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18 de noviembre 2004 - 00:00

¿Vuelve agro contra industria?

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En su segundo día de visita a la Argentina, el presidente chino, Hu Jintao, habló ante la Asamblea Legislativa.

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Así, China, en lo inmediato, no habrá logrado en la Argentina lo mismo que obtuvo en Brasil: la declaración de «economía de mercado» total que le valió a Lula varios puntos de su popularidad.

La realidad marca que China hoy no tiene una «economía de mercado» real. Recién están empezando a ingresar empresas privadas con el objetivo no sólo de aprovechar la potencialidad de consumo del gigantesco mercado interno chino, sino también de disponer de mano de obra baratísima para fabricar y exportar desde allí. El resto de las grandes empresas en ese país es manejado por el gobierno y lo seguirá siendo por largo tiempo hasta que logren resolver el difícil dilema en el que se encuentran: no quieren más el marxismo que los hizo retrógrados en bienestar; pero tampoco se animan a zambullirse en un capitalismo de estilo postsoviético que lo único que consiguió fue la proliferación de mafias superenriquecidas.

El propósito de los rusos fue loable: salieron del comunismo y decidieron devolver las empresas públicas al pueblo. Para eso repartieron entre los obreros y directivos cupones de propiedad por porcentuales mínimos. Claro que estos obreros educados bajo el comunismo no tenían idea de lo que era la propiedad privada y, mucho menos, la propiedad empresaria. Las mafias que ya existían y eran el único atisbo capitalista a través del mercado negro y el contrabando aprovecharon la situación y comenzaron a comprar uno por uno todos los bonos de propiedad -en algunos casos, los canjeaban por un paquete de cigarrillos-. Al apoderarse de la mayoría de los bonos de cada empresa, las mafias se hicieron propietarias de ellas y, fundamentalmente, apuntaron a las petroleras. Hoy esas mafias rusas enriquecidas hasta compran clubes de fútbol ingleses. China no quiere seguir ese camino y hace bien. Además, puede utilizar el poder negociador del conjunto de empresas de su país como una aplanadora para obtener lo que busca. El poder de esas empresas provocó en Kirchner «el anuncio» de inversiones por casi 20 mil millones de dólares, aunque como él no domina la economía, pifió bastante. Debió saber que detrás de semejante inversión vendría la exigencia del reconocimiento como economía de mercado.

Lo cierto es que la industria local no puede resistir hoy ni siquiera el avance de su par brasileña. Calcúlese entonces qué le puede esperar contra productos chinos.

Para un gobierno de centroizquierda como el argentino, el problema es serio porque a Kirchner le gusta proteger a industrias nacionales, sean eficientes o no, y también mantener un dólar sobrevaluado para cobrar más por retenciones y hacer una política clientelista desde el gobierno. Pero otra vez, con esta lógica se impulsa el conflicto con el sector agropecuario.

Parece inevitable el choque, porque mientras en la Argentina existan los excesos sindicales que encarecen todo -agravado por el gobierno y la novedosa corte de centroizquierda y sus medidas demagógicas- no hay manera de que el grueso de nuestra producción industrial sea eficiente, no ya para exportar, sino para subsistir.



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