Admirable Tabucchi a la manera de Hemingway

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Antonio Tabucchi «El tiempo envejece deprisa» (Bs.As., Anagrama, 2010, 175 págs). 

Considerar el papel de los intelectuales en la vida pública llevó en Italia a una polémica entre Umberto Eco y Antonio Tabucchi. Cansado del tema, el autor de «El nombre de la Rosa» sentenció que «el intelectual debería hacer lo mismo que cualquier otro ciudadano, si su casa se incendia llamar a los bomberos». Y el autor de «Sostiene Pereira» le contestó que el haría eso, «pero además trataría de saber si el fuego lo causó un cortocircuito o una bomba Molotov».

Algo así como buscar lo que causó el incendió, está en el fondo de los cuentos de «El tiempo envejece de prisa». Tabucchi no se la hace fácil al lector, que tiene que entrar en los relatos con deseo de descubrir el secreto que contienen, y no dejarse fascinar por la admirable maestría con que están escritos, por el mero placer de la lectura. Tabucchi enfrenta a escenas triviales de la vida diaria para enseñar a leer la realidad. Usa el método de Hemingway: mostrar lo que asoma y que el lector descubra que es la punta de un iceberg.

En el cuento «Los muertos a la mesa», un jubilado de buen pasar se muda a Berlín y se siente «como en casa». Si bien tiene que cuidar a su mujer que ha tenido un accidente cerebro vascular y está parapléjica, sale a pasear. Por el camino recuerda a cantantes franceses y juega a seguir como un detective a gente al azar, porque le recuerda su trabajo. Llega a un cementerio y a la tumba de un hombre que él acosó incansablemente le confiesa que «cuando se abrieron los archivos», se enteró de que también su vida había sido registrada paso a paso y así supo que su mujer lo engañaba con el jefe del departamento de Asuntos Internos. Un poema abre este relato: «Eran tiempos irreflexivos,/ sentábamos los muertos a la mesa,/ hacíamos castillos de arena,/ los lobos nos parecían perros».

Karl, el protagonista, era un espía de la Stasi al que le ordenaron seguir a Bertold Brecht, a quien, sin dejar de cumplir su tarea, aprende a envidiar. Va a la tumba de Brecht a decirle «lo siento, pero eran órdenes» y «cuando estaba el muro uno sabía de qué lado estaba», y que no sabía que era seguido o que su mujer lo traicionaba. Tabucchi sugiere y deja en libertad al lector para que haga su lectura de los hechos.

La mayoría de los relatos están ubicados en lo que fue la Europa del Este, porque luego de la caída del muro, esos países fueron empujados a salir del freezer,y muestran cómo «persiguiendo sombras el tiempo envejece deprisa».

Aventar sombras desde la literatura con «un heroísmo inútil» es la propuesta del Tabucchi moralista. Así, destrozar la idea de la guerra justa está en el fondo del cuento «Nubes», donde un militar que estuvo en Kosovo, enfermo terminal, enseña a una chica a leer el futuro en las manchas que se ven en el cielo. En «Festival», la proyección del cineasta oficial del régimen comunista polaco, mezcla con frescura lo grave con lo banal. Las fallidas ingenierías sociales del pasado reaparecen con otro nombre, advierte al pasar en estos cuentos que pensó como un homenaje a los «Nueve cuentos» de Salinger, que considera «el mejor libro de relatos del siglo XX».

M.S.

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