18 de mayo 2011 - 00:00

“Ahora decidí volcarme a dramas planetarios actuales”

Wilbur Smith: «La raza humana ha estado en peligro y en conflicto desde que salió del paraíso terrenal. Cuando a Adán y Eva les pegaron una patada, empezó el drama humano».
Wilbur Smith: «La raza humana ha estado en peligro y en conflicto desde que salió del paraíso terrenal. Cuando a Adán y Eva les pegaron una patada, empezó el drama humano».
Nacido en Zambia, África central, en 1933, luego de trabajar en periodismo, en 1964, a partir del éxito internacional de «Cuando comen los leones», Wilbur Smith se dedicó a pleno a lo que considera su modo de revitalizar la novela de aventuras. Lleva publicadas más de 30 novelas que fueron traducidas a 26 idiomas, de las que se han vendido más de 80 millones de ejemplares. A los 77 años decidió dar un giro a su narrativa y se pasó al thriller con «Los que están en peligro», que acaba de publicar Emecé, donde mezcla el secuestro de la hija de una magnate petrolera por piratas somalíes, problemas entre los países árabes y superpotencias, conflictos diplomáticos y políticos, intriga y acción constante en el estilo que le dio fama. En su breve visita a Buenos Aires, dialogamos con él.

Periodista: Luego de haber contado de sagas de pioneros en África desde el siglo XVI, historias egipcias de hace milenios, comienza «Los que están en peligro» con una magnate a la que llaman a su BlackBerry para decirle que secuestraron a su hija. ¿A los 78 años se ha actualizado?

Wilbur Smith: Absolutamente, ahora soy un hombre moderno [Se ríe]. El cambio acaso se deba a que sentí el llamado de esta historia que tiene que ver con circunstancias políticas y empresarias actuales. Así como escribí historias que transcurrían seis mil años antes de Cristo, ahora me he mudado al siglo XXI. Creo que con éste nuevo libro me muevo en un terreno más global. Así como conté historias remotas en lugares determinados, ahora me he volcado a dramas planetarios actuales.

P.: Si bien sus temas anteriores no eran planetarios sus libros lo eran, fueron bestsellers internacionales.

W.S.: Es cierto tengo lectores en América del Norte y del Sur, Europa, Oriente, India, África. He tenido mucha suerte.

P.: En «Los que están en peligro» Cayla, 19 años, hija de la dueña de Bannock Oil Corporation, es secuestrada en el yate de su madre y sometida a torturas por piratas que exigen un impresionante rescate. ¿Cómo construyó ese personaje?

W.S.: Partí del mayor Héctor Cross, el hombre que encabeza la empresa que da seguridad a la petrolera, cuya lealtad a la familia de Cayla va más allá del deber y, como no tiene hijos, se vuelve una figura paternal. No existen vínculos románticos sólo el deber con Hazel Bannock, la madre, y también con la hija, algo esencial para la trama, porque si no sumara un aspecto emocional las acciones no tendrían la fuerza que tienen. Más aún cuando las superpotencias no intervienen, por una complicada red de sensibilidades diplomáticas, y Hazel recurre a él para tomar la ley en propias manos.

P.: ¿Cómo pasa de las sagas familiares a un thriller?

W.S.: Como un buen contador de cuentos, un buen guionista. Yo vivo lo que escribo, y relato lo que vivo en mi imaginación. El residir de un modo aislado me permite vivir intensamente el relato que se va construyendo en mi imaginación.

P.: ¿Cómo le surgen los escenarios para la historia?

W.S.: Surgen de mis experiencias, de lugares donde he vivido. Yo tenía justamente en las islas Seychelles, 150 millas al sudeste e Madagascar, un islote y durante 25 años iba a hacer buceo, a pescar, así que conocía ese archipiélago donde ocurre el asalto el yate y el secuestro de la chica. El novelista tiene que tener que ver con la realidad que cuenta, tiene el deber de escribir sobre lo que conoce.

P.: ¿Cómo hace para dosificar la intriga?

W.S.: Es saber encontrar el timing, el tiempo justo, conocer el momento de lo que está por venir. La clave está en eso, y no sólo en el relato. Si hubiéramos comprado en su comienzo acciones de Microsoft hubiéramos logrado un timing perfecto, y ahora estaríamos hablando de otras cosas. Los tiempos justos en el relato tienen que ver con el instinto que tiene el escritor profesional, el guionista, el dramaturgo, al saber cómo dosificar las informaciones y los sucesos. Es como cuando se quiere cazar un pájaro y se ponen miguitas para atraerlo hasta capturarlo. Así se siembra la intriga.

P.: Usted elige en su novela un personaje para que siembre esas miguitas de intriga, y así atraer al resto.

W.S.: Ciertas situaciones son la carnada que sirve para pescar el pez que es la historia, saber qué pez se busca atrapar es el arte del novelista. Ese arte es una combinación de instinto, experiencia y conocimiento. Uno tiene que tener un talento dado por Dios. A medida que ejercita ese talento, escribe cada vez mejor. A un jugador de fútbol le fueron dadas buenas piernas, pero cuanto más juegue, más trate de encontrar su forma de dominar la pelota, mejor jugador va a ser, más allá del talento.

P.: Antes se lo relacionaba con autores de novelas históricas de aventuras, ¿por qué pasó a un modelo narrativo tan distinto?

W.S.: Porque soy un hombre diferente. Tengo más cicatrices. He visto más. Llevo vividas casi ocho décadas y vi cambiar las filosofías de los países, el papel de la mujer en la sociedad, y los cambios que eso produjo en los hombres. He visto cuáles fueron los resultados de los conflictos, he estado en guerras. En resumen, he tenido los ojos abiertos un largo tiempo como para hacer consideraciones. Y hoy veo un mundo más rápido. Pero el mundo de Julio César, en algunos aspectos, era exactamente igual. La raza humana ha estado en peligro y en conflicto desde que salió del paraíso terrenal. Cuando a Adán y Eva les pegaron una patada, empezó el drama humano.

P.: El argumento de «Los que están en peligro», ¿surgió de una información que leyó o es puro producto de su imaginación?

W.S.: Obviamente algo me fue dado por hechos que sucedieron en la realidad. Una novela así tiene que tener una parte de verdad para que los personajes puedan interconectarse entre ellos y hacer lo que hacen y todo sea verosímil. A partír de ahí fui construyendo. Cayla, la chica secuestrada, es la que está en el ojo de la tormenta y gatilla la espiral de personajes y lleva a que actúen de manera determinada. Hace que su madre de una empresaria sentada en un sillón se convierta en guerrera. Esa metamorfosis de ella ya tiene que ver con la imaginación que permite, limita e impone el asunto que estoy contando.

P.: Durante el tiempo en que estaba centrado en la historia de Cayla, ¿le aparecieron otras historias que le gustaría contar?

W.S.: Desgraciadamente tengo la enfermedad del gusanito. El gusanito es un bolígrafo instalado en mi cerebro, que me pica y me tengo que poner a escribir y escribir. Es una enfermedad crónica que no me puedo sacar. Y me lleva a anotar cosas que se me van ocurriendo. Cuando escribo una novela, escribo en serio, ocho o nueve horas todos los días. «Los que están en peligro» me llevó 8 meses y medio de diaria escritura. Para lograr un libro, como en todo lo que se hace en la vida, tiene que haber una rutina, y hay que saber mirar hacia delante. Y hay que comenzar sintiendo la necesidad de hacer lo que se hace, la historia que se quiere contar. Es como tener un deber que se tiene para con uno mismo, que parte de la imagen de lo que se quiere ser. Y yo quise y quiero ser escritor, ser aquel que produce entretenimientos para muchos. Y cuanto más lo hago, más lo quiero hacer. Ese motor conduce a la meta. No tengo ningún editor con un látigo que me grite ¡escriba! Luego me tomo mis tiempos para hacer planes. En los intermedios entre un libro y otro, hago anotaciones, leo, investigo, exploro, busco. En definitiva es la palabra lo que busco, y siempre la palabra está conmigo.

P.: ¿Qué lo estimula a seguir adelante en esa rutina?

W.S.: La emoción, la excitación que me produce la historia que estoy contando. Hay escritores que tienen un pizarrón donde dibujan el flujo de la historia, con flechitas para los personajes que intervienen y los momentos capitales. Yo no. Yo voy escribiendo y de pronto no sé para dónde va la trama, y de pronto estalla en mí, y digo: por ahí vamos. Es como un cazador que sigue una presa, la busca, no la ve y de pronto la descubre entre unos arbustos y dice ahí está. Bueno, cuando la veo, la dejo escapar un poquito, porque tengo que ir tras ella hasta el final, porque sino el libro pierde emoción.

Entrevista de Máximo Soto

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