29 de noviembre 2012 - 00:00

Ahijuna Siegfried: la música en lucha contra el disparate

La puestista Valentina Carrasco, que parece haber perdido el temor al ridículo, ofreció una larga y penosa cadena de desaguisados que concluyó en feroz abucheo.
La puestista Valentina Carrasco, que parece haber perdido el temor al ridículo, ofreció una larga y penosa cadena de desaguisados que concluyó en feroz abucheo.
Concebida en un prólogo y tres jornadas, la Tetralogía «El anillo del nibelungo» («Der Ring des Nibelungen», 1876) es una de las aventuras intelectuales más ambiciosas y fascinantes de la historia humana. Richard Wagner logró a través de la orquestación, el tratamiento vocal y sobre todo los célebres motivos conductores, un corpus tan perfectamente coherente, sólido y desarrollado que tal vez sin conocer el texto ni sus fuentes, pero sí el significado de cada «Leitmotiv», un oyente podría comprender perfectamente lo que sucede en todo momento dentro y fuera de los personajes.

En ese contexto, toda modificación infringida a esta obra maestra se inscribe en la categoría de lo temerario. Pero dado que en el arte, como tantas veces se ha dicho, importa más el «cómo» que el «qué», antes de aventurar un juicio sobre el «Colón-Ring», la tan publicitada y accidentada empresa que el teatro Colón se empeñó en sostener, era necesario esperar el resultado, y puede decirse que si Cord Garben, músico alemán, intentó conservar tanto la coherencia argumental como la tonal en sus cortes, hay pérdidas lamentables en la supresión y abreviación de escenas.

Las circunstancias no ayudaron al trabajo de Valentina Carrasco, quien debió hacerse cargo de la producción tras la salida de Katharina Wagner (bisnieta del autor) con la escenografía en marcha y sólo un mes para ensayar. Pero en vez de optar por una sobriedad que apenas despunta en algunos momentos de «El ocaso de los dioses», la directora de escena eligió elaborar un discurso plagado de guiños a la historia argentina de las últimas décadas que tampoco supo (o pudo) sostener como una constante.

El planteo parte de la aniquilación de la metáfora: donde las Hijas del Rin hablan del oro que sonríe y despierta, Carrasco (que parece haber perdido definitivamente el temor al ridículo) pone un muñeco que hace las veces de bebé, y ése es apenas el comienzo de una larga y penosa cadena de desaguisados. Alberich roba al niño y las Hijas del Rin se transforman -pañuelos mediante- en Madres de Plaza de Mayo, el «Nibelheim» es una mezcla de maternidad siniestra y centro de torturas, en el palacio donde reinan un Wotan de uniforme y una Fricka de rodete que porta banda al igual que él; el «tesoro» son niños a los que después Fafner, en silla de ruedas, tendrá prisioneros dentro de un obelisco o tal vez Pirámide de Mayo, y que sobre el final serán restituidos a sus familias.

La puesta de «Walkyria» parece querer evocar por momentos la guerra de Malvinas, luego Mime cebará mate a Siegfried, un Gunther de profusas sienes entrecanas jugará al golf, con uno de cuyos palos se dará muerte al héroe, y en el paroxismo del disparate serán proyectadas imágenes de muertes y velorios de líderes carismáticos, del Che Guevara a la Madre Teresa.

Sólo la realización musical salva un «Anillo» doblemente degradado. Roberto Paternostro, el maratónico héroe del foso, conduce con precisión impecable una Orquesta Estable que brilla especialmente en sus cuerdas. El otro pilar que sostiene la producción es un elenco de primer nivel y ciento por ciento internacional en el que se destacan las inolvidables actuaciones de Linda Watson (Brünnhilde) y Leonid Zakhozhaev (Siegfried), y también de Jukka Rasilainen (Wotan), Stig Andersen (Siegmund), Andrew Shore (Alberich), Kevin Conners (Mime), Daniel Sumegi (Fasolt-Hunding-Hagen), Gary Janowsky (Fafner) y Sabine Hogrefe (Gutrune), por nombrar sólo a los más memorables. El Coro preparado por Peter Burian cumple a la perfección.

Un abucheo indignado y brutal, como pocas veces se oyó en el Colón, condenó a Carrasco, quien se empeñaba por mantener en el saludo final su sonrisa orgullosa. La abismal diferencia con las ovaciones previamente brindadas a Paternostro, los cuerpos estables y el elenco hizo que el fracaso de la directora de escena argentina y su equipo ante el público fuera aun más notorio y estrepitoso.

«ColónRing» (versión abreviada por C. Garben de «El anillo del nibelungo», de R. Wagner). Coro y Orquesta Estable del Teatro Colón. Dirección musical: R. Paternostro. Dirección escénica: V. Carrasco. (Teatro Colón, 27 de noviembre).

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