Una arbitrariedad extrema del Estado
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De esta forma, el dinero, el esfuerzo y el ahorro de los argentinos están siempre fuera de nuestras fronteras, porque nadie se puede animar a traerlo. Esto es así porque el destino del producto de su trabajo depende de la decisión de algún gobernante.
Luego de producida la crisis, los gobiernos parecen siempre decidir mal este tipo de situaciones y reiterar las actitudes permisivas. Hoy autorizan a no cumplir ciertos compromisos y mañana se conceden el permiso de no cumplir con el presupuesto nacional. El presupuesto anual, cuyo cumplimiento constituye una obligación para las autoridades de los principales países desarrollados, en nuestro país es sólo un programa tentativo de gastos aprobado por el Congreso.
Bajo el principio enunciado, el Estado termina diciendo que ciertos deudores en dólares deben ser protegidos de los efectos de la devaluación y los otros no, simplemente porque así se les ocurrió a los funcionarios. No explica por qué no deberá amparar a los otros, a los depositantes en dólares (que ahorraron para luego consumir, para vivir tranquilos sin deudas, para atender sus propias enfermedades o para viajar a ver un hijo radicado en el exterior, etc.), a los empleados que se quedaron sin trabajo, a las empresas y comercios que venden menos por la devaluación, a los empresarios a quienes les subieron los costos por los insumos importados, a los depositantes en pesos por las pérdidas que les ocasiona la devaluación, a los profesionales que deberán mantener las tarifas de sus servicios, a los asalariados cuyos ingresos perderán poder adquisitivo, a los jubilados que les pasará lo mismo, a los que contrataron con el estado precios en dólares, a los que perdieron sus intereses por tener la plata debajo del colchón o a quién sabe qué mortal lo haya afectado la devaluación.
Este, quizá, sea el momento para empezar un período de gobierno dispuesto a enmendar errores y empujar hacia adelante un país con otras reglas que no produzcan consecuencias funestas para los deudores y los ahorristas, para los productores, para los trabajadores y los inversores. Sin corridas, sin sorpresas; en resumen: un país previsible. Un país que no requiera después el desastre la discriminación autoritaria de los gobernantes que se traduce en un: «Este se salva; aquél, no», que es lo que agrava la situación y la recicla.
La eliminación de la posibilidad de futuros desastres es la vuelta al cumplimiento estricto de los compromisos, al respeto por la propiedad privada y al cumplimiento de las obligaciones. Esto es lo que nos devolverá el ahorro de los argentinos y nos traerá el de otros países.
Si no, la alternativa será que muera el ahorro. A partir de la muerte del ahorro, morirá también nuestra moneda, morirá nuestra industria sin crédito y no habrá nadie que quiera hacer el papel de malo prestando a las altas tasas que vendrán cuando no haya más ahorro. Se acabará la actividad bancaria en la Argentina por falta de inversores.
Hoy no hay lugar seguro para proteger el ahorro, porque ahorrar está mal visto en nuestro país, como está mal visto ganar dinero, como está mal visto ser banquero o como está mal visto ser empresario exitoso. Nuestra debacle es una mezcla de persecución al que genera negocios, al que gana dinero o al que ahorra.




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