30 de enero 2003 - 00:00

"Veranito" de gobierno; infierno de argentinos

El doctor Eduardo Duhalde afirma que él y yo tenemos «dos miradas totalmente distintas sobre lo que hay que hacer en materia económica y social en la Argentina». Y tiene en eso mucha razón. En los últimos tiempos -mientras dedica sus mayores esfuerzos a digitar un candidato y obstruir la democracia interna en el justicialismo-, el gobierno orienta su propaganda y el eco de algunos comentaristas a convencer a los argentinos de que están atravesando un «veranito económico». Debe admitirse que se trata de un concepto sumamente impreciso y poco descriptivo de la realidad. Si bien es cierto que la devaluación de enero de 2002 ha suscitado una situación de bonanza en algunos sectores exportadores (notablemente los agroalimentarios), en el turismo interno y en los que sustituyen algunas importaciones, no lo es menos que el mismo dispositivo devaluatorio ha perjudicado al grueso de la población, al diezmar el salario, incrementar el desempleo y multiplicar la pobreza y la indigencia. El dólar caro determina el aumento de ingresos de un porcentaje de los argentinos (alrededor de 20 por ciento), pero, lejos de derramar sobre el conjunto, impacta brutalmente en las mayorías.

Esto no es una opinión personal, sino la descripción de los hechos que revela el reciente informe del INDEC, el Instituto de Estadística y Censos que analizo con mi equipo de economistas. Esas cifras, más allá del debate sobre la forma de computar a los beneficiarios del plan Jefas y Jefes de Hogar, muestran que la desocupación ha vuelto a batir su récord histórico. Afecta hoy a 23,7% de la población económicamente activa, contra 21,5% de mayo. También revelan las cifras del INDEC que en estos meses han vuelto a crecer los porcentajes de hogares y de personas en situación de pobreza e indigencia, pese a la existencia de los planes sociales destinados a jefas y jefes de familia.

En la Capital Federal y el Gran Buenos Aires, la pobreza, que supone ingresos mensuales inferiores a los $ 717, aumentó de 47,9% de la población en mayo a 54,3% en octubre. En el orden nacional, según me proyectan los mismos economistas, aunque todavía no fue procesada la totalidad de los datos recogidos, las estimaciones del INDEC señalan un incremento de 49,3% a 60% de la población. En materia de indigencia, que representa la existencia de problemas de nutrición e implica ingresos mensuales inferiores a $ 324, en la Capital Federal y el conurbano bonaerense esa cifra trepó en octubre a 24,7% y a nivel nacional seguramente romperá la barrera de 25%, contra 22,7% de mayo.

Debo consultar este tipo de datos más de lo que correspondería para el intenso proselitismo preelectoral de estos momentos. Pero afronto el mayor esfuerzo porque siento que en poco más de cien días la ciudadanía nos pondrá nuevamente frente al desafío histórico de conducir la recuperación del país a partir de la terrible encrucijada que grafican estas cifras socioeconómicas.

• Pobreza

La magnitud de este gigantesco deterioro social salta a la vista cuando se repara en que en el último año el porcentaje de la población situado por debajo de la línea de pobreza aumentó de 37% a 60%, mientras que en materia de indigencia las cifras se duplicaron desde octubre de 2001 hasta la fecha. Si se toman en cuenta los últimos tres años, a partir de la asunción del gobierno de la Alianza, la pobreza más que se duplicó, ya que aumentó de 27% a fines del '99 a 60% de la población, en tanto que la indigencia más que se triplicó, habiendo crecido de 7,5% a más de 25%.

La asistencia social corre atrás (y con desventaja) de las consecuencias inevitables de una política económica que se inició con la devaluación de la moneda y que insiste en mantener alto el valor del dólar con la excusa de mejorar la producción y la competitividad. En rigor, esa política lo que produce es tanto pobreza como caída de la producción.

En el año 2002, el Producto Bruto Interno se derrumbó 12 puntos, la caída más profunda de toda la historia económica argentina y, al menos desde que existen las estadísticas, casi sin antecedentes en ningún otro país en tiempos de paz. Otro dato significativo: igual que en mayo último, la información del INDEC da cuenta de que las cifras de indigencia (más de 25%) están por encima de la tasa de desempleo, de 23,5%, entiendo más allá de los datos de los economistas que esto implica que existe una cantidad considerable de personas empleadas que viven en condición indigente, algo que jamás había ocurrido con anterioridad y que demuestra, con una elocuencia contundente, el formidable impacto social provocado por la devaluación monetaria.

El gobierno pretende «ganar competitividad» africanizando los salarios. «Leí eso y me pareció una precisa definición.» En un país exportador de alimentos como la Argentina, la devaluación de la moneda golpea directamente sobre los precios de los alimentos de primera necesidad, que aumentan mucho más rápidamente que el conjunto de los precios. Me muestran que el informe del INDEC consigna que en los últimos seis meses la canasta básica de alimentos se encareció en 32,9%, de 307 pesos a 408 pesos.

En el transcurso de 2002, ese incremento de la canasta básica fue superior a 75%. En el caso del plan para Jefas y Jefes de Hogar, en términos de precios alimentarios, la asignación de 150 pesos establecida en enero equivalía entonces en diciembre, por obra de la inflación, a menos de 40 pesos. En la Argentina, dólar caro es sinónimo de comida cara y dólar barato equivale a comida barata. Así ocurrió antes, durante y después de la década del '90. De allí que la política del dólar «recontraalto», defendida a capa y espada por el ministro de Economía, Roberto Lavagna, con el argumento de alentar la reactivación productiva, sea absolutamente incompatible con cualquier alternativa seria de mejoramiento de la situación social, ni en el corto ni en el mediano plazo. Durante mi presidencia el querido y ya desaparecido doctor Guido Di Tella resultó un estupendo canciller pero también era muy buen economista. No obstante lo escuché, hice consultas, como siempre, y no me gustó ya entonces lo que significaba su sentencia de «dólar recontraalto».

Como ya sucediera desde 1989, estabilidad económica y moneda fuerte constituyen la más urgente de las reivindicaciones sociales en la Argentina de hoy. Hay un límite entre incentivar las exportaciones y dólar «recontraalto». Lo marcan las consecuencias sociales y las necesidades externas de nuestra industria. El peronismo, nuestro modo de sentir al peronismo -pujante, creativo, desarrollando el país y creando empleo- tendrá que hacerse cargo de la reconstrucción desde fines de mayo. Es ahora, más grave que el incendio del país que heredé en 1989 pero no me asusta.

Dejá tu comentario

Te puede interesar