En los momentos difíciles de la economía argentina, Stanley Fischer fue el funcionario del Fondo Monetario que volcaba la opinión del directorio de ese organismo internacional para brindar respaldo, ya sea bajo un nuevo acuerdo o bien con desembolsos. A lo largo de la década pasada, ponderó las reformas hechas en la Argentina durante la convertibilidad, y en este caso, el «1 a 1» Fischer lo entendía y defendía, lo que no siempre ocurrió en Washington.
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Hay un dato más importante: junto con los secretarios del Tesoro de Bill Clinton, Robert Rubin y Larry Summers, fue un impulsor del papel del Fondo Monetario como prestamista de última instancia para países en crisis. Es autor junto a Rudiger Dornsbusch de un bestseller en la Argentina en libros de texto, el clásico «Macroeconomía», de Dornbusch-Fischer.
Mantuvo muy buena relación con los ministros José Luis Machinea (de quien era amigo personal) y Roque Fernández, pero no con Domingo Cavallo, quien tanto en la anterior gestión con Carlos Menem, como en la de ahora confrontó con los enfoques técnicos del FMI. Ahora el problema para la Argentina es si su reemplazo reflejará, acorde con el nuevo gobierno republicano, una postura más conservadora en el FMI.
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