30 de septiembre 2011 - 00:00

Agradable “Flauta mágica” destilada por Peter Brook

«Una flauta mágica» de Peter Brook: los intérpretes, descalzos, se desplazan por un escenario desnudo donde sólo hay cañas practicables.
«Una flauta mágica» de Peter Brook: los intérpretes, descalzos, se desplazan por un escenario desnudo donde sólo hay cañas practicables.
«Una flauta mágica», de Peter Brook, sobre el singspiel de W. A. Mozart y E. Schikaneder. Piano: F. Krawczyk. Int.: A. Strooper, L. Benhamza, A. Sezer, V. Pavesi, R. Pascal y otros. Teatro Avenida (FIBA, 28/9). 

«Una flauta mágica» de Peter Brook, estrenada anteanoche en el Festival Internacional de Buenos Aires, es una sinopsis agradable, despojada y alegre de la obra maestra mozartiana, que no desentonaría entre las múltiples adaptaciones que se han hecho de esta ópera para los chicos. Inclusive, ese carácter juguetón queda más en foco mediante el subrayado de las réplicas humorísticas que posee el libreto, y la actuación de dos personajes-síntesis de los comprimarios que aquí no aparecen (las tres damas, los tres genios, el orador, etc.).

La participación de tales personajes, a cargo de dos actores negros, son quizá lo más «brookiano» de la versión: su función no sólo es la de nexo y contraparte de los protagonistas, sino la de organizar, de alguna forma, ese «espacio vacío» mediante desplazamientos y acciones, además de pronunciar los parlamentos modernos añadidos a la versión, a los fines de correr de eje su dimensión clásica.

Esta es una «Flauta mágica» destilada, un divertimento del gran maestro del teatro contemporáneo, que ni siquiera reconoce puntos en contacto con la versión cinematográfica de Ingmar Bergman (que también jugaba con cierto perfil de teatro pobre). Compendiada a sólo una hora y media duración (es decir, algo menos de la mitad de lo que dura en cualquier representación), y que posiblemente satisfaga mucho más al público no acostumbrado a la ópera que al habitué.

Los intérpretes, descalzos, se desplazan por un escenario desnudo donde sólo hay cañas practicables. No hay orquesta, sino que se toca al piano la reducción efectuada por Franck Krawczyk, y todos cantan sus partes mezza voce, invitando de esa forma al público, implícitamente, a que ni siquiera aplauda al término de las arias. Sería un error, sin embargo, presumir que esta elección de puesta desvista a la ópera de su densidad específica con el fin de hacer un viaje a su «esencia» (aunque no haya sido la intención de Brook, esto se ha dicho en ocasión de su estreno en París). Ni lo dinámico y hasta vaporoso de esta «Flauta mágica» sustituye al hecho operístico como tal, empezando por la falta de orquesta (hoy resulta gracioso pensar que la eventual interpretación al piano de esta misma ópera que se llegó a contemplar en el teatro Colón, cuando a principios de año persistían los conflictos de la Estable, fue considerada como algo inaceptable, mientras que en Brook se acepta como una genialidad).

El elenco exhibió una calidad uniforme, mucha gracia, y una disciplina admirable. Los personajes, desde luego, cobran con esta óptica una dimensión muy diferente de la original, aunque no sería temerario decir que ni este Tamino picaresco, ni esta Reina de la Noche vacilante en su crueldad, ni la Pamina sin sufrimientos, ni el Monostatos humilde, el Sarastro político o el Papageno lenguaraz (a quien ni siquiera le tapan la boca con un candado) se parezcan menos a los personajes originalmente concebidos por Mozart y su libretista Schikaneder que a los que los más de dos siglos de historia fueron configurando en sus representaciones más habituales.

Nota: pese a la enorme demanda que hubo de entradas desde que se anunció esta producción, y a las localidades agotadas desde hace varias semanas, resultó extraño observar, la noche del estreno, la galería alta del Avenida conmpletamente despoblada, al igual que varios de los palcos.

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