"Veranito" de gobierno; infierno de argentinos
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La asistencia social corre atrás (y con desventaja) de las consecuencias inevitables de una política económica que se inició con la devaluación de la moneda y que insiste en mantener alto el valor del dólar con la excusa de mejorar la producción y la competitividad. En rigor, esa política lo que produce es tanto pobreza como caída de la producción.
En el año 2002, el Producto Bruto Interno se derrumbó 12 puntos, la caída más profunda de toda la historia económica argentina y, al menos desde que existen las estadísticas, casi sin antecedentes en ningún otro país en tiempos de paz. Otro dato significativo: igual que en mayo último, la información del INDEC da cuenta de que las cifras de indigencia (más de 25%) están por encima de la tasa de desempleo, de 23,5%, entiendo más allá de los datos de los economistas que esto implica que existe una cantidad considerable de personas empleadas que viven en condición indigente, algo que jamás había ocurrido con anterioridad y que demuestra, con una elocuencia contundente, el formidable impacto social provocado por la devaluación monetaria.
El gobierno pretende «ganar competitividad» africanizando los salarios. «Leí eso y me pareció una precisa definición.» En un país exportador de alimentos como la Argentina, la devaluación de la moneda golpea directamente sobre los precios de los alimentos de primera necesidad, que aumentan mucho más rápidamente que el conjunto de los precios. Me muestran que el informe del INDEC consigna que en los últimos seis meses la canasta básica de alimentos se encareció en 32,9%, de 307 pesos a 408 pesos.
En el transcurso de 2002, ese incremento de la canasta básica fue superior a 75%. En el caso del plan para Jefas y Jefes de Hogar, en términos de precios alimentarios, la asignación de 150 pesos establecida en enero equivalía entonces en diciembre, por obra de la inflación, a menos de 40 pesos. En la Argentina, dólar caro es sinónimo de comida cara y dólar barato equivale a comida barata. Así ocurrió antes, durante y después de la década del '90. De allí que la política del dólar «recontraalto», defendida a capa y espada por el ministro de Economía, Roberto Lavagna, con el argumento de alentar la reactivación productiva, sea absolutamente incompatible con cualquier alternativa seria de mejoramiento de la situación social, ni en el corto ni en el mediano plazo. Durante mi presidencia el querido y ya desaparecido doctor Guido Di Tella resultó un estupendo canciller pero también era muy buen economista. No obstante lo escuché, hice consultas, como siempre, y no me gustó ya entonces lo que significaba su sentencia de «dólar recontraalto».
Como ya sucediera desde 1989, estabilidad económica y moneda fuerte constituyen la más urgente de las reivindicaciones sociales en la Argentina de hoy. Hay un límite entre incentivar las exportaciones y dólar «recontraalto». Lo marcan las consecuencias sociales y las necesidades externas de nuestra industria. El peronismo, nuestro modo de sentir al peronismo -pujante, creativo, desarrollando el país y creando empleo- tendrá que hacerse cargo de la reconstrucción desde fines de mayo. Es ahora, más grave que el incendio del país que heredé en 1989 pero no me asusta.




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