Adiós a María Duval, fugaz estrella argentina de los 40

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En 2001, la Asociación de Cronistas entregaba sus premios en el Teatro Cervantes. María Duval era una de las consagradas con el Cóndor de Plata a la Trayectoria. ¿Pero acaso iba a estar presente? Retirada hacía ya más de medio siglo, se suponía además que poca gente iba a recordarla. Pero cuando Jorge Luz mostró su imagen en la pantalla, llovieron los aplausos. Y se convirtieron en ovación cuando ella apareció, bajita, sencilla, con un tapadito sin ostentaciones, y sin dar crédito a tanto cariño.

Ella nunca se dio mayor importancia. Fueron sus padres, y sus maestras de la primaria, quienes, viendo su capacidad interpretativa, la impulsaron a viajar desde su natal Bahía Blanca a la Capital Federal. Llegó justo cuando el cine nacional estaba buscando la veta del llamado “cine de las ingenuas”. Así fue cómo debutó a los 15 años en la religiosa “Canción de cuna”, y al año siguiente, 1942, hizo siete películas. A destacar, “Cenizas al viento”, “Su primer baile”, “La novia de primavera”, “Cada hogar un mundo”, y así siguió, con películas dulces, románticas, de ilusiones adolescentes a veces quebradas por la realidad, como “16 años” y “La senda oscura”. Luego más dramáticas, como “Las tres ratas”, con Mecha Ortiz, Amelia Bence, y ella en el papel de la hermanita inocente. Y también picarescas, de sana picardía: “Cuando florezca el naranjo” y “La serpiente de cascabel”, donde, todavía menor de edad, enamoraba a dos señores grandes (Ángel Magaña y Juan Carlos Thorry). Lo mismo hacía Mirtha Legrand, la otra “ingenua”, enamorando a Thorry en “Los martes, orquídeas”, “La pequeña señora de Pérez” y “La señora de Pérez se divorcia”. Eran otros tiempos, ajenos a “lo políticamente correcto”.

A los 22 años, con “Cita en las estrellas”, María Duval se despidió del cine, retomó su apellido natal, Moguilevsky, se casó con un señor Grossman, y se hizo voluntaria en el Hospital Israelita. Pero en 1979 vivió una aventura realmente de película. Estaba en el entonces Imperio de Irán, acompañando a su marido en el negocio de importación de alfombras persas, cuando estalló la revolución islámica. Si los apresaban, solo por ser judíos, los mataban. Se salvaron en el último avión que pudo escapar de Teherán, despegando con las luces apagadas mientras los ayatollah invadían el aeropuerto.

El resto de su vida fue más plácido, felizmente amenizado por la llegada de hijos, nietos y bisnietos, el Cóndor de Plata en 2001, los homenajes de Bahía Blanca, nombrándola Ciudadana Ilustre en 2007, y de Pantalla Pinamar en 2012, festejándola con “16 años” justo cuando cumplía 86. Ayer se fue, “en paz, tranquila en su casa, sin sufrir”, como dijo su nieto Federico, y como ella se merecía.

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