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El drama regional viene consistiendo en el marcado y hasta ahora irreconciliable dualismo entre los que defienden el equilibrio económico y los que enarbolan la bandera del industrialismo, presentándose ambos bandos con posturas tan antagónicas que, a creer por sus expresiones y argumentos, quien defiende la disciplina económica global es presentado como un antiindustrialista, y quien sostiene la postura del industrialismo es considerado como sostenedor de un gasto irresponsable.
La experiencia histórica de las grandes potencias económicas y de los denominados tigres asiáticos demuestra la absoluta inconsistencia de la supuesta antinomia entre la disciplina macroeconómica y un desarrollo industrial sustentable y en gran escala, y demuestra, además, que no sólo no existe esa supuesta oposición, sino que en el terre-no de los hechos ambos factores deben ir unidos de un modo inexorable si es que un proyecto de industrialización va a tener éxito. Esta es la gran lección que parece que los dirigentes de la región no terminan de asimilar.
Por los lares iberoamericanos, los que levantan la bandera de la estabilidad económica no muestran la menor sensibilidad ni idea respecto a la necesidad de integrar ese concepto fundamental en una estrategia de desarrollo industrial por considerarlo innecesario y hasta claramente negativo. Con el mismo espíritu sectario, los defensores de un proyecto industrial sostienen por lo común posturas macroeconómicas generadoras de tal desequilibrio global de las principales variables, que demuestran su profunda ignorancia de los fundamentos que hacen a una industrialización susten-table.
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