Delicadeza e inquietud había ayer en la Casa Rosada: se divulgó con exceso la sorda pelea que enfrentaba a Roberto Lavagna con Julio De Vido y, por supuesto, esa difusión no le agrada al Presidente (justo cuando él les había ordenado a otros dos ministros que bajaran su perfil de exposición). Pero más incómodo aparecía por otras razones: lo que trascendió de Lavagna era más contra el primer mandatario que contra De Vido (a quien, como se sabe, el economista ni considera), lo comprometía políticamente al jefe de Estado y, también, la reyerta se produce en un momento de sensible precaución, cuando se negocia con acreedores externos y empresas privatizadas. Parece que Néstor Kirchner debió controlar a un ofuscado De Vido («si quiere pelea, la va a tener») y, al mismo tiempo, también él mismo se debió contener. Desde la cátedra oficial se resolvió la cuestión como un «malentendido» entre las partes y Kirchner se va en silencio a Nueva York el fin de se-mana, mientras el titular de Economía se reserva un espacio de meditación en Cariló.
Mientras Néstor Kirchner deambula la próxima semana por Nueva York -tierra que prefiere a las europeas, salvo Praga-, Roberto Lavagna, siempre módico, elegirá a Cariló como centro de contemplación. Y meditación. Por más que el gobierno lo disimule, por más que arguya que «lo de Lavagna con De Vido (Julio) fue apenas un malentendido ya superado», lo cierto es que nadie ignora la gravedad del desencuentro. Y no porque se trate de una rencilla entre ministros, sino por la pica en Flandes que Lavagna puso ante el Presidente. Sería una ingenuidad pensar que el ministro de Economía -quien piensa y sueña con ocupar la Casa Rosada en 2007, siempre y cuando sus amigos Eduardo Duhalde y Raúl Alfonsín lo sostengan- tenga en sus oraciones, para bien o mal, a un arquitecto de Entel que se ganó la confianza en Santa Cruz del gobernador venido hoy a jefe de Estado. De ahí que alguien con esa noción de su propia estatura vaya a meditar a los bosques sobre sus próximos pasos.
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Los pleitos entre Lavagna y De Vido -casi una lucha por el pan- comenzaron apenas los pingüinos se instalaron en el gobierno y el titular de Hacienda se sucedió a sí mismo: lo primero que le arrebataron fue el área de Energía, tema en el que Kirchner y De Vido parecen doctorados. Trago amargo que se dulcificó, para Lavagna, cuando cierta imprevisión amenazó al país con una crisis de abastecimiento energético (que se resolvió, en parte, contratando fluido en el exterior pagado varias veces más que el local y premiando a los trabajadores hermanos de Venezuela). Lavagna facturó esa falla y en público.
Hubo más desavenencias que un historiador podría ordenar. Como el reclamo de Lavagna a diputados para que inquieran sobre los subsidios generosos a empresas del transporte. Obvio, los cede De Vido con el aval de Kirchner (no olvidar que Ricardo Jaime llegó a esa área casi en forma trasnochada y discutida con empresas del sector, verbigracia, preguntar por el camionero y empresario Hugo Moyano).
• Extensión
La reyerta se extendió a los territorios: Lavagna se hizo cargo de la negociación por los hidrocarburos, a costa de De Vido, y primero arregló con Repsol YPF, más tarde con Petrobras. A pesar de la tensión, los dos ministros acordaron que las inversiones arrancadas fueran para el gasoducto que realizará Techint. Curiosa coincidencia en medio del temblor. También Lavagna se burló por la demora de su rival en la construcción de viviendas y también notificó al Congreso que le hará modificaciones al cuestionado proyecto de ley que regula las empresas de servicios públicos (mandoble para De Vido, también para Carlos Zanini, miembros de una trinidad con el mandatario). En suma, se planteaba como alguien que cumplía con ciertas exigencias del FMI y fallaba por inesperadas trabas o retrasos de Infraestructura y Presidencia.
No fue lo único en los combates: hubo peleas por despachos, ascensores, influencias y la queja constante de Economía por la dilación (dirían, malversación) de las negociaciones tarifarias con las privatizadas. Demasiado lodo en el medio con un De Vido señalado como mascarón de decisiones que tomaba otro. Al menos es lo que piensa el titular de Economía, sin exigirse informativamente, quien por otra parte percibe cierta insidia desestabilizadora -desde la Casa Rosada- como mecanismo para unificar el poder de la máxima autoridad. Algo así como los nervios que el emperador les impone a los súbditos. Tal vez Lavagna, repetirían los pingüinos, es exageradamente sensible, al menos frente a la docilidad de ellos cada vez que atraviesan las escalinatas de la Presidencia. Hombre de no aceptar determinados convites urgentes, metódico (sobre todo frente a cierto improvisado desorden oficial), hasta puede escandalizarse cuando se entera del maltrato a otros. Le pasa lo mismo, en verdad, que a los demás ministros que no provienen del Sur.
• Deuda
Para colmo, en esta larga historia de civilizaciones en choque, se agregaron disidencias sobre el tratamiento de la deuda: Lavagna, aseguran, se volvió más permisivo y alentaba concesiones (una mejora de pago y plazos), amparándose quizá en que pasar de 8 centavos a más de 20 ni siquiera había afectado la imagen del gobierno (al menos, en relación con los torpedos producidos por la falta de seguridad). Kirchner, abogado al fin -con vasta experiencia en incobrables-, para no cambiar su discurso, en cambio no desea retroceder un centímetro adicional en la negociación, o no considera por el momento esa oportunidad. En materia de tiempos, se siente en capacidad frente a su ministro.
Todas esas diferencias -la lista es más extensa- ayer se desencarnaron, como expresaría el general. No es lo que más le gusta a Kirchner (justo en la semana que llamó a silencio a dos de sus ministros), aunque más le molesta aparecer como alguien limitado por su ministro. Se inicia una etapa entonces de premeditado disimulo, pero el tajo es evidente. No será la única escaramuza en el frente económico y financiero.
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