Es entendible que el viceministro de Economía, Daniel Marx, haya tratado de no darle demasiada trascendencia al anuncio del megacanje de vencimientos de los pagos de la deuda pública argentina de los próximos 4 años, pese a que ha sido la más contundente medida desde que asumió el ministro Domingo Cavallo.
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Es entendible por varios motivos. Primero, que el ministro erróneamente desde su inicio negó la necesidad de refinanciar esos vencimientos de corto y mediano plazo. Segundo, porque la solución del megacanje en definitiva viene desde los propios acreedores -los mercados- denostados, también erróneamente, en el tumultuoso arranque del Cavallo ministro. Tercero, porque, también fue un error, en un arranque de soberbia, se haya querido imponer que para prestarle al Estado argentino debían ofrecerle tasas similares a México, por caso, que tiene un riesgo-país que ronda 200 puntos y el de la Argentina está recién descendido de 1.000. Por último hay un argumento a favor de Marx y su tendencia al silencio: reconocer abiertamente el gran aporte del megacanje es restarse (Economía) poder para entrar a discutir la tasa del nuevo bono. No olvidar que al megacanje también lo llaman «Versailles» por aquella rendición de Alemania, tras la Primera Guerra Mundial, con condiciones leoninas terribles (desde pagar «daños de guerra», a no construir barcos, ni tener metalurgia). Hasta trajo después un Hitler, engañando con la reivindicación de tanta ignominia.
Para bien, felizmente, la solución ha salido y se comienza a instrumentarla, pero no puede desconocerse que el empecinamiento y el torbellino de su arranque han hecho mella en la imagen de Domingo Cavallo. Se lo ve muy distinto en esta encrucijada de aquel Cavallo, también ministro en el inicio de los años '90, sustentado por otro gobierno y en un país más cómodo donde bullía en el extranjero la tentación por las privatizaciones de las empresas públicas a precios demasiado convenientes, admitámoslo.
Es cierto que el presidente de la Nación y su sustento político no es ahora ni cercanamente similar al de aquel justicialismo de esos años '90. Pero igual se cree que Cavallo agregó errores propios, más graves cuando debió ser más cuidadoso porque no ignoraba ese menor sustento que tendría su gestión, aunque lo haya envalentonado el asentimiento político con que asumió dada la gravedad de la crisis.
Financieramente puede decirse que Domingo Cavallo maduró en días y comprendió sus errores. Hoy está mejor y es bueno. Pero, curiosamente, comienzan a levantarse otras voces críticas. Por ejemplo industrias (la frigorífica por caso) y sectores (fundamentalmente el agro) que no desconocen la gravedad de la crisis financiera que requería prioridad pero no entienden que un ministro de Economía en sus viajes no destine algún momento a hablar del problema de la suspensión de los envíos de carnes argentinas.
O que no destine parte de su tiempo en Buenos Aires a vigilar y apurar con similar energía los planes de vacunación antiaftosa cuando es gravísimo el daño a las exportaciones -y consiguientemente también al desempleo-que los brotes y su repercusión en las ventas le han provocado al país. Más cuando este daño es probable que se extienda por varios años.
Los ministros de Economía ¿son en realidad únicamente ministros de finanzas? Se escucha esta frase.
Los ortodoxos, a su vez, se preguntan tras lograrse encaminar el megacanje: aunque por razones eleccionarias Economía deba postergar el ajuste en serio del elevado déficit fiscal hasta después de octubre ¿están realmente Cavallo y su equipo capacitados para reducir el gasto del Estado si en su anterior gestión ministerial -en la época en que las inversiones caían a paladas sobre la Argentina- no se preocupó de eso y, por el contrario, lo aumentó?
Si un Cavallo ha bajado imagen de eficiente -se disimula esto diciendo «está más político»- es peor la situación del gobierno aliancista. Que Economía haya tratado de usar el megacanje haciendo los mínimos anuncios -y demorando así la recuperación de los títulos y bajar el riesgopaís-es entendible en el ministro que abjuró inicialmente de obvias necesidades de distender los apremiantes términos de los vencimientos de deuda. Pero no es entendible ni en el presidente Fernando de la Rúa ni en el gobierno aliancista que cuando obtuvieron en noviembre pasado el llamado «blindaje» hicieron un jolgorio público y hasta lanzaron afiches en las calles para ganar el rédito político de lo logrado.
Es como si el gobierno creyera que sólo es meritorio lograr una solución de gobiernos y organismos internacionales y no de la banca acreedora. Miopía política porque parecen ignorar que el dinero que aportan esos organismos es para no usarse, de escudo, y el de los acreedores, cuando acuerdan, es efectivo, baja el interés, ahorra millones de dólares, restituye imagen al país, puede reactivar, devolver tranquilidad a los hogares y a personas endeudadas.
Entre los que ignoran pero gobiernan y los pasionales que caen en arrebatos o se politizan el país está hoy mucho mejor que hace 20 días, es cierto, pero sigue siendo manejado endeblemente, con impericia por este gobierno aliancista. No nos engañemos.
Y se refleja en que blindaje + megacanje en otras circunstancias de mando nacional hubiera provocado más recuperación, o más rápida, que lo que hoy se observa.
Es cierto, también, que la Argentina tiene tanto potencial que puede sobrevenir a cualquier gobierno. Hoy se ve.
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