1 de agosto 2012 - 00:00

“Al desnudo”: más efectismo del autor de “El club de la pelea”

“Al desnudo”: más efectismo del autor de “El club de la pelea”
Chuck Palahniuk «Al desnudo» (Bs.As., Mondadori, 2012, 188 págs.)

Lo peor que le sucede a Charles Michael «Chuk» Palahniuk es que sus lectores se dividen entre quienes no soportan diez páginas sin caer en el aburrimiento o el vértigo del asco que los lleva al desmayo, y fervorosos devotos que buscan al abrir cada novela suya encontrarse con algo especial y novedoso. El primer contingente seguramente no superará las primera seis páginas, cargadas de un inaguantable chisporroteo de menciones (un casting resaltado con negrita), que no llega a referencias o guiños cómplices, de actores, actrices y directores del cine de Hollywood, y maganates y celebridades del mundo de mediados del siglo pasado. Y no será de gran gusto para los miembros de «La secta» («The Cult») de seguidores y adoradores de Palahniuk, que se volvieron sus adictos luego de entrar en «El club de la pelea» y lo convirtieron en un referente de la nueva narrativa estadounidense, cumbre del minimalismo, alguien que avanzó sobre las propuestas (y tics) del Breat Easton Ellis de «American Psycho» y «Glamourama»; lectores más interesados en la violencia actual y futura que en una versión paródica, kitsch y barroca, de la magnífica «El ocaso de una estrella» protagonizada por Gloria Swanson, y con algunas secuencias de «¿Qué fue de Baby Jane?» con Bette Davis y Joan Crawford en los papeles principales. Por si alguna duda hubiera, la historia está contada como un guión de cine novelado, con notas de los registros de cámara. Si al cóctel se le suma una cierta trama paranoico-policial, y un enorme delirio, con las esperadas escenas inesperadas, eso es «Al desnudo».

Hazie Coogan, fiel ama de llaves, que está desde hace décadas al servicio de Katherine Kenton, star bella y decadente, que tiene tantas películas como divorcios o cirugías estéticas, se decide a contar la historia de la diva. Hazie se ve la creadora de Kathie Kenton, el cerebro detrás del trono, quien puede motrar a la estella «al desnudo», y a todo ese histriónico mundo que la rodea. Pero, de pronto, surge el aristocrático seductor Webster Carlton Westerward III cuyo siniestro propósito es fraguar un accidente que acabe con Kathie y vender a buen precio las ya escritas «Memorias de un viudo», donde anota posibilidades para el final de la estrella, por ejemplo, envenenada con almendras, aplastada por un bus, devorada por osos salvajes, consumida por las drogas, y no para de describir su glorioso y enorme miembro viril. Hazie lee el texto y entra en una carrera desesperada para que Kathie no caiga en la trampa ni «en el ridículo y la decrepitud que humillaron a Joan Crawford y a Bette Davis, ni en la locura absoluta de Vivian Leight, de Gene Tierney, de Rita Hayworth». Y al autor, con su habitual y fervoroso nihilismo, le servirá para mostrar «esa tontería de película que llamamos la historia humana». De forma más apasionante eso fue contado por Nathanel West, Francis Scott Fitzgerald, Aldous Huxley, Charles Bukowski y James Ellroy, entre otros.

M.S.

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