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A 48 horas de examen crucial para el BCE
¿Qué rescatar de las últimas iniciativas de Europa? ¿Son un fracaso rotundo como lo reflejan las Bolsas? ¿O auguran, como sugieren los bonos españoles, la posibilidad de un suceso notable? No por la revisión de Maastricht. Pero sí por el propósito de estabilizar la situación de liquidez de la banca europea y la decisión, con ese fin, de montar una plataforma concreta a la cual no sólo podrá asirse la banca sino también la vapuleada deuda soberana de la región. A menos que Alemania resuelva un boicot.
Llamémoslo Plan Canje. O, mejor no; el BCE podría molestarse. Lo cierto es que si, en la semana de la cumbre, Europa urdió un plan operativo contra la crisis, las decisiones se tomaron a dos puntas. Y calzan como anillo al dedo. Los gobiernos reconocieron que forzar la reestructuración de la deuda griega en manos privadas fue un error (¿adivine de quién?). Y que no se repetirá con las otras deudas soberanas. Fuera del ámbito de la cumbre, pero en línea con su espíritu, el BCE (que siempre se opuso a la reestructuración) decidió ampliar a tres años la provisión de liquidez. Entiéndase bien: todo banco, con colateral, podrá financiarse a tres años con recursos ilimitados del BCE. Ahora que Alemania no va a exigir refinanciar con quita la deuda de los demás países -como hizo con Grecia-, el BCE se aviene a prestar contra esa garantía y ofrece un puente de liquidez a tres años vista. Para un sistema que desde julio afronta crecientes dificultades de irrigación, es un puente de plata. En su sentido literal: se podrán fondear títulos españoles o italianos que rinden entre el 5% y el 7% anual (por no decir de Portugal o Irlanda) a un costo fijo del 1%.
Así, la cumbre europea fracasó en las Bolsas, pero, a la par, donde realmente importa, en el terreno de las deudas europeas, no anduvo nada mal. Se diría que descolló en España (aunque el Ibex de Madrid se hundiera más del 5%). Las subastas del Tesoro, martes y jueves, fueron éxitos contundentes y el Gobierno pudo completar antes de tiempo el programa financiero del año. Es innegable: de la nada, el apetito regresó. La tasa a dos años (dentro del plazo de cobertura del BCE) bajó al 3,46%, nivel que regía en julio, antes que se contaminara Italia. La tasa de diez años (fuera de su paraguas) disminuyó al 5,31% -como tampoco se observaba desde julio- aunque si no acampa debajo del 5%, no cabe cantar victoria. Si en España la respuesta fue alentadora, en Italia, no. La subasta a cinco años defraudó. Es verdad que la tasa a dos años acusó una merma -al 5,29%, la más baja desde octubre- pero todavía permanece en una zona de desconfianza crítica. En el tramo largo de la curva, la pulseada contra Roma persiste.
Por ser la semana de estreno no es un mal debut. Conviene tener presente que cada banco central nacional juega un papel decisivo en cómo articula la relación con sus bancos (por ejemplo, qué colateral fuera de lo común acepta a cambio de la asistencia). Es posible, pues, que la estrategia funcione mejor en un país que en otro porque importa cómo se interrelacionan los actores específicos: banco central, entidades y, quiérase o no, el Gobierno (urgido de demanda para sus obligaciones).
Este miércoles el BCE ejecutará la primera subasta de asistencia a tres años. Su recepción será crucial. Una concurrencia nutrida puede obrar de bisagra en la percepción de control de la crisis. No hay que olvidar que en noviembre cada colocación de deuda era un suplicio y aceleraba la espiral del deterioro. Afirmar un muelle de liquidez sin límite de amarras para la banca es un primer paso para cortar el contagio. Asegurada la liquidez de los bancos, ¿se podrá hacer pie en su hoja de balance para anclar la demanda de deuda pública y estabilizar sus rendimientos a un nivel que no arriesgue la solvencia de España e Italia? Si Alemania no se empecina en torpedear la iniciativa, sería factible. De movida, lo que el BCE logrará es que se frene la decisión de liquidar cartera a mansalva. ¿Podrán los bancos ir más allá y aumentar sus portafolios de deuda pública? ¿O incentivar -e intermediar- el interés de sus clientes? Esa intención chocaría con el otro ajuste que los aprieta: ya no la erosión de la crisis, sino la necesidad de adecuar su capital a Basilea III. Aquí son los Gobiernos los que se muerden la cola. Nunca sería más útil una inyección de aportes del fondo de rescate. Aunque ese golpe de timón no parece estar en los planes.


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