Blanca, y Kevin Kellems, a quien Wolfowitz conocía de sus años en el Pentágono.
La percepción generalizada dentro de la institución financiera es que eran ellos los que dirigían los hilos con un aparente desdén por la opinión de funcionarios que llevaban años trabajando en temas de desarrollo.
La atmósfera de desconfianza provocó la dimisión de alrededor de una docena de altos funcionarios, entre ellos un director gerente, el asesor legal, el director general de finanzas y seis vicepresidentes.
En ese ambiente, la noticia de que el campeón de la lucha contra la corrupción había decidido promocionar y aumentar el sueldo de su novia en cerca de u$s 61.000 fue la gota que colmó el vaso.
Tras una titánica lucha para mantener su puesto, Wolfowitz optó finalmente ayer por tirar la toalla y rendirse a las presiones.
Queda por ver qué pasos dará a partir de ahora este polémico funcionario, a quien hasta sus críticos consideran un hombre de una inteligencia superior a la media.
Herencia
Wolfowitz nació el 22 de diciembre de 1943 en Nueva York, en el seno de una familia judía, y creció oyendo decir a su padre lo afortunada que era por haber escapado a la Europa dictatorial y desembarcado en seguro suelo estadounidense.
De su padre, el matemático de origen polaco Jacob Wolfowitz heredó el deseo de « hacer lo correcto».
El joven Wolfowitz destacó en la Universidad de Cornell, donde cursó estudios de matemáticas; y en la de Chicago, donde obtuvo un doctorado en Ciencias Políticas.
Su larga trayectoria profesional despegó a finales de los años 70, con varios puestos en el Departamento de Estado durante los que se concentró en el control armamentístico y la no proliferación nuclear.
Su perfil político cobró estatura entre 1986 y 1989, cuando, con Ronald Reagan en la presidencia, debutó como embajador en Indonesia.
Su carrera en el mundo de la defensa continuó en 1989, a su regreso de Indonesia, cuando el entonces presidente George W. Bush lo nombró número tres del Pentágono.
En 1994 volvió al mundo académico, al convertirse en decano de la Escuela de Estudios Internacionales Avanzados de la Universidad Johns Hopkins, puesto que desempeñó hasta 2001, cuando asumió el cargo de número dos en el Pentágono.
Fue ahí donde su trayectoria sufrió un golpe mortal, al convertirse en uno de los principales defensores de la invasión de Irak, una decisión que promete perseguirlo hasta la tumba.
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