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Agilidad organizacional, el gran desafío
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Este concepto podríamos definirlo como la capacidad de reconocer y capturar las oportunidades de manera rápida, a los ambientes de negocios complejos, lo que reduce los tiempos de respuesta al mercado e innovan más efectivamente.
Uno de los pioneros en esta concepción de "agilidad" es Don Sull, profesor de la London Business School, y la divide en tres tipos: estratégica, de portfolio y operativa. En el primer caso, hablamos de la capacidad de una empresa de reconcer y capturar grandes oportunidades de crecimiento y negocio. En tanto, la agilidad de portfolio es la velocidad con la que se mueven recursos de las unidades de negocio menos atractivas a las más atractivas. Por último, la operativa es la capacidad de explotar velozmente las oportunidades que surgen dentro de su modelo de negocios.
Según Tandem, consultora en Desicion Management, el mercado actual "es más turbulento", debido a que existen "movimientos rápidos e impredecibles del entorno que impactan en el valor de la compañía". Los factores que empujan esa turbulencia -y que seguramente lo sigan haciendo- son el dinamismo (frecuencia y magnitud del cambio en una variable), complejidad (la cantidad y el nivel de interacciones sobre las fuerzas que influyen en la creación de valor), y la competencia (no sólo a la de productos, sino que incluye a la que se da sobre recursos limitados como capital, socios de distribución, o empleados talentosos). Asimismo, señala que "los cambios en la tecnología, la cultura, y la economía están impulsando en las empresas la necesidad de una mayor agilidad; mientras que recuerda que "cada empresa es única, y no existen recetas generales que puedan aplicarse de igual manera para todas".
"Una empresa ágil es más efectiva estratégicamente y logra adaptarse mejor a los cambios del entorno. Es una organización menos burocrática, con reuniones más dinámicas y menor frustración de los equipos. Las empresas que al crecer se vuelven 'pesadas' pierden en el camino parte de su potencial. Esto, en un mundo de rápidos cambios y creciente complejidad, suele ser un camino al fracaso", dice Ernesto Weissmann, director de Tandem. Y agrega: "En un ambiente de negocios en donde las ventanas de oportunidad se abren y se cierran en poco tiempo, el desarrollo de agilidad para la toma de decisiones resulta un imperativo para la creación de ventajas competitivas sustentables".
Matías Ghidini, general manager de Ghidini Rodil, sostiene que "la agilidad organizacional consiste en pensar y diseñar una compañía bajo una filosofía basada en el trabajo por resultados, el empowerment, la amplia disponibilidad de la información y un espíritu colaborativo". Entre sus beneficios, el especialista señala que "genera toma de decisiones más rápidas, cercanas al negocio y mayor adaptabilidad a los cambios del entorno", mientras que desde el lado del empleado "se respira un estilo de trabajo más flexible, menos burocrático, con mayor poder de toma de decisiones".
"Lo que define a una empresa ágil es su proceso de toma de decisiones, líderes que delegan y permiten la participación de sus colaboradores, amplio y fácil acceso a la información por parte de todos y el trabajo basado en resultados", afirma Ghidini, al tiempo que destaca que su implementación es creciente en las organizaciones argentinas, principalmente en aquellas que cuentan con un sector de Tecnologías de la Información (IT), las que tienen un porcentaje muy alto de empleados de nuevas generaciones (Y o Z) y los start up.
Ghidini, en tanto, dice que es necesario para la "agilidad" que el modelo parta desde el convencimiento de la dirección, con el mínimo de niveles jerárquicos necesarios. Y "de parte de los empleados implica una alta responsabilidad, autonomía y madurez; pues se les pedirá un objetivo, pero no se les indicará como alcanzarlo, ese es el espacio para que ellos aporten su valor agregado".
Para concluir, veremos algunas prácticas concretas que una empresa puede emprender para incrementar su "agilidad": tener claro cuáles son las decisiones clave que agregan valor diferencial; optimizar las tareas y reuniones en los procesos críticos; asignar claramente los roles de los involucrados, para evitar que se generen pujas vinculadas a quién es el "dueño" de determinada decisión, y quién tiene poder de veto; revisar los estilos de decisión; y contar con sistemas de planeamiento ágiles para monitorear las incertidumbres del negocio y estar alerta a las oportunidades para poder capturarlas, entendiendo que una buena ejecución no necesariamente implica aferrarse a un plan preestablecido. "Al articular estas capacidades organizacionales se podrá lograr un balance entre la confiabilidad de una decisión bien tomada que genera resultados y la agilidad de una decisión rápida que los genera antes", concluye Weissmann.


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